"La felicidad ininterrumpida aburre: debe tener alternativas."

(Molière)

Lunes, 12 Agosto 2013 07:34

Un barco a Escocia | Capítulo 1: Adelardo

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Era un pobre hombre, sin techo, sin dinero, sin felicidad, sin nada. Se hallaba en la Calle Piedad, de Valladolid, al lado de esa tienda de inmobiliarias. Nunca se había molestado en mirar el nombre de tal establecimiento. Cada noche dormía en el taller de automóviles, ya que estaba abandonado y tenia un pequeño truco para colarse en él. Esa calle nunca le gustó, y menos su nombre. Era estrecha, oscura, sobria. La vecina del tercer piso del portal número 6 siempre lo miraba mal, y de vez en cuando echaba un comentario tipo: <<Indigentes, ¡ensuciáis la calle! ¡Fuera de aquí!>>, a lo que el pobre no respondía, y poca importancia le daba a esa habladuría.

 

El hombre se llamaba Adelardo. Tendría unos cuarenta años. Piel bruna, ojos claros y grisáceos, con gafas, pelo canoso y no muy largo. ¿Cómo acabó allí? ¿Qué hacía en la calle sin techo, sin dinero, sin felicidad y sin nada? La empresa en la que trabajaba quebró, y una larga plantilla tuvo que suprimirse, por no decir toda. No podía pagar la hipoteca, tenía mujer y dos hijos. Sus padres murieron en un accidente de avión y no pudo recuperarse de tal impacto emocional hasta conocer a la mujer de su..., media vida, Idoia. Tenían una vida normal, rutinaria. Su hijo Mateo, de doce años en aquel momento, era un chico responsable, educado, trabajador, se parecía mucho a su padre. También tenía una niña de 3 años llamada Mar, de piel blanca, ojos claros como el padre, siempre con una sonrisa en la cara. Idoia era pelirroja, de piel clara y altura considerable, simpática y seria a la vez, según el tema o problema que se le presentasen. Perdió a toda su familia. Idoia, Mateo y Mar se fueron a vivir con los padres de su mujer, abandonando a Adelardo.

 

Caían gotas del cielo, empezaba a llover. Cogió su cartón y lo guardó en la chaqueta, no quería que se mojase. El cartón decía: “Piedad, ayuden a un pobre hombre que ha perdido a su familia”. La gente reía porque el mensaje empezaba con el nombre de esa misma calle. Si no cambiaba esa palabra, los adinerados no haría caso de lo importante, aún así era la mejor táctica ya que llamaba la atención. Corrió hacia el taller de coches y abrió la puerta para protegerse de la lluvia. Decidió quedarse allí, ya que empezaba a oscurecer. Miró cuánto dinero había recogido ese día. 3 euros. Le daba para comprarse alguna cosa pre-cocinada en el supermercado, pero seguramente estaría cerrado, así que lo haría a la mañana siguiente.

 

Unos golpes metálicos despertaron a nuestro protagonista: <<¡Abre la puerta!>>, gritaban unas voces varoniles. Adelardo estaba aterrorizado. ¿Seria la policía? Ya había sufrido bastante para que ahora le quitasen el único sitio donde podía descansar. <<¡Abre o nos veremos obligados a tirar la puerta abajo!>>. No pudo más; cedió y abrió. Aún era oscuro, pero el sol salía lentamente e iluminaba los rostros de dos borrachos gritando y dando golpes en la puerta grande del taller. Deberían ser las cinco de la mañana más o menos. <<¡¿Qué queréis?!>> dijo Adelardo con temor. Los borrachos se abalanzaron sobre el pobre y le empezaron a pegar. Quedó casi inconsciente en el suelo. A duras penas, llegó a entrar a su humilde morada para poder reposar de tal ataque. Horas después, se levantó con cardenales en los brazos, en las piernas, en la cara y en el torso. Al salir a esa odiosa calle, recordó lo fastidiosa que era su vida. Era un pobre hombre, sin techo, sin dinero, sin felicidad, sin nada.

 

Se posó en el suelo, al lado de la inmobiliaria, como hacía cada día de su triste vida. Él luchaba por seguir adelante. Es una de esas personas que difícilmente se rinde. Colocó su cartón, el sombrero, y a esperar que cayera algo de calderilla. Era un día gris, agüitado, sin alma alguna. ¿Llovería otra vez? La gente llevaba el paraguas en mano por si el llorar de las nubes volvía a mojar Valladolid. Hacía frío, era otoño. El viento resoplaba, pero no muy fuerte; no llegaba a derrumbar el cartón de Adelardo. La vecina del tercero bajó y salió por el portal número 6. Miró al pobre hombre y le dijo: <<¿Aún sigues aquí? ¡Levanta el culo y busca trabajo!>>. La señora se dispuso a cruzar la calle mientras escupía a los pies del protagonista. Un coche que venía a gran velocidad la arrolló. Adelardo, como buen samaritano, corrió a socorrerla. <<¿Está bien?>>, le preguntaba agitándola con brío para que volviera en sí. <<¡Señora!>>, se dirigió al coche para ver el estado del conductor. El hombre, apoyado encima del airbag, tampoco respondía. Intentó buscar un móvil por el auto, pero no halló nada. Fue a la inmobiliaria y pidió hacer una llamada urgente: <<¡Fuera de aquí! ¡No queremos apestosos como usted!>> le contestó el dependiente. Adelardo le mostró la escena y el hombre ya supo qué hacer.

Leído 1032 veces Modificado por última vez el Lunes, 12 Agosto 2013 07:45

2 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Viernes, 16 Agosto 2013 13:59 publicado por Trysha

    Pepe, comienzo a acompañarte en esta nueva zaga, perdona la tardanza, pero realmente me encanta la historia, ya voy por el siguiente...
    felicitaciones, un besote.

  • Enlace al Comentario Blacknordok Domingo, 18 Agosto 2013 14:05 publicado por Blacknordok

    En primer lugar, perdón por la tardanza (aunque ya te comenté que estaba fuera)

    Por fin me haces caso y te decides a publicar esta historia aquí,ya iba siendo hora XD

    Muy interesante, este prólogo, sabes que seguiré la historia de cerca.

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