"La primera tarea de la educación es agitar la vida, pero dejarla libre para que se desarrolle."

(Maria Montessori)

Sábado, 28 Diciembre 2013 07:13

El héroe que desayuna en su atalaya favorita

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“Muérete.” Esa fue una sugerencia feroz, a todas luces pertinente y justa. Ella, la autora desa funesta invitación, tenía unos labios tan bonitos que a Marc Samper se le escaparon, en un primer momento, gran parte de las connotaciones reales de ese instante que acababan de compartir. Y es que Marc nunca había tenido problemas para difuminar la línea que separa lo bueno de lo malo, siendo como era un gran devoto de lo destacable y lo sustancioso. Ella le había visto, había reconocido su existencia y se había implicado mediante fusta verbal. Había implicación emocional; relevante, sustancioso, casi crucial. El crimen, el crimen de Marc Samper, había sido el de comportarse de forma en extremo ordinaria y descortés, casi inhumana. Un crimen habitual en él, aunque raramente deliberado.

El escenario era primavera, abril, en los jardines de la Universidad. El verde húmedo domeñaba el lugar con un despliegue fenomenal, en la hierba y en los árboles y en las enredaderas que trepaban por esos antiguos y académicos muros. Latía, orgánico, ese lugar. El Sol asomaba intermitente y de vez en cuando entre las nubes; era una estampa bucólica, un escenario acorde al ánimo de sus actores. Ellos, los estudiantes, estaban desparramados por los bancos y la sobre hierba, zumbando, expresándose y comunicándose, todos en perfecta sincronía con la coreografía implícita en toda confluencia  de ilustrados contemporáneos. Cadencia, compás, soltura; Brisé volé. Y crescendo. Una sola entidad titánica y pedante, discutiendo consigo misma mediante sus joviales encarnaciones, entusiastas todas, bulliciosas. Las sombras de sus gestos grandilocuentes evocaban cruentas batallas medievales sobre la hierba, siluetas mortíferas y reveladoras exponiendo un microcosmos  voraz y virulento donde nada es suficiente para nadie y todo es susceptible de ser rebatido y desacreditado. Marc creía que la humanidad tiende a mostrar su verdad, de un modo u otro, por instinto o por casualidad; sólo hacía falta encontrar un vivero concurrido y un buen lugar para sentarse a observar, paciente y clandestino. Y en el jardín de la Universidad estaba su atalaya predilecta, en ese lugar tan fantástico y representativo donde todo parecía pertinente y natural, casi cartesiano, con toda esa gente haciendo aquello que se les presupone con un inquebrantable espíritu de colmena y dedicación pertinaz. Marc era el niño en el acuario, empañando el cristal con su aliento fascinado.

El Héroe estaba sentado en un banco, bregando con un sandwich de atún con demasiada mahonesa. “Esto es desesperante”, se decía de vez en cuando. A pocos metros, un estudiante se levantó de la hierba dando un brinco, señalando titánico a su interlocutora. “¡Eso es una falacia, tu premisa es imperfecta! ¡Doblégate!”, proclamó, henchido de gloria, retórica y metafísica. En cuando empezó a danzar como un serafín risueño y grácil para celebrar su triunfo dialéctico, el interés de Marc se disipó.

Había otro banco a su derecha donde se habían sentado Sara Basora y Esther Nadie, que tenía cuerpo de pera. Cada vez que veía a Esther, Marc se acordaba de una frase que oyó decir sobre ella a Ernesto Becerra, estudiante de primero, unos meses atrás:

“Gorda y sin tetas, eso sí que es mala suerte”

Marc no sentía ningún interés por Esther o sus antiestéticos atributos femeninos. Sara, en cambio, era un objeto de estudio mucho más interesante para él. Siempre había sentido curiosidad por saber si él, como individuo, era capaz de amar, de amar en el sentido más clásico y literal. Amar físicamente. Que se hubiese acostumbrado al velo translúcido que le separaba de la humanidad no significaba, necesariamente, que hubiese perdido la curiosidad por saber que había al otro lado. El mundo sensorial le era incómodo por naturaleza, lo que para otros sería certeza innegable para él era poco más que una ligera sospecha. “Parece que estoy aquí, así que supongo que aquí estoy.” Había demasiados filtros entre sus sentidos y su discurrir. Aún así, a pesar de la niebla y las interferencias, Marc estaba casi convencido de que Sara Basora era para él algo más que un punto en el radar. La proximidad de ella ejercía un curioso magnetismo sobre sus ojos, una atracción nada cerebral y, por tanto, confusa. De ella sabía que era hermosa, probablemente en todos los sentidos. Pelo negro y mejillas mullidas; sus facciones suaves y su piel pura parecían un buen lugar donde estar. Sara parecía un hogar, un reino tan acogedor como desafiante. La conocía poco o nada, pero parecía sincera y sencilla y la fluidez de sus gestos sugería una buena salud espiritual, o quizá coherencia emocional; parecía un ser completo y sin fisuras. Siempre estaba tocando a las personas, compartiendo energía a todos los niveles, comunicándose. El mundo despertaba si ella estaba cerca, las vibraciones se armonizaban con pausada naturalidad. Para Marc Samper eso era más que suficiente, no sentía interés alguno por sus opiniones o sus gustos, meras interferencias sónicas que distorsionaban la verdad de Sara, la verdad de Sara como entidad.

Mientras una parte de su atención hacía malabares con la mahonesa goteante, otra parte se centraba en la conversación que las chicas mantenían en las proximidades. Esther estaba sollozando, moqueando con ahínco y saña a causa de algún tipo de cataclismo personal, de convulsión psíquica. Sara le acariciaba el pelo con la mano derecha, susurrándole consuelo; la mano izquierda agitaba un seductor paquete de pañuelos de papel delante de la cara de su amiga. La expresión de Sara era un espectáculo desconcertante, fascinante, a ojos de Marc. Una mezcla de piedad, hastío y una pizca de diversión, como una reina consolando a la más joven, estúpida e ingenua de sus sirvientas. Lejana. Sara siempre enviaba tres mensajes a la vez, todos contradictorios. Sus palabras, sus gestos y sus ojos; tres idiomas distintos, todos indescifrables pero, de algún modo, complementarios. Marc sabía que hay pocas personas verdaderamente complejas en el mundo, y que cuando se encuentra a una de esas personas no hay que escatimar recursos ni esfuerzos en la búsqueda de su comprensión.

Esther ya llevaba un rato mirándole cuando Marc se dio cuenta de ello. Tenía los ojos muy abiertos, tristes y furiosos. Torció mucho la boca antes de hablar. Su cara estaba roja e hinchada.

-¿Tu de que te ríes, capullo? -Decía Esther, aullando a la Luna, a Dios – ¿De que te ríes tu?

Marc no había reparado en ello pero era verdad, estaba sonriendo. Esther parecía totalmente ajena al hecho de que estaba protagonizando una escena grotesca e hilarante; la plañidera tragicómica dando rienda suelta a sus instintos más pueriles. Sufriendo con todo su cuerpo y con sus carnes ondulando al compás de sus lamentos. Enderezó su postura, enfatizando su cólera en un ataque de orgullo y dignidad.

-¿De que te ríes? ¡Dímelo! ¡Dímelo! -Decía, babeando.

Esther estaba en otra dimensión, en otro plano de existencia; una bruja en blanco y negro detrás de una vieja y amarillenta pantalla de cine. A Marc le resultaba imposible sentirse parte de aquel momento, de aquella escena tan aparatosa y excesiva. Prohibido interactuar con la audiencia. Sabía que tenía que decir algo, que los focos le apuntaban; sabía poco más. Para él era como si un perro le estuviera ladrando por una misteriosa necesidad canina y ancestral. Abrió la boca, dispuesto a decir mecánicamente lo único que sabía a ciencia cierta que estaba de algún modo relacionado con la situación.

-Gorda y sin tetas – Dijo Marc, con una sonrisa dentuda – Eso si que es mala suerte.

Y ese fue el crimen de Marc Samper, el crimen que provocó el estampido de cólera de una mujer ya de por si consternada. Y Sara, pese a no perder su temple, pareció también airada y contrariada por las palabras de aquel hombre joven y raro, demasiado impertinente como para ser real. Arrastró a su amiga de vuelta al edificio principal mientras ésta bramaba y le enseñaba el dedo a Marc, quién volvía a estar pendiente de su desayuno.

-Muérete -Le había dicho Sara, con acritud ingente.

El héroe terminó de comer y se acomodó en su banco para desgranar lo que acababa de suceder. Sabía, hasta cierto punto, que su comportamiento no solía ser ejemplar. No obstante, rara vez su actitud tenía consecuencias de ese calibre sobre su entorno, sobre otras personas. “Muérete”, dijo el eco.  Aunque creía comprender la relación básica entre causa y efecto en un entorno social, le resultaba más complicado determinar aquello que definía la magnitud de ese efecto. La brutal animadversión que le habían mostrado las dos chicas le había sorprendido, casi confundido. Aún tenía mucho que aprender de la fauna humana; de sus compañeros, de Sara, de la hipnótica y sugerente Sara.

“Cuando el observador participa, ¿corrompe la validez del experimento?”

Marc paseaba ya sobre la hierba cuando tal pensamiento apareció. Su corazón latía con fuerza inusual pero no le resultaba incómodo ni desagradable, siendo como era un devoto de lo destacable y lo sustancioso. Semejante oscilación en su patrón de vida despertó en él una euforia hasta entonces desconocida. Una rápida recapitulación de su vida le llevó a la conclusión inapelable de que ese día había dado un gran paso hacia adelante en su experiencia vital, en su búsqueda de la verdad de su especie. Toda pena que pudiera sentir por enemistarse con su sujeto favorito quedaba por completo sepultada bajo la magnitud de esa revelación, la revelación de que vivir puede ser la mejor manera de entender la vida. Agotador, sí, pero eficaz.

Sonaron las campanas y el enjambre volvió a los edificios, Marc entre ellos, camaleónico y predispuesto. Allí estaba Sara, al fondo de la clase, sola. El héroe supuso que Esther estaría en el escenario de alguna representación de teatro victoriano, llorando la muerte de un Romeo de cartón piedra. Marc caminó entre la marea de compañeros vociferantes y mochilas dispersas y se sentó junto a Sara. Ella no dijo nada. Sólo le miró, y esos ojos eran un papel en blanco, herméticos y expectantes; casi inhumanos. Marc concentró todas sus fuerzas en tejer algo coherente, articular algo más allá de una mera repetición de algún recuerdo conveniente. Algo nuevo, algo suyo.

-Sara -Dijo Marc Samper – Tú eres… una anomalía.

-Tu eres imbécil -Dijo ella, pertinente.

Sara se levantó y salió de la clase.

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2 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Domingo, 29 Diciembre 2013 19:10 publicado por Trysha

    Vaya placer leerte... Honestamente extrañaba ese estilo tan tuyo, gracias por compartir tus escritos, feliz fin de año

  • Enlace al Comentario Mandragás Miércoles, 01 Enero 2014 04:09 publicado por Mandragás

    Nada mejor que empezar el año leyendo al bueno de Gouda!
    Parece que este universitario tiene un largo aprendizaje, hay asignaturas que son para toda la vida...

    Gracias por este ratito!

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