"El aburrimiento es la enfermedad de las personas afortunadas; los desgraciados no se aburren, tienen demasiado que hacer."

(A. Dufresnes)

Viernes, 23 Noviembre 2012 12:37

Enseres entre rejas

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Por fin tenía tiempo para él, ya había cerrado todo, y su despacho volvía a ser un lugar acogedor.

El viejo bibliotecaria repasaba las últimas cartas que le habían traído.  Le gustaba ojearlas antes de mandarlas al museo. Privilegios de la amistad. Su amigo, el director del museo, además sabía que no había nadie mejor que él para catalogarlas. El lote de hoy eran cartas de una antigua prisión, ya abandonada, pero que estuvo activa demasiado tiempo. No eran muchas cartas a pesar de los años que abarcaban. Pero si esa prisión había destacado por algo, era por la calaña que acogió, la mayoría analfabetos, de crímenes innombrables y vidas enquistadamente desgraciadas. No eran el prototipo de un ser sensible, preocupado por sus seres queridos, si tenían. O por pedir perdón a sus victimas, si dejaron alguna viva. Las pocas cartas que leyó eran garabatos sobre cosas nimias, muchos testamentos y algún que otro delirio.

Pero hubo una, al fondo de la caja. Que le llamo la atención. Poseía una caligrafía cuidada, con una técnica de gran belleza. Alguien culto, pensó. Y empezó a leerla.  Sus ojos se desplazaron sobre las líneas hasta llegar casi al final.

 

Por un momento las palabras emanaron de mi boca, suspiraba al tiempo que veía apagarse las estrellas en el cielo negro que ahora se tornaba naranja. Un brisa gélida acariciaba mis mejillas y hacia ondear sus cabellos de manera grácil, como si no tuvieran motivo para estar allí. Jamás podré olvidar la expresión de sus ojos, brillando como una última llama que evita su extinción, un grito desesperado al vacío, y como sus lágrimas brotaban translúcidas y resbalaban por su piel cercando su nariz hasta acabar en su boca medio abierta. Sus labios eran de rojo vivo mezclados con el líquido de tristeza de sus lágrimas, carnosos y bellos pero con un toque que los convertía en inusuales buscando una gloria que debía corresponderles y yo, con mis sucias palabras dañinas había robado.

Era la verdad. Pero cuan cruel puede resultar la verdad, a veces más que el ejecutor que las dice. Nunca habría pedido el perdón, pero al ver esa figura de inocencia y luz suplicando algo que no sabía, y jamás entendería, me removió las entrañas más obscuras de mi alma. Quizás, pensé, quizás podría hacerlo mejor. Pero no era posible. Una condena ha de hacerse para cumplirse. No merecía unos grilletes por los que no había hecho nada para merecérselos.

Suspire y suspire. Una despedida es algo doloroso, pero debería ser rápido.

Me quería marchar. Pero me agarro la manga de la camisa. Yo tire. Ella apretó. Tire más. Y apretó más fuerte. No pude contener las lágrimas, y libere un sollozo casi mudo. Un segundo más y caería de rodillas… Sabía que de ninguna manera debía darme la vuelta y mirar esos ojos que me abstraerían de nuevo. Siempre decían que lo ojos son el espejo del alma, pero con ella… Sus ojos eran el portal a otro mundo, un paraíso dispuesto a aceptar al primer desecho que hubiera vendido las alas que alguna vez tuvo para encontrar una forma rápida y certera de morir. Yo era peor. Ni siquiera deseaba morir. Sin embargo sabía que no debía maldecirla a ella también, y la debía alejar. Palabras deformes, sentimiento distorsionados, gestos grotescos… ni la brusquedad, ni la sequedad servían. Insistía en que estuviera a su lado.

¿Cómo explicar a un ángel que tú eres su contrario? ¿Cómo explicar que la dignidad que emana será tu alimento hasta que acabes con la poca vida que quede en ella? ¿Cómo explicarle que no deseas verla convertida en una cascara vacía, si siempre te recibía una y otra vez con los brazos abiertos, las lágrimas secas y las heridas aun abiertas en su corazón? ¿Por qué tanta bondad? ¿Por qué ahora? Ya era tarde…

Empezamos luchando por un sueño y luego nos acabamos convirtiendo en un monstruo que supero a nuestra sombra. Cerré los ojos y la aparte. Ojala nunca me hubiera conocido. Mi corazón se heló y jamás volvería a sentir.

 

Ella era tu madre. Yo, tu padre.

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4 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Viernes, 23 Noviembre 2012 13:43 publicado por Trysha

    tus escritos son simplemente algo unico... me encantan...gracias por compartirlo.
    un besote.

  • Enlace al Comentario Blacknordok Viernes, 23 Noviembre 2012 17:26 publicado por Blacknordok

    Me quito el sombrero, menuda historia ha encontrado el bibliotecario XD
    La curiosidad puede llegar a ser muy interesante.

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Sábado, 24 Noviembre 2012 15:23 publicado por Alice_abysm

    Un excelente texto, me gusto la manera en que lo redactaste y que interesante carta se encontro, es que pintan a los carcelarios como bestias pero algunos tienen motivaciones dignas de escucharse por su actuar. Me gusto, felicidades :)

  • Enlace al Comentario Dovnebrisca Martes, 29 Enero 2013 17:17 publicado por Dovnebrisca

    Gracias. Me alegro que os gustará.

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