"Hay dolores que matan: pero los hay más crueles, los que nos dejan la vida sin permitirnos jamás gozar de ellas." 

(Antonie L. Apollinarie Fée)

Martes, 29 Enero 2013 17:18

Noche

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Vivía cerca de un viejo muelle de madera, de aquellos altos que se levantaban reinantes sobre las viejas y amarillas arenas de las playas. Solía ir allí por las noches, a veces iba solo, otras acompañado pero siempre que iba, acompañado o no, acaba preguntando acerca de la vida y mirando con esperanza el futuro. Deseaba el cambio, nunca le había resultado doloroso transformarse según el paso de los años, es más, le hacía feliz, para él significaba que las cosas seguían curso y que los que fueron hijos serían padres, y si todo iba bien, los hijos vivirían por aquello que sus padres no pudieron conseguir y les harían, allá donde estuvieran, sentirse orgullosos de su prole.

 

Un cuento de hadas para algunos, pero para él, y muchos otros que compartían su visión era algo perfectamente posible, pues el mundo no se cambia solo sino se pone parte de cada uno. “Un gran cambio, empieza con un gesto nimio” decía. Su vida era un reflejo de sus palabras, si tuviera que describirse la forma de representarla sería un segmento uniforme, pero con etapas diferenciadas coloreadas según la época, por supuesto no todo eran colores claros, pero el negro no era un color que cupiera, ni siquiera remotamente.

 

Desde luego no le había sido regalado nada, pero siempre su afán por el cambio había contagiado de optimismo su vida, y si bien no dejaba de ser realista, no se tomaba las desgracias como algo personal, sino como lo que eran: hechos puntuales y desafortunados. “A todo se le puede sacar un lado positivo” otra gran frase suya. No hacía más que repetírsela a sus hijos, claro que entonces ellos eran pequeños y no la entendían del todo, pues en ese caso él la utilizaba para que se esforzaran más en la escuela. Cuando sus hijos crecieron fueron comprendiendo muchas cosas de su padre, aunque puede que él no tantas de ellos como le hubiera gustado. “Cada generación es esclava de su tiempo, en fin…” solía decirles cuando le hablaban de las locuras de sus viajes con sus amigos y las aventuras que suponían cada noche de fiesta. Y no es que  no entendiera sus ganas de diversión, él también fue joven y alocado, simplemente su idea de ocio era distinta.

 

 Ellos lo amaban, sabían que era una persona excepcional, pero como todos los hijos, lo consideraban una antigualla. Pero poco sabían de su padre más joven, ese muchacho que tras 6 años sin aparecer en casa, un día se presentó en casa para comer y al que su padre solo dirigió unas palabras “Ese hippie cabroncete”, a pesar que en el fondo se su alma sonreía de pulmón a pulmón. Normal, era obvio. Si bien su manera de despedirse no fue la mejor, fue fiel a su idea y en su periplo por el mundo dio razones más que suficientes a  su padre para sentirse orgulloso. Él sabía que su madre, allá donde estuviera ya lo estaba y siempre lo había estado desde el momento en que nació.

 

La muerte se la llevó, “una vida se marchita para dejar lugar a otra nueva”, y por eso él tenía que vivir por dos, porque tenía la fuerza de dos. Y aunque su padre fue también un gran hombre que le crio con el cariño de mil, de niño echo de menos esos abrazos de ternura que solo puede dar una madre. Decían que era muy guapa, no había nada en ella que fuera imperfecto, pero que también todo lo que tenía de bella lo tenía de carácter, aún los amigos de su padre se acordaban de las estratagemas de éste por conquistarla, la mayoría acabaron en fracaso, pero claro alguna tuvo que funcionar pues sino él no estaría aquí. Eso le fascinaba, todo el mundo recordaba como su padre había escalado árboles, tirado chinas a las ventanas equivocadas e incluso había sido disparado por una escopeta de sal… pero nadie recordaba la aventura que acabo en éxito. ¿Fue por persistencia o por algo que paso que la hizo cambiar de opinión? Se lo había preguntado más de una vez cuando era más joven, con el tiempo dejo de hacerlo, y ahora ya solo le importaba que ahora que ambos se habían ido tendrían su final feliz donde fuera que estuvieran.

 

Él por su parte también había encontrado su final feliz, no sin pelear por él. Nunca le había interesado el amor, había sido bastante dejado en ese aspecto. De joven solía estar en tantos sitios y hacer tantas cosas que en sus odiseas no era tan raro que apareciera una chica, pero sin esfuerzo, casi como producto de la inercia de sus aventuras. Sin duda, nunca había luchado contra la corriente del amor y no ser correspondido. Por otra parte por aquel entonces no creía en ello. Lo consideraba como los impuestos, “omitible”.

 

Pero bien que se le saltaron los ojos cuando la vio… Aquel día no pudo dejar de pensar en ella, bueno, y el siguiente. Siendo sinceros acabo con la muchacha entre ceja y ceja de por meses, hasta que, de repente, cuando creía que la había olvidado, apareció. Así tal cual. De vuelta a la misma dinámica. El hombre duro enamorado, y encima por cumplir con una tradición familiar, de una mujer tan bella como de carácter. De mucho carácter. “Créeme esa montaña de allí se movería antes de que tu madre empezará a gritar” solía decirles a sus hijos cuando enervaban a su madre, y no le faltaba razón. Y eso era lo que más amaba de ella, su personalidad.

 

Era una roca en medio de la corriente de la moda, no importaba lo que se dijera ni lo que se consideraba lo mejor, ella tenía sus ideas, sus valores y sus principios y de ahí nadie la iba a mover. No era tozuda ni cerrada, sabía reconocer sus errores y enmendarlos, pero no se dejaba influenciar por los demás. Eso fue lo que más le gusto cuando la conoció y en lo que más esfuerzo tuvo que poner para que cambiara de opinión respecto de él. No le valían ni las flores ni los regalos ostentosos, y encima pensaba de él como un bobo de cerebro de mosquito intentado colgarse una medallita más en la bragueta.

 

“Maldita primera impresión” se decía asimismo mientras se daba de cabezazos mentalmente, nunca se consideró remotamente un conquistador pero el efecto halo se la había jugado, y lo que con otra chica habría funcionado fue un golpe de vuelta que le complico mucho las cosas. Sin embargo, en cierta manera también le permitió acercarse a ella.

 

Cuando ella le detestaba más, fueron ambos invitados a una fiesta de unos amigos en común, ninguno de los dos lo sabía y cuando se encontraron se convirtió en una situación un tanto incomoda. Quiso el destino que una chica un tanto ebria se fijara en él y la fiesta acabará convertida en un esperpento en el que el triángulo amoroso, desde su perspectiva, le complicaba mucho las cosas, y ya no sabía ni de quien esconderse, si de la chica que le perseguía o de ella. Finalmente la chica ebria acabo bastante perjudicada y él se ofreció  a llamarle un taxi, y acompañarla a su casa. Sobra decir la mirada asesina que le lanzo ella mientras le veía salir con la chica rodeada con sus brazos fue terrible, pero más aún su cara de vergüenza a pesar de que sabía qué hacía lo correcto.

 

Acompaño a la chica y a una amiga suya a casa de la muchacha y luego volvió a la fiesta. Ya no estaba ni preocupado,  e incluso en el viaje de ida y vuelta se había hartado consigo mismo y convencido de que esa chica no era para él, y que cualquier cosa que no fuera olvidarla lo entorpecería todo mucho más. Al llegar para su sorpresa la chica estaba fuera, apoyada en la pared, fumando, con la mirada perdida en el cielo. Ya convencido de su nuevo cometido ni se inmuto, e intento pasar por su lado como si nada para volver a la fiesta. Pero unas palabras de ella le detuvieron;  le pregunto que cómo es que volvía tan pronto, él le contesto la verdad, la chica necesitaba ayuda y él se ofreció como cualquier otro habría hecho, nada extraordinario. La chica detecto la sequedad de sus palabras, y por primera vez fue amable con él, le pidió disculpas, él dijo que no, que el que tenía que disculparse era él. Ella tiro el cigarrillo, y sin saber muy bien como empezaron a hablar. No volvieron a la fiesta.

 

Acabaron toda la noche charlando y conversando en un viejo muelle de madera, de aquellos que se levantan reinantes sobre las viejas y amarillas arenas de las playas.

 

 

No sería la primera vez que ellos y el muelle serían contemplados por las estrellas hasta el amanecer, tampoco la última.

Ella dejó de fumar, él encontró el amor.

Leído 996 veces Modificado por última vez el Martes, 29 Enero 2013 17:25

2 comentarios

  • Enlace al Comentario Mandragás Miércoles, 30 Enero 2013 06:45 publicado por Mandragás

    Como siempre, desbordante de talento. Consigues que uno se sienta, exactamente, como alguno de tus personajes. Creas una lectura atrayente aún narrando algo tan normal y a la vez tan extraordinario como la propia vida.

  • Enlace al Comentario Trysha Miércoles, 30 Enero 2013 22:57 publicado por Trysha

    Impresinante, una vida intensa e hermosa, gracias, tu escrito ciertamente tuvo la fuerza de cambiar mi humor hoy, me lleno de mas, hiciste que mirara con una sonrisa mi vida, dejaste un agradable sabor a pastel... Así es que gracias.
    Tines una forma de relatar esos detalles simple de la vida de una manera gloriosa, como una caricia suave... Felicitaciones y de nuevo gracias por compartirlo

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