"¿Que por qué estaba yo con esa mujer? Porque me recuerda a ti. De hecho, me recuerda a ti más que tú."

(Groucho Marx)

Domingo, 16 Diciembre 2012 00:38

Vuelta a casa (2/2)

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Rodeado y protegido por la luz que he absorbido de esa estrella surco en solitario la infinita oscuridad del espacio. La fuerza solar me impulsa a una velocidad incalculable, de modo que solo puedo viajar en líneas rectas, me es imposible describir curvas pronunciadas. Pero de vez en cuando choco contra la superficie de alguna estrella, lo que me permite frenar mi movimiento y salir propulsado en otra dirección. Además el contacto con dicha superficie me sirve para reponer al máximo la energía aunque este dure solo unos segundos.

En el espacio el paso del tiempo es algo vago y difícil de calcular, de modo que no tengo ni idea de cuanto tiempo llevo viajando; podrían ser horas, días, incluso semanas enteras. Es cierto que podría haber subido a una nave crucero y a estas alturas ya estaría en Rakso, pero me niego a viajar dentro de una de esas frías cajas de metal. Desde los albores del tiempo, mi gente ha usado la luz de estrella para desplazarse a través de la inmensidad del universo, y no pienso acabar con las viejas costumbres.

En la siguiente estrella en la que me detengo lo noto; Rakso está cerca. Calculo la dirección y salgo disparado en línea recta. EN menos de un día tendría que llegar.

Caigo del cielo cómo un devastador meteorito. La gravedad del planeta y la velocidad que ya llevaba causan una colisión explosiva que destruye todo a varios metros a la redonda. A pesar de estar protegido por la energía estelar, mi cuerpo sufre daños muy graves (cómo cada vez que llego a un planeta). Procedo a iniciar la fase de post-aterrizaje, una habilidad que poseían los míos. Mi cuerpo entrará en un estado de animación suspendida durante las siguientes 72 horas. Mientras, mi cuerpo absorberá esta energía estelar que me rodea y en la que he viajado para auto-regenerarse. Durante el proceso, esa misma energía de la que me estaré alimentando me servirá de protección contra agentes externos que puedan dañar mi ya malherido cuerpo; y a medida que agote esa energía, la barrera se irá disipando hasta desaparecer en cuanto ya me haya recuperado.

Despertar de la animación suspendida es cómo haberte quedado inconsciente, el tiempo parece no haber pasado en absoluto para mí en estas horas. Me pongo en pie en medio del cráter creado por el impacto y miro a mi alrededor. Parece que he aterrizado en una zona desértica. Alzo la vista al sol. Es una estrella negra. Estos milagros de la naturaleza pueden generar más energía en un año que muchas estrellas gigantes en toda su existencia. Pero a pesar de la enorme potencia de este tipo de soles, estos emiten una luz de un color grisáceo que da a los planetas que los orbitan un aspecto de penumbra perpetua. Aunque, si no me equivoco, durante la noche el cielo debería llenarse de unos pequeños y hermosos destellos morados.

Absorbo la energía de la estrella, me cargo con ella y mi cuerpo comienza a emitir una luz negra. Entonces salgo disparado en línea recta a través del desierto, esperando que tarde o temprano daré con una ciudad. En pocos segundos llego a un pueblo donde los asustados habitantes me indican la gran ciudad de Úlcora. Al llegar allí quedo fascinado. Los gigantescos edificios los asombrosos templos y las imponentes torres que se pierden en el cielo… Es lo más parecido que he visto jamás a las majestuosas ciudades de mi hogar, Borealis, a pesar de que siguen sin llegarles a la suela del zapato.

Aun así me llena de nostalgia el admirar esas obras de arte arquitectónico de piedra blanca, gris y azul oscuro.

El simple hecho de cruzar el umbral de la gran muralla negra me produce una sensación de angustia. Está claro que esta ciudad es muy antigua. De hecho, dudo mucho que haya sido construida por la especie que la habita ahora, ni tampoco por los que la precedieron. Tiene pinta de haber sido vaciada y reconquistada un sinfín de veces.

A pesar de que el ambiente parece el de un día nublado, la gente lleva atuendos diseñados para proteger sus pieles del ardiente sol. El mayor error que puede cometer un forastero en un planeta con un sol negro es creer que esta penumbra se debe a que la luz emitida es poca. El color grisáceo de dicha luz es lo que crea ese efecto, pero en realidad, estos rayos solares son terriblemente intensos y abrasadores. Tengo entendido que este error ha costado la vida de más de un turista ingenuo.

Después de hacer las preguntas adecuadas  a la gente adecuada consigo las indicaciones que me llevan a una zona de la ciudad muy apartada.

El templo a Nommus se alza en medio de una gran plaza. Con su estructura de piedra blanca y sus decorados dorados, es el edificio que más me recuerda a mi perdido hogar… aunque no estará perdido por mucho tiempo.

Paso entre la fila de altas columnas y me dirijo a la puerta de oro macizo . Al entrar, me encuentro una gran sala circular. Todo el suelo es una gran mándala de runas que están escarbadas en la piedra. Varias velas arden sobre lustrosos candelabros dispuestos en puntos estratégicos del diseño. En otros puntos se hallan repartidos los sacerdotes, a quines no puedo ver más que sus túnicas blancas. Están de rodillas, realizando cánticos en una lengua que desconozco mientras miran al centro del círculo. Allí, sentado con las piernas cruzadas se halla el sumo sacerdote.

A diferencia del resto, la túnica del sumo sacerdote luce unos bordado dorados que forman letras incomprensibles. De su cuello cuelga un medallón de piedra circular con el símbolo de Nommus en él.

Al oírme cerrar la puerta, los cantos cesan y el sumo sacerdote se levanta lentamente.

- ¿Qué te trae al tempo de La Primera Conciencia, viajero?

- ¿La Primera Conciencia?

El sacerdote asiente.

- Los oscuros Évila y Daed, los hermanos en discordia siempre alardean de ser los Ajenos más antiguos. Pero también existe un tercer dios que, al igual que ellos, carece de cuerpo y se compone únicamente de pensamiento puro. Y Nommus fue el primero de los tres, lo que lo convierte en el Ajeno más antiguo.

- ¿Vosotros conocéis a los Dioses Ajenos?

- Oh, muchas razas los adoran. De hecho, la gran mayoría de los cultos adoran en realidad a uno o más Ajenos. Pero la mayoría de ellos lo hacen bajo nombre erróneos. Son muy pocas las religiones que conocen la verdadera historia y naturaleza de los Ajenos, y aún así hay muchos datos que nos son misteriosos.

- Lo sé, mi pueblo era uno de esos privilegiados.

- Cierto. Y sin embargo, parece que desconoces muchas cosas sobra la grandeza de Nommus, domador estelar.

- Nunca fui muy religioso. – digo encogiéndome de hombros. – Seguro que había algún templo consagrado a él en mi hogar. Pero nunca lo he pisado. Yo soy de los que prefieren labrar su propio futuro, sin pedir ayuda a un dios que muy probablemente no me escuchará.

- Eso es muy noble por tu parte. Pero si ese es el caso, ¿qué te trae a este santuario?

- Por mucha determinación que tenga, hay cosas que ni el inmenso poder de mi gente puede lograr. Escuché mitos, rumores acerca del Ajeno Nommus, que decidió dedicar su existencia a ayudar a las razas efímeras.

- Si has venido a pedir la intervención de Nommus para tu beneficio pierdes el tiempo. Puedes irte.

- Yo creo que no.

- No lo entiendes. No es tan sencillo. Nommus es probablemente el único Ajeno con buenas intenciones. Existen otros que también se dedican a interceder a favor de los efímeros, pero todos ellos cobran un alto precio por sus favores. Pero aunque las intenciones de Nommus sean benévolas en un principio, su forma de proceder es peligrosa. Nommus es una entidad abstracta. Una conciencia viviente cómo Daed y Évila. Carece totalmente de cualquier tipo de cuerpo físico, es un canal de pensamientos, un flujo de energía invisible. Es por eso que, al igual que sus diabólicos hermanos, necesita poseer un cuerpo para poder interferir en el plano de lo físico. Así es cómo ayuda a sus fieles. Pero hay algo que lo diferencia de sus hermanos. Y es su descomunal poder. Su mera presencia resulta tan abrumadora que encoje el corazón de quienes están presentes. Su influencia es tan potente que sus anfitriones muchas veces no sobreviven a la posesión, y si lo hacen, ya nunca vuelven a ser lo que eran. Es por eso que sólo los sacerdotes que hayan entrenado debidamente su cuerpo y mente son merecedores de invocar y acoger a nuestro señor.

- Entiendo… entonces, si no puede poseerme a mí, que posea tu cuerpo y me ayude a través de ti.

- No somos una organización de ayuda social. No malgastamos el tiempo de nuestro señor con minucias y caprichos del primero que entra en nuestro templo e interrumpe nuestra adoración.

- ¡¿Caprichos!? ¡¿Acaso sabes para qué estoy aquí!? ¡Soy el último de los domadores estelares, y he venido a recuperar mi hogar! ¡El gran Nommus arrancará de las tinieblas al majestuoso planeta Borealis y lo devolverá al cielo donde una vez resplandeció!

El sacerdote me mira cómo si estuviese loco. Odio esa mirada, me irrita mucho que me miren así… ¡No estoy loco!

- Tú no sabes lo que sucedió allí, ¿verdad? No tienes ni idea de lo que llevó a tu mundo a la desaparición.

- ¡Claro que no! Nadie lo sabe. Un día estaba allí y al otro… simplemente se esfumó. Es uno de los grandes misterios del universo.

- Créeme, si supieras la verdad no estarías pidiendo que lo devolviera, te lo aseguro.

En ese momento pierdo los estribos. ¡Ese idiota se cree que sabe más que yo de mi propia tierra! ¡Me toma por imbécil! Mi cuerpo queda rodeado de la negra luz que me proporciona este sol y avanzo a la velocidad del rayo hacia el sacerdote, lo agarro del cuello y lo aprisiono contra un muro. Lo miro a los ojos mientras le muestro la marca en el dorso de mi mano.

- ¿Ves esto? En Borealis esto significa que soy un criminal, un sucio fugitivo. Esta marga gravada a fuego en mi carne significa la pérdida total de cualquier derecho civil. Pero, si de algún modo Borealis se salvara de su terrible destino y todos vieran que yo he sido el responsable de ello me convertiré en un héroe. ¡Es mi única oportunidad de que los ancianos me concedan el indulto por mis crímenes! ¿Crees que no estoy dispuesto a matarte para recuperar mis derechos como domador estelar?  

Con voz ahogada, el hombre trata de vocalizar.

- No lo entiendes, moriría de todas formas. Aunque accediera a ayudarte, el poder que Nommus tendría que emplear para conseguir lo que me pides es demasiado grande. Aún con mi entrenamiento, es imposible que lo pueda soportar.

Suelto su cuello repentinamente, dejándolo caer al suelo.

- Está bien… pederás la vida de todos modos. No me ayudes por ti, entonces. – Extiendo un dedo hacia uno de los sacerdotes. Una esfera negra, del tamaño de una canica comienza a brillar en la punta de este. La esfera sigue creciendo hasta alcanzar el tamaño de una pelota de tenis y sale disparada  hacia el hombre. Al impactar contra su pecho, la esfera estalla en una oleada de luz y llamas negras que cubren todo el cuerpo del sacerdote mientras éste es proyectado contra la pared. Cuando la luz desaparece, de él sólo queda un cuerpo de color gris oscuro que se pulveriza en un pontón de ceniza al impactar contra el suelo. – Hazlo por ellos, entonces. Si no me ayudas los mataré a todos, podría arrasar yo solo con toda la ciudad, si me lo propusiera.

- Eres una abominación.

- Corrijo. Este sol vuestro sí que es una abominación. Bajo una estrella normal este golpe apenas lo habría quemado.

- No tienes ni idea de con qué fuerzas estás jugando.

- Tú calla y obedece. Llama a ese dios tuyo.

El sumo sacerdote me mira con desprecio durante unos segundos, pero finalmente accede.

- Como quieras, pero no hagas daño a nadie más.

A una señal suya, el resto de sacerdotes se apartan de las runas del suelo, quedando el mayor solo en el centro. Éste se quita el medallón y pulsa un botón que hay en el reverso. Una pequeña hoja sale de una ranura situada en el borde del colgante de piedra.  Pone la navaja en vertical y aprieta el puño izquierdo alrededor del filo mientras recita con los ojos cerrados en una lengua de la que sólo reconozco la palabra “Nommus”.

Al terminar, pliega la navaja y se vuelve a colgar el medallón. Entonces extiende la mano ensangrentada sobre el suelo gritando:

- ¡Desde el frío y vacío Exterior a este plano!

Una gota de sangre cae en las runas del suelo y estas de iluminan con un color rojo, extendiendo el brillo desde el centro del dibujo hacia fuera. Cuando la luz alcanza uno de los candelabros, la llama de la vela crece hasta casi alcanzar el techo.

En cuanto la luz ha completado la mándala, se escucha un fuerte sonido eléctrico y un resplandor aparece sobre la cabeza del sumo sacerdote… un momento… no, no es una luz… es una grieta… una grieta en medio del aire.

- Ya viene. – Dice fascinado un sacerdote a mi lado.

- ¿Qué es esa grieta?

- Esa grieta está en todas partes y al mismo tiempo no existe. Es una fisura en el tejido de la realidad misma.

Al fijarme lo veo. Es claramente una grieta abriendo el espacio. A través de ella sólo veo oscuridad.

El sumo sacerdote alza los brazos y comienza a hacer largas y profundas inspiraciones. Centro la vista en la grieta, esperando de algún modo ver o sentir al arcano dios, pero nada cruza el portal. La grieta se cierra de nuevo y yo miro furioso a los sacerdotes.

- ¡¿Qué ha pasado!?

- Shhhhhh

- ¡A mí no me hagas callar!

- Por favor, silencio. Ya está aquí.

- ¿Qué?

Miro al sumo sacerdote y una extraña sensación recorre mi cuerpo. Es cierto, no lo veo; no está. Y sin embargo siento esa presencia. Siento el aire mucho más pesado. Y lo noto en toda la estancia a la vez. Una presencia más grande que el mismo universo y más antigua que el tiempo. El mero hecho de estar allí me abruma y me angustia. Me siento muy incómodo y sólo quiero salir corriendo.

Entonces escucho que la respiración del sumo sacerdote se hace más potente. El aire se vuelve ligero de nuevo y esa presencia disminuye un poco.

El sumo sacerdote interrumpe la respiración abruptamente, baja los brazos y abre los ojos. Pero no tiene pupilas, sólo son dos orbes blancos con una runa marcada en ellos. La reconozco cómo el mismo símbolo que el del medallón. Siento aquella incómoda presencia desbordarse por esos ojos, que casi parecen emitir luz propia.

- Soy aquél que existió antes. La primera creación de la realidad. De todos los nombres que se me han dado acepté como propio el de Nommus. - La voz del sacerdote se mostraba severa y fuerte, y parecía resonar en mi mente. – Éste fiel me ha convocado para que actúe en tu favor. No puedo dejar pasar el hecho de que ha actuado bajo graves amenazas, pero insiste en que así sea. De modo que ¿qué es lo que quieres de mí?

- Ve-verá… soy un domador estelar y…

- Ya sé lo que eres, Dranuhi. Esa no era mi pregunta.

Sabe mi nombre… me pregunto qué más sabrá. Espero que no esté entrando en mi mente…

- Mi planeta, Borealis…

- Desapareció.

- Sí, eso, desapareció. Y me preguntaba si entraría dentro de su poder hacerlo regresar.

- Si lo hago, el sacerdote morirá en el proceso.

- Eso…

- Sí, ya sé lo poco que te importa tu prójimo. Para ti  la vida no tiene más valor que la utilidad de quien la posee.

- ¿Qué es la vida de un mortal para alguien como…

- ¡Éste efímero ha consagrado su vida a rendirme culto! ¡¿Qué has hecho tú!? ¿Acaso eres consciente de lo que llevó a tu planeta al desastre? Si rescato tu mundo, el mal que lo asoló regresará junto a él. Devolverlo sólo servirá para que sea destruido de nuevo.

- ¿Y no puedes evitar también ese mal?

- No cuando otro Ajeno es el responsable.

- ¡¿QUÉ!?

El cuerpo poseído del sacerdote esbozó una sonrisa burlona.

- ¿Sabes? Te concederé tu petición. Pero sólo a medias. Costará la muerte de mis devotos, pero será un precio justo a cambio de que seas testigo del horror que sacudió tu tierra. Crees que mostrártelo será un favor que te hago, pero pronto verás que es un cruel castigo.

- No entiendo.

- Oh, ya entenderás.

El sacerdote extiende una mano y otra grieta se abre en el espacio. Pero al otro lado de esta no veo oscuridad. Veo altos palacios de piedra blanca y dorada, templos gigantescos… Es Borealis, la ciudad del Consejo, para ser exactos… y está ardiendo.

- Aquí tienes el mal que desoló tu amado hogar, que te diviertas. Un consejo, cuidado con las “balas perdidas”.

Y dicho esto, los ojos del sacerdote vuelven a la normalidad y éste cae al suelo. Finalmente me siento liberado de aquella abrumadora presencia. Pero ahora lo que me tortura es lo que tengo delante de mí.

Me acerco a la grieta para verlo mejor. Bolas de fuego caen desde algún punto que no alcanzo a ver. Las llamas son azules, cómo uno de los cuatro soles de Borealis. Alargo la mano dentro de la apertura, pero siento un cosquilleo que  rápidamente se convierte en punzadas de dolor. Al retirar la mano la siento cargada de electricidad estática, incluso un poco chamuscada.

Entonces logro distinguir al responsable de la calamidad… a LOS responsables.

En el cielo veo a dos figuras. Dos domadores estelares, uno envuelto en una luz azul y otro en un fulgor rojo como otro de los cuatro soles. Pero… ¿puede ser?... uno se ellos no es más que un niño. No debe tener más de diez años… es demasiado joven. Normalmente no desarrollamos nuestro poder al máximo hasta la edad adulta. El niño y el otro domador están peleando. Pero está más que claro que no saben controlar su fuerza. Un verdadero domador estelar sabe reprimir su inmenso poder, incluso en las situaciones más extremas. Pero estos dos prácticamente están reduciendo el planeta a cenizas. ¿Acaso la patria no significa nada para ellos? ¿No es la tierra lo más importante para uno de los nuestros? Además, estos dos sólo están destruyendo, eso no explicaría la misteriosa desaparición del planeta. Tuvo que haber algo más… ¿pero el qué?

Un momento… hay algo… en los ojos del niño… en los ojos de ambos… están en blanco… pero hay algo extraño en ese blanco… algo poderoso… ¿Puede ser que…?

Antes de que termine de pensarlo, algo cruza el portal a toda velocidad. Un golpe desviado… una bala perdida. Una enorme esfera de polvo estelar ardiente cruza la grieta hasta el interior del templo.

¡Esto no es bueno! ¡Tengo que escapar! ¡Tengo que salir de aquí ya! ¡Tengo que…!

 

****************************************

 

Kraig explora entre los escombros en busca de algo interesante que vender.

Desde la terrible explosión de hace cincuenta años, el templo del culto a Nommus ha permanecido sellado… bueno, lo que queda de él. La explosión lo ha dejado en ruinas, y de algunas áreas ya sólo quedan cenizas. Durante todos esos años, una misteriosa energía ha estado envolviendo el área que abarcó la explosión. Una especie de radiación que calcinaba al instante todo cuanto entraba en la zona. Se había llegado a hablar de ello incluso como de la “maldición de Nommus”. Por suerte, en la actualidad esa presencia ya ha disminuido mucho, y con el equipamiento adecuado, exploradores y mercaderes como Kraig pueden aventurarse en el derruido santuario, en busca de las perdidas reliquias del culto a Nommus.

Entre las ruinas, Kraig descubre lo que en su día fue un medallón, ya calcinado e irreconocible. Al mirarlo con detenimiento ve una ranura que debió albergar algún tipo de cuchilla. Incrustados y fundidos en el suelo yacen los restos de un conjunto de magníficos candelabros. Posiblemente hubo un accidente durante uno de los rituales.

Peor entonces algo llama poderosamente la atención del mercader. En un rincón, en el suelo hay una silueta negra, marcando el lugar donde una vez ardió un cadáver. Por la posición puede deducirse que estaba tratando de salir corriendo en cuanto hubo la explosión. Pero, en medio de la silueta hay algo que, simplemente no debería estar allí. Algo imposible. Se trata de una daga en forma de semicírculo, de un color azul intenso, con cierta fosforescencia y con formas doradas en el mago y la vaina. Por increíble que parezca, esa daga no ha sufrido daño alguno, ni por la explosión, ni por el incendio, ni siquiera por la “maldición”.

Kraig la desenfunda, desvelando una reluciente hoja de piedra negra. Está claro que esa daga está fuera de lugar. No pertenecía al templo, no encaja con el estilo arquitectónico. Pero eso no quita que sea sumamente bella.

Kraig guarda la daga y regresa feliz a su casa, satisfecho con el inusual tesoro que acaba de encontrar.

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Domingo, 16 Diciembre 2012 01:10 publicado por Alice_abysm

    Wow, en esta historia quedo claro que la curiosidad si mato al gato. Tanto deseaba conocer lo que habia pasado (Al igual que yo) pero lamentablemente él acabo muerto. Ahora me queda la intriga con aquellas dos figuras que luchaban, aquellos dos ajenos, ¿Acaso estaban poseyendo el cuerpo de dos niños domadores estelares? Estoy ansiosa por saber que ocurrio ahi, como llegaron a pelear a ese lugar, me recordó a la otra historia de dos hermanos Ajenos que llegaron a pelear a la tierra, no recuerdo el nombre de ese relato que escribiste pero quizas sean esos dos que destruyeron el planeta del domador estelar.
    Un excelente relato! No te olvides de la historia de luci y Zac, que a ellos aun les queda, si no me equivoco, un capitulo más :)

  • Enlace al Comentario Trysha Lunes, 17 Diciembre 2012 13:04 publicado por Trysha

    Impresionante aparecen los Dioses Ajenos de nuevo, y los del sol... wow...
    confieza fundaras una religión?? me ofrezco para hacer el evangelio jejeje
    mis felicitaciones, un besote...

  • Enlace al Comentario Mandragás Sábado, 22 Diciembre 2012 08:59 publicado por Mandragás

    Eres una máquina chico!

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