"Las cadenas del hábito son generalmente demasiado débiles para que las sintamos,

hasta que son demasiado fuertes para que podamos romperlas." (Samuel Johnson)

Jueves, 13 Noviembre 2014 14:02

La niebla de medianoche (XVIII)

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La intensa luz que inundó la estancia fue opacada inmediatamente por una oscura figura, una figura imponente, una figura inmensa, una figura de narices. En realidad de nariz solo había una, pero sus dimensiones la hacían valer por doce. Era la última nariz que esperaba ver en aquellas circunstancias.

El resto del cuerpo del Águila entró sucediendo a aquella majestuosa napia. El jefe de policía medió palabra. Me miró con una sonrisa socarrona y soltó un bufido de diversión al verme en aquél estado. Se acercó lentamente y se puso delante de mí, mirándome de arriba abajo sin dejar de sonreír; seguidamente empezó a caminar a mi alrededor, contemplándome como quien contempla una obra de arte. Fue a buscar una silla que puso delante de aquella a la que estaba atado, se sentó y se encendió uno de aquellos gordos, sebosos y repugnantes puros. Me echó el humo de su primera calada en la cara, aquél humo denso y asqueroso que tanto odiaba.

Cuando ya había terminado un cuarto del puro volvió a emitir un bufido de diversión, pero esta vez se convirtió en una carcajada.

- En menudo lío se ha metido usted, Calders. No será por falta de aviso. – dijo mientras me desamordazaba.

- En el altillo que hay al final de esas escaleras hay un mueble bar. Por favor, sírvame un vaso de buen whisky y tome para usted lo que quiera.

El agente terminó de desatarme y  subió las escaleras mientras yo esperaba ahí sentado, no me sentía con fuerzas para caminar, de hecho, no podía ni levantarme. Tras todo ese tiempo sobreviviendo a base de agua, acompañada muy de vez en cuando de una mohosa hogaza de pan, mi cuerpo se había consumido.

Aguilar apareció momentos después con vaso en cada mano, bien llenos de licor. Puso uno de los vasos en mi mano y me miró con su asquerosa sonrisa.

- ¿Está seguro de que podrá beber, o le traigo una pajita?

- Váyase a la mierda. – Después de aquél cautiverio no estaba para muchas tonterias.

- Vaya, veo que la hospitalidad de Barceló ha mellado sus modales. – El águila se rió y tomó un largo trago de su vaso, tras el cual dio una buena calada a su puro.

Hice caso al comentario y di un trago, mi primer trago de whisky en mucho tiempo. Me sentó como agua de mayo. El sabor ahumado y fuerte cautivó mi paladar a medida que sus aromas subían por mis fosas nasales; una fragancia de madera, humo y malta. Disfruté de aquél vaso como nunca había disfrutado nada antes. El ambarino licor bajaba por mi garganta como una bendición.

- ¿Cómo me ha encontrado?

- Soy un buen rastreador.

- No me cabe duda alguna. – dije mientras daba un par de golpecitos a mi nariz con el dedo índice.

- Me alegra ver que ha recuperado su sentido del humor. Ahora, si me hace el favor, piérdalo de nuevo.

- ¿Perdido? Estos moretones son la prueba de que nunca lo he hecho.

Aguilar soltó una carcajada y se recostó en su silla.

- Debo admitir que no ha sido fácil encontrarle. Y no habrá sido por falta de medios. Después de todo ha sido el criminal más buscado de España estos últimos días.

- ¿Criminal? Y dígame… ¿qué horribles fechorías he cometido durante el tiempo que he estado aquí encerrado?

- Antes que nada debería informarle de que es usted sospechoso de asesinato. O al menos lo era hasta que lo he encontrado aquí atado, amordazado y desnutrido.

- ¿Asesinato? ¿A quien he matado yo con mis poderes mentales?

- Será mejor que salgamos de aquí, es una historia larga y este lugar me deprime. Además el almacén tendrá que ser registrado. ¿Tiene hambre? – me miró con su asquerosa sonrisa mientras formulaba la pregunta, a la que respondí con una mueca.

El sargento me ayudó a levantarme y me acompañó hasta la puerta, donde se despidió de sus dos hombres allí apostados.

Me invitó a comer un bocadillo de chorizo en el bar “La Pepa”, tan frecuentado por Aguilar y otros hombres de la “ley”. Jamás había probado ni probaría comida más deliciosa que aquél celestial emparedado de chorizo de origen divino. El primer bocado lo di con tal avidez que a penas sentí su sabor, simplemente engullí. No fue hasta el segundo mordisco cuando al fin sentí el sabor del chorizo acariciar mis papilas y los suculentos jugos de la carne pasar por mi boca como una marea de sabrosura. A penas pude contener las lágrimas.

Mientras devoraba con ansia aquél trozo de carne de Dios acompañado de una estrella dorada bien fría, el agente me contó los sucesos que me había perdido durante los últimos días.

- El señor Barceló ha muerto.

Mi atención se desvió del chorizo de mi boca al chorizo que tenia sentado delante.

- ¿Muerto?

- Asesinado, sería el término correcto. Fue encontrado con un tiro en el estómago sentado en una butaca en el Ritz, en la habitación de un tal Wade Wilson. Al parecer se te había visto en varias ocasiones ir al hotel y preguntar por dicha habitación. Eso más el hecho de que estuvieses investigando a Barceló y tu misteriosa desaparición te convirtió en el sospechoso número uno.

- Pobre de mí, de detective a asesino de magnates.

- No solo de magnates, también se le relaciona con la muerte de Fermín de Tormes, un reputado cirujano, poco antes que la del magnate.

- Burgueses, cirujanos, me estoy empezando a labrar una buena fama

-Así es, y por si fuera poco, tampoco hay ni rastro de la pobre viuda de Barceló. La señora Bolshoi se desvaneció poco antes de la muerte de su buen esposo. La teoría que más circula por el cuartel es que usted mató a Barceló para fugarse con la exuberante duquesa y que el cirujano, que los había descubierto, tuvo que ser silenciado.

Aquella noticia sobre Natasha me cogió desprevenido. Pero no tardé un segundo en empezar a atar cabos, todo empezaba a encajar, pero aún había algo…

- ¿Y cómo me encontró?

El águila dio un enorme trago de cerveza antes de responder.

- Bueno, de más está decir que todas las fuerzas policiales estaban siendo empleadas en buscar al principal sospechoso de asesinar a un magnate como Barceló. Por supuesto yo siempre confié en su inocencia. Es usted demasiado cobarde para matar a un hombre… A viejas, quizá, ¿pero a un hombre? Ni pensarlo.

- Siempre consigue ruborizarme, señor Aguilar.

- Sargento Aguilar, para usted. Pero volvamos al tema. El caso es que todo de usted había desaparecido, era como un fantasma. Ni su padre, ni su secretaria, ni sus escasos amigos tenían idea de donde demonios se había metido. De hecho esa chiquilla a la que tiene empleada llevaba ya buscándolo varios días. ¡Como hace sufrir a la pobre, bandido!

- ¿Y qué espiritista le ayudó a dar con este “espectro”?

- Uno tan espectral como el hombre al que nos ayudó a encontrar. No sabemos nada, una noche llegó un sobre anónimo a la comisaría. Dentro había información sobre un almacén en el Raval que Barceló había adquirido junto con cuatro amigos suyos. Uno de esos amigos era el tal Fermín, así que la coincidencia despertó mi curiosidad lo suficiente como para decidir ir a investigar. ¡Y aquí me tiene!

Ahí seguía habiendo algo que no cuadraba. Pero ya pensaría en aquello luego, ahora lo más importante era hacer pagar a aquellos bastardos, o por lo menos a los que aún no habían pagado con su vida. Procedí a compartir con Aguilar mis macabros descubrimientos y por primera vez en mi vida pude ver una expresión parecida al horror esbozarse en el rostro del policia.

- Por desgracia, según lo que dice, no creo que haya pruebas suficientes para relacionar a esos hijos de puta con lo de los niños. Me sabe mal decirlo pero la palabra de esos golfillos no vale una mierda. Pero si lo que dice es cierto, cuando encuentren los restos de cadáveres en el patrio trasero podremos presentar cargos por asesinato y con su declaración también de secuestro.

- No me quedo del todo satisfecho, pero me conformo con ver a esos monstruos pudrirse entre rejas.

- En realidad mucho me temo que solo habrá un monstruo entre rejas. El tal Alberto Martorell y Coubert, el trufero, ha huido a Francia, y no me cabe duda de que el alcalde cuidará bien de su niñito para que no lo relacionen con el caso. Así que el único al que podremos echar el guante es a Santiago de Lucía, el director de hospital.

Aquello me sentó como un cubo de agua fría, pero no pude hacer nada al respecto. Aguilar me dijo que fuese a comisaría a declarar a la mañana siguiente y nos despedimos con un apretón de manos.

Al salir a la calle no tenia ni idea de donde ir, hasta que me vino un lugar a la cabeza. Y me di cuenta de que era el único sitio al que podía ir, así que emprendí el rumbo hacia mi despacho con un sabor agridulce en la boca y una extraña sensación de vacío. La muerte de Barceló sin duda había puesto el punto y final a este caso.

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2 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Miércoles, 19 Noviembre 2014 21:47 publicado por Trysha

    Ante todo perdón por la tardanza en el comentario, pero he andado muy escasa de tiempo últimamente, me resulta muy ingeniosa la forma en que han librado al detective de este estado, yo hace tiempo me preguntaba si es que el estaba destinado a morir... Sobre el punto final no estoy tan segura y donde se ha ido la condesa ... Espero que el próximo tarde un poco menos, y mis felicitaciones una gran historia ... Besitos

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Domingo, 14 Diciembre 2014 14:42 publicado por Alice_abysm

    Wow, menos mal que lo encontraron, seguro que quien envío esa carta fue Natasha pero ahora lo averiguaré. Es una pena que solo quede un capitulo para terminar la historia :(

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