"Muéstrame un obrero con grandes sueños y en él encontrarás un hombre que puede cambiar la historia.

Muéstrame un hombre sin sueños, y en él hallarás a un simple obrero." (James Cash Penny)

Domingo, 20 Julio 2014 22:32

La niebla de medianoche (XV)

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A pesar de que intenté mantenerme impasible durante los primeros días, el largo cautiverio, aderezado por las diarias “conversaciones” que mantenía con Barceló y su cuadrilla hicieron mella en mí. Sin embargo aquello que acabó por desmoronarme, aquello que me rompió por dentro fue cuando descubrí la verdad acerca de las actividades de mis repulsivos captores.

Desperté gritando de una pesadilla la mañana del jueves, o al menos creía que era jueves, dado que la noche anterior la “cofradía” se había reunido en el almacén para llevar a cabo sus perversiones.

Lo recuerdo mucho más nítidamente de lo que desearía, demasiado. Aquella noche no se presentó uno solo, sino que vinieron todos, pero no estaban solos. Detrás de ellos entró una fila de ocho jóvenes con expresión humilde. Sus caras sucias desprendían una humildad que solo podía provenir de una familia de clase trabajadora (o bolcheviques, como los llamaba Natasha). Eran apenas unos niños, el mayor no debía superar los dieciséis años.

Obviamente mi primer pensamiento fue: “¿Qué demonios hacían aquellos bolcheviques acompañando a una cuadrilla de burgueses de tanto postín?” Para ser sincero, después de averiguarlo hubiese preferido no hacerme esa pregunta.

Tras cerrar la puerta del almacén, los jovenzuelos se quedaron a un lado mientras mis cinco anfitriones rodeaban la silla en la que me hallaba atado.

- ¡Buenas noches, señor Calders! – Barceló tenía una sonrisa especialmente repugnante aquella noche (y eso era decir mucho)

Para la ocasión mi captor estrella se había ataviado con un espantoso traje beige adornado con una (demasiado) atrevida corbata roja. - ¿Ha pasado un buen día?

- ¿Me ha echado de menos? – Añadió Fermín, acercando su bastón a mi cara.

- ¡¿Pero dónde están vuestros modales, aplicantes para mendigo!? ¡Saludad al señor Calders!

Tímidamente, los jóvenes emitieron un saludo tembloroso y quedo.

- Bueno, bueno, señor Calders. Si no equivoco su trabajo era averiguar qué pasa en este almacén. ¡Pues hoy es su día de suerte! Casualmente hoy venimos buscando algo de… entretenimiento.

Ignoré a Barceló y en su lugar miré a los muchachos con una sonrisa.

- No os fiéis ni un pelo de estos, que dicen querer divertirse pero no saben ni jugar al tute.

- ¡Claro que sabemos! – Replicó el trufero dándome una colleja. – Que usted no comprenda nuestra versión no es nuestra culpa.

Todo el grupo rió ante aquél comentario, incluso los chicos emitieron unas tímidas y forzadas carcajadas.

- ¡Vuelve a tu granja de trufas, croissant!

Como respuesta recibí un puñetazo en las costillas, siempre tenía que ser en las costillas.

- Vamos, Alberto – Lo tranquilizó Barceló. – deja a este triste saltaparedes en paz, no merece la pena gastar tus energías en él.

-  ¡Qué adorable, mamá Barceló corre a rescatar a su cachorro!

- Al menos tiene alguien que lo salve. No como otro que se pudre en un almacén en el Raval sin que a nadie le importe lo suficiente como para echarlo en falta. Pero tranquilo, le aseguro que lo que verá a continuación le subirá el ánimo. Caballeros... - A una señal de Barceló, Quitana y Sebastián arrastraron mi silla hasta un rincón, dejando el centro de la estancia libre. – Pelagatos… - A una nueva señal, los muchachos avanzaron temerosos hasta el lugar que antes había ocupado mi asiento, disponiéndose en fila.

Fermín procedió a inspeccionar a los muchachos. Les daba ligeros golpes en los muslos con el bastón, les abría la boca y observaba sus dientes, les daba palmadas en la espalda… En conjunto parecía que estuviese comprando caballos, o esclavos negros en Louisiana.

Después de abrirle los párpados a uno y fijar su mirada en el ojo sonrió satisfecho.

- Buena mercancía, la que ha traído esta semana, señor Barceló.

- Se lo agradezco, señor de Tormes. Y ahora, caballeros, escojan a los que quieran. Y recuerden, sólo dos para cada uno.

Fermín fue el primero en elegir. Al parecer ya había escogido durante su inspección. Señaló con su bastón a un chaval de no más de catorce, escuálido y claramente desnutrido; tenía el aspecto de una pequeña rata: nariz muy grande y mandíbula exageradamente hundida, así como sus ojos. El chico caminó hacia el lado del cirujano mientras este señalaba a otro joven, más alto que el primero, con cejas prominentes y un par de grandes ojos saltones. Ciertamente el gusto de Fermín era cuanto menos deleznable.

El siguiente en escoger fue Santiago. El director del hospital tiró bruscamente de los harapos de dos muchachos, atrayéndolos hacia él y rodeando sus cuellos con sus brazos. Eran dos jóvenes muy parecidos, parecían casi hermanos (y a día de hoy sigo sin dudar que lo fueran). Ambos tenían el pelo castaño, los ojos pequeños, igual que las narices, pero unas grandes bocas. Sus pómulos muy juntos y flácidos.

El tercero fue Alberto, el trufero. Este se paseó entre los cuatro muchachos restantes, observando detenidamente a cada uno de ellos y manoseándolos de vez en cuando, quien sabe si para asegurar que serían de su agrado. Finalmente pareció decidirse y desde detrás de la fila empujó a dos chicos hacia delante. Uno de ellos destacaba por unas orejas que lo hacían parecer una taza con dos asas. Del otro no puedo mucho salvo que su cara recordaba a un rape.

Quintana, el hijo del alcalde, se tuvo que conformar con los dos últimos restantes. Sin duda los más feos del grupo. Uno tenía un ojo más grande que el otro y el otro era patizambo.

- ¡¿Por qué siempre me tengo que quedar yo con los peores!? – A pesar de la queja me pareció advertir una pequeña sonrisa en los labios del niñito del alcalde.

- ¡Muy bien, caballeros, ya pueden empezar! – Barceló retrocedió hasta una butaca situada junto a mi silla. Se sentó y se inclinó hacia mí con un aire de complicidad. – Abre bien los ojos, saltaparedes, te espera un verdadero espectáculo.

Lo que realmente iban a presenciar mis ojos era algo para lo que no estaba preparado. Y aún hoy en día me sigue atormentando. A pesar de todo lo que he llegado a ver, aquello fue, probablemente, la visión más traumática de mi vida.

El primero en entrar en acción fue Quintana. Arrancó brutalmente la ropa del muchacho patizambo ante la estupefacta y desigual mirada de su otra elección. A continuación procedió a darle ligeros mordiscos en el cuello. Barceló se volvió a inclinar hacia mí con una sonrisa.

- Él siempre lo niega, pero todo es vox populi que siempre elige el último a propósito para quedarse con los más feos. Al parecer tiene algo con los fenómenos de feria.

Mi captor se rió cuando notó que me veía obligado a apartar la mirada de las “caricias” que aquél monstruo les daba a esos dos muchachos. Desgraciadamente, al hacerlo me encontré con Santiago. El apacible director de hospital estaba empleando todos sus conocimientos anatómicos en sus dos… la única palabra que se me ocurre es “presas”. Me limitaré a decir que no dejaría que ese hombre me tocase con aquellos dedos después de saber donde habían estado.

- Santiago ha estado en pediatría esta semana, el pobre me había comentado que no podía soportarlo más. – Los burlescos comentarios de Barceló no hacían sino aumentar mis náuseas.

Un grito de dolor me llamó la atención e impulsivamente me volteé hacia Coubert. A ese endemoniado trufero parecía que le hubiesen crecido brazos extra. Parecía hallar un excepcional grado de excitación al tirar de las prominentes orejas de uno de los chicos mientras llevaba a cabo sus repulsivas actividades.

- Uff, parece que ese mozalbete no podrá sentarse en un buen tiempo.

- Es usted un monstruo.

- Curioso, eso me han dicho los críos más de una vez, pero no hay nada una buena bofetada no silencie. ¡Oh, mire eso, parece que Fermín ya ha entrado en acción! - Barceló me agarró del cabello y me obligó a mirar cómo el cirujano lamía con perversión el cuello del muchacho al que sodomizaba. El sonido de los azotes que el bastón de aquél ser propinaba hacían eco en toda la estancia. - Parece que están divirtiendo. ¿Le importa si lo abandono un momento y me uno a la fiesta?

Demasiado cansado y horrorizado para responder con palabras me limité a escupir en su cara. Pero lejos de la represalia física que esperaba, Barceló se limitó a recoger la saliva con su mano, que después lamió antes de carcajearse en mis narices.

Acto seguido, mi captor se paseó por el almacén, contemplando de cerca las actividades de sus compañeros. En un momento dado, comenzó a acariciar los muslos sudorosos de Coubert.

Intentaba apartar la mirada, pero donde fuese que la dirigiera me encontraba con otro escenario igualmente dantesco. Finalmente opté por cerrar los ojos, pero los aullidos de dolor de los muchachos, sumados a los jadeos de aquellos monstruos con forma humana y el incesante sonido del bastón de Fermín me hicieron desear perder el conocimiento.

De pronto, todo: los gemidos, los aullidos, e incluso el bastón, cesaron en seco. Y una única voz, una voz iracunda como nunca la había oído se alzó e inundó todo el almacén.

- ¡Joder, Fermín! ¡¿Otra vez, psicópata de los cojones!?

Abrí los ojos a tiempo de ver cómo Barceló propinaba una potente bofetada al cirujano, que cayó desnudo sobre un charco de sangre mientras reía a carcajadas en un frenesí maniático. Junto al charco yacía el cuerpo sin vida del joven de los ojos saltones, que presentaba un profundo corte en el muslo. A su lado, el estoque del bastón desenfundado. Y mientras tanto, el loco seguía riendo, revolcándose en el suelo ensangrentado.

- ¡Esto es serio, joder! ¡Ya es la quinta vez que pasa en tres meses! ¡Estoy hasta las narices de encubrir tus putos cadáveres!

- Lo siento, lo siento, me dejé llevar. – consiguió decir Fermín, tomando aire tras una fuerte carcajada.

Barceló se llevó la mano a la frente.

- Vestíos y marchaos, pulgosos. – dijo a los muchachos. – La fiesta ha terminado. El cheque que os prometí lo tendréis el viernes, como acordamos. Pero si alguno de vosotros se va de la lengua serán dos los cadáveres de los que me tendré que deshacer. ¡¿Está claro!?

Los chicos asintieron, paralizados por el terror.

- Bien, tenéis ropa en el altillo, vestíos y largaos.

Cuando el último de los jóvenes hubo salido por la puerta. Barceló ordenó a Quintana y a Sebastián que escondieran el cadáver en uno de los barriles del patio trasero y encargó a Alberto el acompañar a los zarrapastrosos chicos hasta sus casas. En cuanto todos obedecieron y sólo quedamos Barceló, Fermín (qué seguía carcajeándose en el suelo) y yo, el primero caminó lentamente hacia el cirujano y procedió a darle una brutal paliza. Las costillas de Fermín crujían contra los zapatos de punta metálica de Barceló, y entre risa y risa el hombre dejaba escapar algún que otro aullido de dolor y algún esputo sanguinolento. Tras desquitarse con el cirujano, que seguía riendo y esputando sangre, Barceló le dio una última patada en la cara.

- Vístete y fuera de mi vista, puto enfermo.

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Brandon Wilbury Domingo, 20 Julio 2014 22:34 publicado por Brandon Wilbury

    Brandon Wilbury no censura.

  • Enlace al Comentario Trysha Lunes, 21 Julio 2014 17:26 publicado por Trysha

    Ammm increíble por decir lo menos... Gracias por la advertencia antes de leer... Gracias por publicar y es un placer leerlos de nuevo... Besitos

  • Enlace al Comentario Mandragás Martes, 22 Julio 2014 04:41 publicado por Mandragás

    Esos tipos son unos verdaderos HPs, no, no, ordenadores no. HPs de los otros... Bravo por el retorno, y por el escrito!

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