"Cuando el hombre se mira mucho a sí mismo, llega a no saber cuál es su cara y cuál es su careta."

(Pío Baroja) 

Sábado, 16 Febrero 2013 13:31

INVESTIGACIONES DE UN DETECTIVE PROCEDENTE DE CHILOÉ (ISLA GRANDE AL SUR DE CHILE cap. 5 - 6)

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5.- Carla. Dormí todo  el día. No vamos a decir que fue un descanso reparador, pero algo es algo. Fui al  baño, me miré en el espejo. Algunos moretones tenía en el pómulo derecho. Los mayores machucones los recibí del estómago hasta el cuello. ¡Feroz paliza! Ya me encontraría con el Pitbull. Su rostro furibundo lo tenía patentado en mi cabeza. Entré a la ducha y dejé que el agua caliente corriera sobre mi apaleado cuerpo. El agua caliente calmó mis dolores, pero no aplacó mi enojo. Primero,  el viejo del puro me trato de  Don Nadie y luego tres matones se dan un paseo a golpes con mi humanidad. ¡Eso no puede quedar así! Salí de la ducha.

    Empelota abrí el bolso con ropa que me había enviado el gordo del puro. Elegí las prendas que mejor me quedaban. Tomé el revolver, era un calibre 22. Bastante manuable  y fácil de usar. Llamé a la vieja que me arrienda la piojera.

  --- ¿Qué desea? -- preguntó secamente. En realidad esta vieja no es, precisamente, un amor, pensé.

  --- Quiero que una vez por semana venga  y limpie este basural y que me cambie la cama y me ponga un colchón de calidad. ¿Entiende? --- le recalqué.

  --- Si entiendo, Yo no seré muy educá, pero no soy huevona. ¿O me halló cara de lesa? -- respondió agresivamente. No me dejó hablar y  agregó:

  --- Todo eso cuesta plata y, usted,  no es de los del billete largo -- dijo y sonrió burlonamente.

       Fui al velador  y saqué doscientas lucas y le dije:

  ---- Estos es por los dos meses que vienen;  haga lo que le digo y verá más de  estos. ¡Okey!   le dije,  empujándola hacia el pasillo. La vieja se guardó la plata y me dijo toda coqueta:

  ---- La cosa cambia ahora, pues Don...---- la corté y le cerré la puerta.

        Tomé mi  celular. Me tragué  la pastilla de Carborón. No puedo descompensarme. Soy bipolar.  Necesito estar lúcido. No voy a permitir que jueguen conmigo. Llamé un radio taxi y partí a la casa del gordo del puro.

        Rápidamente se abrió la reja de embajada. Conozco a un gil que hace estas rejas, Fuentes es su apellido… esa es otra historia.  Caminé con paso rápido. Ya eran como las 9 de la noche. Los árboles del jardín se veían más siniestros que nunca. Se abrió la puerta principal y apareció  Alfredo, el mayordomo.

  --- Tan pronto de vuelta Sr. -- dijo en tono burlón.

  --- Está tu amo -- le dije para picarlo, pero no se  inmutó.

  --- Por su cara parece  que la investigación ha dado resultados. --- y sonrió con su ojos de lacayo.

  ---El señor está ocupado y ha dado instrucciones para  que espere en la biblioteca y además le ruega que reciba esto. --- Y acto seguido me pasó un sobre con doscientos mil pesos. Eso debe valer la pateadura, pensé.

      La biblioteca era inmensa. Libros por todos lados. Un escritorio de caoba con un  asiento de cuero. Unos sillones de cuero negro. Había una escalera adosada a la pared  para trepar a los libros que están más altos. Los miré de reojo: "Elogio de la locura" de un  tal Erasmo de Rotherdan, tiene que ser de Holanda; unos libros de Nietzchie, parece que ese fue el que declaró que Dios estaba muerto. ¡Hay cada huevón pensé!, seguí pasando revista  a las murallas de la cultura; un tal Dickens, Neruda, ese lo ubico... si no me equivocó escribía huevas sobre el amor, Julio Cortázar, lo ubico, es che, Descartes… no sé quien sería, pero por descarte me parece que es un filósofo, "Mi Lucha" de Hitler... ¡Vaya, vaya!. Me cansé de ver los libros y me senté en el  escritorio. De pronto me doy cuenta que hay un porta retrato y está el viejo del puro acompañado de un individuo flaco, con mal aspecto. Me refiero a que tiene cara de enfermo... Caigo en la cuenta de quién es el viejo gordo del puro... Alberto Strojom,   un viejo descendiente de suecos y dueño de medio chile; un empresario prominente y que se destacó en los primeros años de la dictadura como Ministro de no sé  qué... pero pareciera que tuvo desavenencias con Pinocho y el flaco enfermizo es...

  ---Interrumpo algún descubrimiento Sr...--  dijo  Strojom.

  --- De ninguna manera. Está,  usted,  en su casa..., perdone, Mansión. -- repliqué.

  --- ¿Qué le parece mi biblioteca? -- preguntó,  moviéndose como un pavo real frente a las estanterías.

  --- Impresionante, pero no puedo opinar mucho. Leo muy poco -- respondí.

  --- ¿  Como quiénes por ejemplo? -- preguntó el presuntuoso anfitrión.

  --- Raymond Chandler, James Cain, James Ellroy, Dashiel Hammett y Condorito, pero no me hace reír y mucho menos que me den una paliza a cinco cuadra de aquí. Justamente después que cerráramos trato. Eso me descompensa y me pone de un humor agrio.

  --- Lo lamento, pero no sé quiénes eran ni qué pretendían. A mi sólo me interesa Liz. ¿La ubicó?

  --- No -- mentí.

  ---  Miré Sr... No tengo paciencia. Así que tiene  quince días  para acabar con este asunto, Si no lo resuelve contrataré a…

  --- Otro Don nadie -- interrumpí duramente.

  --- Efectivamente, este país está lleno de Don Nadie --- y salió sin despedirse.

           Volví a mirar la foto y pensé ¿Por qué no me la llevó? Y guardé el porta retrato en mi bolsillo.  Me disponía a salir cuando escuché una voz que me llamaba. Me di vuelta. Era ella...Liz... No,  la esposa del vejete.  Caminaba como una pantera a punto de atrapar a su presa. En este caso yo. Una blusa blanca transparente y unos jean tan ajustados que se le traslucían los poros. ¡Qué jeans!

 Sobresalía su exquisito trasero. ¡Qué blusa! realzaba ese par de tetas. Es una mina para descabezarte. Se arrojó entre mis brazos y me besó. Esto ya se estaba transformando en una costumbre. Me dejé llevar por los instintos.      --- Vamos, mijita, rico el beso, pero ¿qué pretendes? -- le dije y la volví a besar. De ahora en adelante yo decidiría el momento de besar. Uno tiene su orgullo. La miré y me di cuenta  que tenía algunos rasgos de Liz.

   --- Liz es tu hermana -- pregunte sin decir agua va.

        Ella se sonrojó. Cosa rara en una mujer de su tipo.

   --- No,  es… ¡mi madre!  -- repuso y se largó a llorar como una pequeñita sorprendida en una maldad.

        La sorpresa fue mayúscula. Por un momento los órganos articuladores del habla desaparecieron.

   --- ¿Qué haces casada con este gordo mofletudo? -- le pregunté. Y se largó a llorar. La estreché entre mis brazos.

   ----  Ve a la calle  McIver y pregunta por Miguel Vera. Le dices que vas de parte de Carla -- me dio un beso y salió por detrás de una cortina. Abrí la puerta y ahí estaba el simpático de Alfred.

    --- ¿Avanza su investigación, Sr...?

    --- Sí, avanza -- le corté.

            Ya eran más de las doce cuando salí a Lyon. Se estaba llenando de neblina. Fue un día corto, pero provechoso.  En realidad  no se en cuál día estoy transitando

 

6.- Un cadáver caminando

  Era la segunda vez que visitaba la casa del "Gordo del Puro"; un tipo acaudalado en un país de tanta desigualdad. Algo oscuro hay escondido en todo esto.  Saqué el penúltimo Belmont que me quedaba, pero no lo encendí. Alguna vez vi a Lino Ventura hacer lo mismo en una película de cine negro. El tipo investigaba un... Pero debo concentrarme en lo mío. ¿No saben quién es Lino Ventura? Bueno, tiempo no hay para explicar…

    Hacía frío, me levanté el cuello de la americana. Palpé mi cintura y me di cuenta de que no había traído el revólver… ¡Lindo detective!

     Liz... ¿Un enigma?  Para mí, pero no yo para ella. La señora  o hermana de Liz... ¡Carla!... ¡Otro enigma!  Sería cierto... A veces, las mujeres usan las lágrimas como recursos para lograr sus propósitos; desde los más honorables hasta para ocultar secretos oscuros. El "Gordo del Puro", ese sí que no dejaba dudas: era un  pez gordo y algo ocultaba y era indudable que me estaba utilizando. Pero yo tengo mi orgullo...

     Caminé con paso lento. Quería caminar para ordenar el puzle en el que me había metido. Saqué la pastilla de Carborón  y la tragué. Algunas luces de los lujosos departamentos tintineaban y le daban a la calle Lyon un aspecto sombrío. Los faroles de luz mortecina se apagaban y encendían.

     Recordé a mis hermanos…  ¡Uno tiene sus sentimientos!  El rostro de cada uno de ellos se me hacía cada día más difuso. No tiene importancia. Sé que ya no nos veremos nunca más. Recuerdo, eso si a una chica pequeña, de ojos marrón, pelo corto de la cual yo estaba enamorado profundamente y, creo que aún la  sigo amando,  se llamaba  Angélica. Jean Seberg,  una actriz gringa se parecía a ella. Esta gringa se suicidó. Yo tengo sus películas. ¡Vivía feliz en Chomchi! ¡A  pesar de ser un huérfano! Tendría como quince años; paseábamos a caballo por las laderas  verdes de  Quemchi; corríamos con los pies desnudos y nos fundíamos en besos y abrazos entre el largo verde crepuscular de la isla.  Jamás dejaré  que se vaya de mi memoria y aunque que lo quiera:   no lo haré; el día en que su cuerpo juvenil apareció flotando, desnudo y lleno de moretones en la  caleta...

     ---Con usted, quiero hablar -- me interrumpió una voz meliflua, como la de Vincent Price. Miré al tipo que desde  la semioscuridad se había plantado frente a mí.  No tuve duda alguna. Era el tipo que acompañaba en la foto al "Gordo del Puro";  excepto que mucha más cadavérico. Parece un soldado del Ejército de las Tinieblas. ¡Su aspecto ponía los pelos de punta!

     --- ¡Quiero hablar con usted -- repitió.

     --- Eso ya lo dijo -- le repliqué con un tono áspero.  Pero me di cuenta que el tipo estaba realmente asustado.

     ---- En este país suceden muchas cosas que no se deben saber --- añadió, a punto de mearse.

      --- ¡Explíquese!  --- le volví a responder agresivamente. Creo que le respondía de esa manera  porque de alguna modo  tenía el pálpito  de que era la clave de todo este asunto.

       --- Escuche Sr...  --  sabía mi nombre, pero que va, todo el huevonaje sabe mi nombre. Y prosiguió.

       ---- No debe confiar en Strojom. Es un hombre muy peligroso.--- dijo cada vez más tembloroso.

       ---   Sin embargo, usted, parece ser buen amigo del Gordo -- Y le mostré la foto.

       ---- Eran otros tiempos --- dijo con suavidad y mirando la añeja foto.

        --- ¿Cuándo conoció a Stojom? -- le pregunté rápidamente.

        ----  En tiempos de Pinochet. Él ocupaba un alto cargo y…. --- se calló como determinando su destino.  Miró hacia atrás y hacia adelante y se largó a correr como alma que se lleva el diablo. Como si hubiese visto al Trauco, dirían en mi tierra.  Traté de alcanzarlo, pero por el rabillo del ojo divisé el auto que parecía haber visto. Instintivamente me tiré al suelo. Dos fogonazos volaron sobre mi cabeza. Si hubiese tenido sombrero me lo hubiesen hecho pedazos, afortunadamente  no uso. Soy un poco cabezón y no me quedan.  En realidad el hecho de ser cabezón…  pero es otro tema.

       El vehículo siguió su rauda marcha. Una cuadra y media se sintieron varios estampidos. Luces  de los departamentos se encendieron como si hubiese un tsunami y viejas llenas de máscaras para las arrugas salieron a mirar, viejos con barrigas prominentes miraban curiosos y molestos.  Más de alguno gritó: ¡Llamaré a la policía! ¡Aquí no estamos en La Pintana!

       Cuando llegué frente al esquelético ya estaba muerto. Rápidamente registré sus bolsillos: una billetera vieja, pero con papeles adentro; un sobre mediano sellado y un pequeño crucifijo. Los tomé  y guardé rápidamente. Tenía que apretar cachete de ahí. Dos cuadras más abajo,  ¿o más arriba?,   logré que parara un taxi.  le indiqué mi dirección. Llegué a casa como a las 4 de la madrugada del día… ¡Humm! La verdad es que no sé en cuál día estoy transitando.

 

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Sam Bogart

Escritor ocasional, amante del cine y del teatro, profesor de Lenguaje jubilado por enfermedad. (TABP).

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