"Aprender música leyendo teoría musical es como hacer el amor por correo."

(Luciano Pavarotti)

Miércoles, 25 Junio 2014 11:55

LA SATURACIÓN TÁNTRICA DE UNA VIDA ASIMÉTRICA

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Arturo se siente estafado, en general. Siempre había pensado que a partir de cierto punto la vida, una vez encauzada en una u otra dirección, avanzaba por inercia. Ahora resulta que todo es una patraña. Ahora resulta que tiene que estar siempre concentrado y alerta, decidiendo cosas y reaccionando a fenómenos externos e imprevisibles. Le parece todo incomodísimo, molesto hasta rozar lo sádico. Es incapaz de recordar lo que hacía antes de tener la responsabilidad de decidir qué hacer. Sólo sabe que antes las cosas pasaban sin más, y que ahora él tiene que hacer que ocurran. Esa certeza le perturba y le ahoga porque nunca ha tenido iniciativa, algo que hasta ahora no había necesitado. Para Arturo Basora el libre albedrío es una prisión turca, como mínimo.


-No entiendo nada -Dice Arturo, dando vueltas en su silla giratoria.

-¿A qué te refieres? -Dice Sofía; no aparta la vista de su hoja de cálculo.

-No entiendo por qué no puedo pasarme el día tirado en la calle, sin hacer nada.

-No empieces…

-Este trabajo es una puta mierda - Dice él - Es una mierda como una casa.

-No está tan mal. El sueldo es bueno.

-¿Sueldo? ¿Qué es eso? -Dice Arturo

-Dinerito del bueno, papi.

-Ah, ¿y con eso puedo comprar ociosidad? ¡Niet! ¡Negativo!

-¿Qué intentas decirme, Arturo?

-¡No lo sé! Sólo sé que esto no me cuadra. Es una mierda.

-¿Pero de qué hablas?

-¡De todo!  ¿No lo ves? ¡Es absurdo!

-Mira, no me infles la cabeza -Dice Sofía, seca e impaciente -Tengo mucho que hacer.

-¿Por qué? ¿Eh? ¿Que son todos estos números?

-Qué te calles. No estoy de humor para tus neuras.


Arturo quiere seguir hablando, pero luego se da cuenta de que Sofía ni siquiera es guapa y que en realidad no vale la pena intentar convencerla de nada porque también es bastante tonta. Aunque ella sea lo más parecido a una amiga que tiene en ese lugar, Arturo cree que Sofía nunca será una persona que se cuestione las cosas o tenga inquietudes de ningún tipo. Está bastante seguro de que ella se limita a existir de forma lineal. Sofía hace las cosas con una naturalidad casi obscena. Sofía vive como si la vida fuese buena o fácil; teclea e imprime cosas y después se va a su casa a hacer otras cosas, y lo hace como si nada. A Arturo le resulta incomprensible y un poco molesto, no tiene del todo claro si envidiar ese tipo de despreocupación. Tampoco sabe si en realidad odia a Sofía ni si el efecto que ella le causa es lo suficientemente relevante como para que valga la pena definirlo u otorgarle una categoría. Y encima ni siquiera es guapa. Arturo se levanta y se aleja de Sofía porque no se siente con ganas de tomar una decisión respecto a ella. Es algo que le pasa muy a menudo con mucha gente, tiene muchas tareas pendientes en ese sentido. Por el momento, Arturo sólo quiere tomarse un café.


La oficina es bastante grande y lleva unos días oliendo a café quemado. Los blancos de las paredes hace tiempo que amarillean y la estructura del edificio es cuadriculada y desfasada, a todas luces una violenta y ostentosa renuncia a lo diáfano y lo práctico. Los aparatos zumban y los teléfonos suenan sin parar y hace un calor seco y nervioso. Es por las luces, esas luces halógenas obsoletas que son como aliento de dragón. Arturo seca sus sudorosas sienes con su corbata bermellón mientras camina hacia la máquina de café. La moqueta verde y manchada amortigua el sonido de sus pasos largos y Arturo se siente furtivo, invadido por un absurdo y repentino cargo de conciencia por estar ahí. Arturo cruza la oficina de forma agitada y atropellada y en la mirada de sus compañeros solo ve sorpresa y extrañeza; es como si, por alguna razón, no esperasen verle por allí. Es el convidado de piedra que sólo con presentarse reafirma su condición, culpable de ser lo que es y de estar donde está. Arturo está convencido de que, en estas condiciones, no podrá mantener la cordura mucho tiempo. No entiende qué diablos les pasa a todas esas personas, esas gentes que le miran y que parecen saber algo que a él se le escapa.


Lleva seis años ahí, seis años trabajando en esa oficina tan mal hecha y mal pensada. No recuerda muy bien qué razones le llevaron a trabajar en ese lugar, sólo sabe que está allí y que es poco probable que se vaya. Cree recordar que en su momento, cuando tenía veintipocos años, le pareció muy natural y casi inevitable aceptar ese trabajo, pues aún creía en la inercia de las cosas y en las corrientes vitales. Ni siquiera está seguro de si, a día de hoy, está haciendo bien su trabajo; la organización de la empresa es tan enrevesada y demencial que no tiene muy claro cuáles son exactamente sus funciones o quiénes son sus jefes. Nadie le dice nada sobre nada, así no le queda más que suponer que no hay nada que cambiar. Sin mapas o referencias visuales resulta tremendamente complicado ubicarse, así que lo más prudente es mantener el rumbo, aunque el camino sea resbaladizo y voces extrañas le susurren incoherencias al oído. Es decir, que a partir de cierto punto parece aceptable y lógico bajar el listón hasta convertir la vida en una persecución de lo meramente tolerable. En estos momentos ése es el juego de Arturo, limitarse a minimizar el dolor; cualquier cosa más allá de eso entra en lo borroso y lo impensable, allá por lo quimérico.


Pero aún así, pese a ese listón tan bajo y asequible, Arturo es incapaz de sentirse cómodo en ninguna parte de su vida; Arturo se desespera porque la naturaleza de esa incomodidad le es totalmente ajena. Sólo sabe que su vida es defectuosa, a todos los niveles; nada le satisface en ningún sentido y no tiene ni idea de si es que hay demasiado de algo o demasiado poco de otra cosa. Una extraña mezcla de agorafobia y claustrofobia le burbujea en el cerebro con incesante ymezquina virulencia. Demasiada presión, demasiado vértigo y demasiadas explicaciones escritas en lenguas absurdas e indescifrables. Arturo siente que su corbata se ha enganchado entre los titánicos engranajes del universo y que estos, indiferentes, siguen girando con frialdad metálica, divina e implacable. Y el chirrido de la realidad ahoga sus gritos; ahorcamiento por cósmica y ancestral inevitabilidad.


Arturo llega a su destino y está rojo y sudoroso.


Ante la máquina de café está Carlos, que tiene alopecia y dientes de ardilla. Está hablando con un hombre al que Arturo no reconoce. Ambos llevan corbata negra y una camisa blanca arremangada; tienen los sobacos encharcados y gesticulan y ríen con armónica suficiencia. Arturo les mira y visualiza un cruce entre macaco y buitre, destrozando nidos de golondrina en lo alto de un árbol mientras se parte la caja con histeria mongólica y gutural; una bestia abyecta y deforme que evade la extinción a base de denigrantes y aberrantes mutaciones que asquean a sus depredadores. Arturo odia a Carlos con brutalidad.


-Hola... -Dice Arturo, jadeando - ¿Todo bien?

-¡Jesús! -Dice Carlos -Estás hecho un asco.

-Hace mucho calor -Dice Arturo, preparándose un café caliente - ... Estamos en abril, esto no tendría que pasar.

-No me jodas. ¿Estamos en abril ya? -Dice el desconocido, sonriendo. Es un gordo - ¡Y yo sin cerrar el trimestre!


Carlos se ríe con la boca muy abierta y se pone bizco, imitando la postura encorvada de Arturo. Su risa parece excesiva y fuera de contexto, en todos los sentidos. Algunas cabezas asoman por encima de los cubículos, buscando el origen del alboroto. Ven que es Carlos y sonríen, porque Carlos les cae muy bien. Carlos y el hombre gordo se ríen y disfrutan mucho de la situación. La máquina de café aún no ha terminado de llenar el vaso, pero Arturo ya no está. Arturo ha salido del edificio.
 

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Miércoles, 25 Junio 2014 21:52 publicado por Trysha

    Un gran placer leerte ... Totalmente en tu estilo y que mal por Sofía jaja son esos detalles tan tuyos los que me sacan sonrisas.
    Gracias por compartirlo

  • Enlace al Comentario Nilufar (Ella) Jueves, 10 Julio 2014 12:14 publicado por Nilufar (Ella)

    Qué bueno leerte Gouda,,, ese Arturo existencialista necesita unas vacaciones en África!!!! Un toque de vitalismo que le haga salir de sí :P

  • Enlace al Comentario Mandragás Martes, 15 Julio 2014 04:01 publicado por Mandragás

    Cuando uno está hasta la polla, está hasta la polla. No hay más. Perdón por la contundencia.

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