"La enseñanza que deja huella no es la que se hace de cabeza a cabeza, sino de corazón a corazón."

(Howard G. Hendricks)

Viernes, 18 Enero 2013 22:42

El idioma de los imbéciles

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Aquí está él, tan pegado a mí que juraría que puede sentir el flujo de sangre que corre por mis venas a través de la piel. Me mira con sus grandes ojos marrones llenos de un matiz extraño que se me escapa, como si de un momento a otro su mirada fuera a derretirse sobre mí. Me revuelvo incómoda en mi asiento, hace tiempo que dejé de soportar el compromiso que implica un contacto tan carnal como éste, pero lo interpreta a su manera, y con su brazo derecho rodeando mis hombros me arrima más a él mientras me sonríe dejando ver una blanquísima hilera de dientes alineados. Parece que se le van a quebrar las comisuras. Está pletórico. Le correspondo con un amago de sonrisa, ese que tantísimas veces he ensayado ante el espejo del baño y parece satisfecho. Apenas aguanto dos segundos mirándole a la cara y acabo desviando la mirada hacia un punto perdido entre la alfombra y la pantalla plana. Aún le queda una mano desocupada y con ella, toma una de las mías de la forma más delicada que sabe dejando que descanse sobre sus dedos largos mientras con el pulgar acaricia en círculos la parte superior. Durante un breve instante me da un apretón, casi imperceptible para otros, pero tan intenso para mí como la presión de unas esposas que se cierran alrededor de las muñecas. Es como si tuviera el deber de remarcar por encima de todas las cosas que él está ahí, justo a mi lado, y entonces un torrente de sentimientos encontrados se me agolpan en el pecho e impulsan a mi corazón a salirse por la boca. Cada día que pasa me cuesta más aguantar toda esta pantomima de los besos, las caricias, los paseos por el parque, las tardes de cine y las noches perdidas en su cama… y es que nunca he llegado a comprender la imperiosa necesidad de los seres humanos por compartir su existencia con alguien, por dedicar cada una de las horas de su vida a una sola persona, construyendo alrededor de ella todo un mundo ficticio y almibarado. ¡Que alguien me explique qué es esa amalgama de sensaciones que a todos les posee y que les vuelve completamente idiotas! ¿La venden en alguna parte?

Hace cuatro años que, intentando acoplarme a una sociedad asentada sobre unos dictámenes cada vez más absurdos y cansada de todas esas indirectas envenenadas de quienes creen tener el control de sus propias vidas, decidí seguir la corriente que los arrastra a todos y ampliar mi círculo de amistades. Fue entonces cuando llegó él. A pesar de haber entrado en ese juego de forma voluntaria y de poner empeño en convertirme en alguien normal, esa parte  racional que residía en mi sistema y que hasta aquel día había estado guiándome, me gritaba que huyera de ese entorno que poco a poco se iría cerrando sobre mí hasta mantenerme atrapada entre sus paredes invisibles, con otros tantos millones de individuos más. Y no se equivocaba. Al principio, los acercamientos se limitaron a algo meramente sexual. Supuse que sería algo normal pues el hecho de calmar el apetito sexual es algo que nos viene de fábrica, no hay sentimientos, no hay compromiso, no existen normas al respecto; solamente sexo. Y eso me gustaba. No implicaba tener que demostrar algo que fuera más allá de la más básica atracción física: tú me gustas, yo te gusto, follemos. Pero hubo un factor determinante que acabó por modificar nuestro comportamiento: el tiempo. A medida que transcurrían las semanas, los encuentros se hacían más habituales, más extensos. Yo había dejado encerrado en un rincón de mi cerebro el único billete de vuelta a mi verdadero mundo y me había acostumbrado a ese nuevo estilo de vida y ya no me importaba que cualquier otra oveja del enorme rebaño me mirara con superioridad, burlándose de la oveja descarriada y abandonada. Me daba igual porque yo también tenía  a alguien, pero existía una enorme diferencia entre ellos y yo. Yo no tenía ni la más mínima idea de dónde me estaba metiendo.

Nuestras citas se fueron convirtiendo en rituales mucho más formales de lo que yo creía. Las horas de cama se fueron extendiendo hasta convertirse cenas en restaurantes y, estas, se alargaron hasta límites insospechados y tan inesperados que ni siquiera me di cuenta del paso tan importante que significaba dejar mi cepillo de dientes en su cuarto de baño. Me habitué a despertar con él por las mañanas y a llamarle cuando pasaban más de veinticuatro horas lejos de él. No era algo que me desagradara, ni siquiera reparé en que todas esas pequeñas cosas iban formando un todo tan enorme que apenas alcanzaba a verlo. Puede sonar contradictorio, pero cuando te encuentras rodeado de esa atmósfera inofensiva que se hace más densa conforme pasa el tiempo, con lentitud, sin hacer ruido, no te das cuenta. Para mí no suponía nada más que compartir pequeñas parcelas de mi tiempo con alguien más. Para él, sin embargo, ese hecho constituía los cimientos de algo mucho más grande y más significativo.

Comencé a maldecir el rumbo que habían tomado las cosas cuando él mismo decidió que tenía que soltar aquellas palabras que habrían de afianzar eso que nos estaba pasando. Te quiero. En ese momento me asusté como un cervatillo al escuchar el eco de un disparo de escopeta en medio del campo. El cuerpo se me puso tenso cual cuerda de violín y la respiración se quedó contenida en mi pecho. No alcanzaba a comprender ese galimatías que había salido disparado de su boca mientras tomábamos el postre en la mesa de la cocina. Te quiero. Dos palabras que por separado no representaban apenas nada pero que unidas en ese contexto adquirían un significado tan horroroso para mí como maravilloso era para él. Aunque sabía perfectamente a lo que se refería con eso y que a partir de ese momento las cosas serían completamente distintas, aún no entendía su verdadero sentido, era completamente incapaz de comprender cómo alguien podía aferrarse a algo que ni tan siquiera era tangible.

Aquello me había dejado completamente fuera de combate.  Me vi incapaz de reaccionar ante algo que nunca había experimentado y solo pude guardar silencio. Él, haciendo gala de esa amabilidad que todos los de su especie llevan por estandarte, excusó mi mutis apelando a una timidez que yo jamás había mostrado y yo no quise rebatirle. Había llegado el momento que más temía y para el que no estaba preparada. Cuando decidí meterme en todo ese fregado sabía que en algún momento pasaría y que entonces sabría pararle los pies a quienquiera que fuese y saldría por la puerta grande. El problema era que nadie me había dicho lo difícil que iba a ser. Nunca jamás me había importado dejar a alguien con un buen palmo de narices o negarme a cualquier cosa que me pidieran aunque ello supusiera herirles porque yo no sabía qué cosas eran las que de verdad les hacían daño. No entendía por qué el resto del mundo se incomodaba ante una respuesta negativa o ante la simple indiferencia. Para mí, eso era lo normal, pero en aquel momento, por alguna extraña razón que no llegaré a comprender y que quizás algunos califiquen como empatía, no pude decirle que no, no pude reírme en su cara y gritarle que no creía en esa bobada que ellos llaman amor, que para mí era como una lengua desconocida que mi gramática no era capaz de asimilar. Pero como todos los idiomas, este se puede estudiar y, aunque nunca se llegue a dominar del todo, aunque a veces no tengas ni la más remota idea de qué demonios es lo que estás diciendo, se aprende y se utiliza. Y aquí me veis, sentada en su regazo, con la vista aún fija en el vacío y con sus labios deslizándose por los límites de mi mandíbula.

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6 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Viernes, 18 Enero 2013 23:01 publicado por Trysha

    Mmmm no comprendo, si te gustaba llamarle, estar con él, pasar casi todo el tiempo juntos... porque todo cambia cuando te dice que te quiere?
    No creo que exista quien no crea en el Amor, solo los que temen el no ser queridos y se visten de apatia e indiferencia.
    Por otro lado, yo quiero al mundo y eso no lo comprende nadie.
    Es decir no soy la chica altruista de Dundee, sino mas bien en un sentido espiritual... no temo sentir afecto por las personas, no temo ser lastimada...
    etc...
    Me encanta leerte, reflexiva y grande... nif nif nustra niña esta creciendo.
    Un besote.

  • Enlace al Comentario Nilufar (Ella) Sábado, 19 Enero 2013 04:33 publicado por Nilufar (Ella)

    Ufff, entiendo ese agobio, y qué difícil es cortarlo cuando ya tienes las cadenas alrededor,,,, creo que esas cosas son mejor hablarlas en cuanto uno está agobiado,,, o la bola se hace más y más y más grande,,,, Me encantó el texto.

  • Enlace al Comentario Blacknordok Domingo, 20 Enero 2013 12:11 publicado por Blacknordok

    Yo lo que creo es que ni siquiera era consciente de la situación hasta que escuchó el "te quiero", por eso en aquél momento cambió todo, se dio cuenta de donde se había metido, y se dio cuenta de que ella no había hecho nada por evitarlo.

  • Enlace al Comentario gandalf Domingo, 20 Enero 2013 13:36 publicado por gandalf

    Sincera, fluida, directa... gracias por no desaparecer del todo, milady! (Oh!, en cuanto a la historia: "somos y tenemos siempre exactamente lo que hemos decidido ser y tener en cada instante de nuestras vidas"

  • Enlace al Comentario Mandragás Domingo, 20 Enero 2013 17:58 publicado por Mandragás

    Y para muchos y muchas, esa es la razón de existir, esa es la meta, pagando el precio hasta el último día.
    Verte por aquí es agradable Lay

  • Enlace al Comentario Rapunkzel Domingo, 20 Enero 2013 18:52 publicado por Rapunkzel

    ¡Gracias! La verdad es que no estaba muy segura de esto pero si os ha gustado, por mí perfecto.
    Y piensa una cosa, Trys, hay personas que no saben lo que es el amor.

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