"Aprender música leyendo teoría musical es como hacer el amor por correo."

(Luciano Pavarotti)

Domingo, 29 Septiembre 2013 11:03

La niebla de medianoche (XII)

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Luz, una tenue pero molesta luz me hizo abrir los ojos. Me hallaba en una habitación desconocida, acostado en una cama individual. La luz lunar entraba por la ventana sobre el escritorio de nogal, en contraste con las blancas paredes, que se encontraba a mi izquierda. Encima de este había un escripé(*) de cuero oscuro con costuras de un tono más claro en los bordes. Sobre el escripé reposaba un tintero de cristal con una pluma y un portafolios. En el rincón izquierdo había una pequeña lámpara para escritores noctámbulos. A cada lado del escritorio, junto a las patas, había dos cajones.  Junto a dicha mesa se alzaba una estantería de nogal repleta de tomos con carácter médico. Alzcanaba a distinguir títulos cómo “El origen de las especies”, “La moria rossa” y un llamativo tomo en latín titulado “Sanguisugae bonitas”

Al fondo de la habitación había un espacio delimitado por una butaca y un diván con una alfombra y una chimenea empotrada en la pared. El diván tenía el colchón y los cojines forrados en piel de un color oscuro y las patas eran de nogal. La butaca de la derecha tenia un aspecto elegante y mullido, estaba forrado en la misma piel que el diván y  tenía un reposapiés delante. Las patas, tanto del reposapiés como de la butaca en si estaban hechas (qué sorpresa) de nogal.

La alfombra Wilton que había bajo esos muebles, y que se extendía hasta la chimenea, era de un tono rojizo oscuro y tenía un bordado en hilo de oro y otros tres en hilos azules, verdosos y de un dorado más oscuro que formaban el que debía ser el emblema familiar del dueño. Definitivamente aquella alfombra le daba un toque. La chimenea, de mármol de Carrara, estaba empotrada en la pared y en su interior ardían dos leños que se debatían entre la vida y la muerte.

Presupuse en seguida que aquella habitación no era mía ni de nadie que yo pudiese conocer (a menos que se tratase de los aposentos del mismísimo Barceló, o peor aún, del doctor Ferrari).

Traté de incorporarme para descubrir que un dolor punzante se apoderaba de todo mi torso. Fue entonces cuando reparé en mi estado. Tenía el brazo derecho en cabestrillo y varias vendas me surcaban el pecho, abdomen y el muslo derecho. Volví a recostarme tras mi infructuoso intento de levantarme mientras intentaba hacer memoria sobre los últimos acontecimientos. Lo último que recordaba era haber sido brutalmente apaleado como un perro y apuñalado como César por esos bastardos mal nacidos. Pero, ¿dónde estaba ahora? Estaba muy desorientado y sentía la cabeza atolondrada.

En ese momento la puerta se abrió y una voz conocida me llamó.

- ¡Quim, por fin despiertas! Me tenías tan preocupada, cuando te vi en aquél estado temí lo peor.

Una figura femenina se acercó a mí, cogió la silla del escritorio y la acercó para sentarse junto a la cama.

- Ah, mi cabeza. ¿Dónde estoy?

- Tranquilo Quim, estás en un lugar seguro.

- ¿Quim? ¿Quién es Quim? ¿Quién es usted? ¿Dónde estoy?

En ese momento vi la turbación manifestarse en la cara de Júlia.

- No, no puede ser. ¡Dime que no es verdad!

- ¿Verdad? ¿El qué?

 

- ¿De verdad no recuerdas nada, Quim?

- ¿Por qué me llama así? ¿Quién ese Quim? ¿Nos conocemos de algo?

Desde la puerta escuché otra voz familiar (aunque no tan grata) mientras una figura masculina irrumpía en la sala.

- Mira por donde, resulta que la morfina agrava la estupidez. Tendré que escribir un ensayo sobre eso. – Tras una pequeña pausa y dedicándome una sonrisa socarrona siguió. – Deje ya de asustar a nuestra querida Júlia.

- Con lo divertido que se estaba poniendo…

La expresión de Júlia pasó de turbación a enfado.

- Eres un estúpido, Quim.

- Según el doctorcito es por las drogas.

- Las drogas solo la agravan, la estupidez, muy a su pesar, es toda suya, y por desgracia no hay cura. – corrigió Ferrari. – Curiosa enfermedad, la estupidez, la única que no es sufrida por quien la padece, sino por aquellos a su alrededor.

- Pues fíjese usted que me estoy comenzando a sentir fatal.

- La drogas.

- Cambiando de tema, ¿cuándo he pedido yo ser drogado por un matasanos italiano?

- Usted no sé, pero la masa de carne ensangrentada que languidecía agonizante en su despacho suplicaba por si sola. Dé gracias a mi idea de llamar cada dos horas o ya podría estar muerto.

- ¿Muerto? Mis nuevos amigos me prometieron que no me iba a morir, voy a tener que reclamarles.

- Bueno, tal vez de la puñalada no hubiese muerto, pero esa hemorragia interna causada por la rotura de las costillas número tres, cuatro y seis prometía otra cosa.

- Déjese de jergas médicas, tengo un caso que resolver.

- Usted no va a resolver nada hasta que esté recuperado. Calculo unas dos o tres semanas.

- ¿Y me tengo que quedar aquí? Por cierto, ¿dónde es “aquí”?

- ¿Aquí? Bueno, digamos que mi casa es su casa.

- ¡¿Su qué!?

- Tengo el honor de ser su anfitrión aquí, en la que era la casa de verano familiar de los Ferrari.

- Pues muchas gracias por dejarme su casa, demasiado ostentosa, pero me las apañaré. A todo esto, ¿dónde se va a hospedar usted? ¿Tiene su amigo el decano una habitación de invitados?

El doctor miró a Júlia, que había seguido la conversación con aire divertido, con una expresión de fastidio. - ¿De verdad me lo he de quedar yo?

Ella respondió con una sonrisa traviesa.

- Dijiste cruz y salió cara, creo que las normas son bastante sencillas. Tú te quedas con él.

- ¿No te basta con que lo haya reparado?

- Ya tendrás tu retribución en su momento. – respondió dedicándole una pícara sonrisa.

- Las drogas no me han dejado sordo.

- De tener una droga así la tomaría yo mismo con tal de no escucharle.

- No sería usted el único.

- Por cierto, ¿qué diablos ocurrió en su despacho?

- Fui atacado. Me reuní con tres amigos, a los que quizá conozca, y mantuvimos un pequeño baile.

- ¿Qué quizá conozca?

- Sí, concretamente el que apuñaló era cirujano, tenía un bastón precioso.

- Déjeme adivinar, ¿era bajito, feo y con aires de señor feudal?

- Veo que conoce usted a mi amigo Fermín, todo un caballero.

- Un gran cirujano, una pésima persona. Y dado que es el único que se lo traga, uno de los otros dos no podría ser otro que Sebastián de Lucía. En cuanto al tercero sólo podría ser o el hijo del alcalde o un repelente comerciante de trufas, de una calidad paupérrima, venido a más. Y supongo que al pequeño Quintana no le convendría ir casa por casa dando palizas así que voto por Alberto.

- Ha acertado.

- ¿Ves Júlia? Te lo dije, cualquiera con un mínimo de inteligencia puede hacer de detective. No sé por qué tienes en una nube a este pelagatos.

- ¿Debo recordarle que sigo sin estar sordo?  

- ¿No lo está? ¿Desea más morfina?

- La morfina no es lo mío, pero puestos a pedir, ¿qué hay de cenar?

- Le va a encantar, Ofelia prepara unos maccheroni con formaggio que dejan a uno postrado en la cama. Aunque en su caso, no creo que tengan ningún efecto ya. Eso sí, le van a encantar.

- Macarroni. – dije con desprecio por lo bajo. – dígame al menos que después podré disfrutar de un whiskey como dios manda.

- ¿Con la morfina? Ni lo sueñe. No se equivoque, si fuese por mí lo haría, pero creo que Júlia me mataría.

- ¿Sin whiskey? Más me hubiese valido morir.

- Desagradecido, la expresión “le debo la vida” no entra en su diccionario, ¿cierto?

- ¿Qué vida? Si no puedo disfrutar ni de un trago de whiskey.

- Lo que sí podría tomar es un vinito italiano, si gusta.

- Pastas, vinos, estos macarroni nos están invadiendo.

- Ay, Calders, tiene suerte de que sea italiano y no alemán, en ese caso sí podríamos hablar de invasiones.

- Usted calle que el bigote-cuadrado bien que fue su aliado.

- Y el suyo también, españolito.

- ¡Pero bueno! ¿Aquí cuando se come?

- No tenga prisa, ahora hago que le suban unas sobras.

- ¿Cómo? ¿Aquí? ¿En la cama?

- Sí, lo sé, no me dé las gracias.

- ¿Gracias? ¡¿Gracias!?

En ese momento Júlia soltó una carcajada.

- Creo que tendría que haberte comentado el problema de Quim con comer en las camas.

- ¿No le gusta?

- ¿Qué si no me gusta? ¡Es usted un cerdo! ¡Un maldito porco italiano!

- No entiendo, ¿qué tiene de malo comer en la cama?

- ¿Que qué tiene de malo? Si como aquí esto se va a llenar de migas. Y es de saber que las migas atraen a las hormigas. Si aparezco por la mañana a medio devorar será culpa suya.

- Ay, el doctor Gabarnet se lo pasaría tan bien con usted, es un espécimen digno de estudio psicológico. – dijo suspirando.

- Aleje a su amigo el loquero de mí, maldito matasanos.

- “Matasanos”, “loquero”. ¿Qué pasa? ¿Que no respeta ninguna profesión que no consista en seguir, espiar y rebuscar en la basura de otras personas como un pervertido? Yo, en cambio, pertenezco a una respetadísima profesión de nobles gentes y orígenes antiguos.

- Sí sí, lo que usted diga, “curandero”.

- Bueno, muy a mi pesar debo ausentarme, voy a por su comida, y de paso haré unas llamadas.

- ¿Aquí?

- Con un poco de suerte las hormigas se comerán su lengua. – dijo hastiado mientras salía.

Giré la cabeza para ver a Júlia sonriendo.

- ¿Qué?

- Parecéis niños con exceso de labia.

- Por cierto ¿Cuánto tiempo llevo aquí?

- Te encontramos hace un par de días, estabas muy grave. Alessandro tuvo que intervenirte de inmediato. Estuve allí mirando, pero dijo que como aún estoy estudiando no podía meter las manos. – eso último lo dijo con un deje de indignación. – Una de las costillas había hecho una microfisura en el pulmón. Una astilla de hueso habría evitado el colapso. De haber llegado dos hora más tarde tu hemorragia interna hubiese sido mucho peor y Alessandro no las tiene todas de que te hubiese podido salvar. La intervención duró cuatro horas, que se hicieron las más largas de mi vida. Te ha dado morfina porque no contaba precisamente con el mejor de lo quirófanos. De hecho estaba muy nervioso ya que era su primera operación en quince años, dice que por eso se pasó a la enseñanza. Te podrás quejar todo lo que quieras, pero le debes la vida. – entonces posó con suavidad una mano sobre mi brazo. – Quim ¿en qué te has metido?

- No es nada que no pueda solucionar.

- No lo dejarías aunque te lo pidiese, ¿Verdad?

- Tranquila, la paliza ya me la han dado, el mensaje ha sido recibido.

- ¿Y la respuesta?

- Que no, claro. Quim Calders no responde a amenazas.

- ¿Crees que se lo deberíamos decir a tu padre? El otro día parecía muy preocupado.

- No necesita saber nada. Sólo aumentaría su preocupación. De todas formas, eso le daría más argumentos en contra de mi trabajo.

- Quim, ¿Cuántos años llevas en esto?

- Unos doce, aunque al principio no había mucha clientela, pero a los ocho la demanda subió y ya conoces el resto.

Ella sonrió melancólica.

- No sabías ni hablar bien por teléfono.

- Cierto, tuve que comprar uno para mis clientes. Pero ya sabes que tengo la mala costumbre de hablar a gritos cuando lo uso. Y parece ser que eso los asustaba.

Ella se rió.

- De hecho incluso ahora sigues alzando mucho la voz.

­- ¡No es culpa mía! ¡Es que no sé si se me escucha!

Entonces apareció Ferrari junto a una oronda criada. Ella llevaba una bandeja con un plato de macarrones y una copa de vino, mientras que él cargaba una mesita auxiliar que puso frente a la butaca.

Con la ayuda de Júlia i del doctor conseguí levantarme y caminar hasta mi asiento.

Debo admitir que la comida estaba deliciosa (pero por supuesto no se lo dije a mi “agradable” anfitrión).

Cuando hube terminado, dos criadas recogieron la mesa y salieron de la habitación sin mediar palabra, dejándonos solos.

- A propósito, doctorcito, ¿qué es eso del “Sanguisugae bonitas”?  Entre tanto libro de medicina este parece un tratado de brujería.

- ¡Para nada! De hecho es un ensayo médico bastante entretenido escrito en el siglo XV por un monje florentino. En latín su título significa “Las bondades de la sanguijuela”. Imagino que no hace falta decir mucho más sobre su contenido.

- Suena curioso, ¿podría leerlo?

- Eso depende. ¿Posee sólidos conocimientos de latín? Que yo sepa no se han hecho traducciones.

- Una pena, ¿no posee nada leíble?

- Ese libro el leíble para mí. Aunque si le place tengo un tomo francamente desternillante sobre la relación entre el cine y la brujería, pero yo prefiero tomármelo como un ensayo sobre la estupidez humana.

- ¿Cómo se llama?

- Es francés, se titula “Le cinéme, art ou sorcelleire?”, fue escrito por un cardenal, cómo no.

- ¿Podría leerlo?

- El francés sí que lo domina, ¿no?

- Sí, aunque lo tengo un poco oxidado, creo que me sé defender.

- Pourquoi contredire une femme ? Il est tellement plus simple d'attendre qu'elle change d'avis!

Respondí con una sonrisa, después ambos miramos a Júlia y comenzamos a reír mientras ella nos observaba desconcertada.

- No lo entiendo, ¿qué ha dicho?

- No, nada en especial. – dijimos casi al unísono.

En ese momento entró de nuevo la oronda criada y se acercó a Ferrari para susurrarle algo al oído. Él asintió y dirigiéndose a Júlia dijo:

- Deberíamos irnos, el señor Calders tiene visita.

Ambos se levantaron y salieron de la habitación. Justo al cerrar la puerta pude oír a Júlia exclamar.

- ¡¿Qué hace esta aquí!?

- Es la visita a la que me refería. – escuché decir al doctor en tono conciliador.

- ¿Ella? Pensé que se trataba de su padre.

- Para ser sincero ni siquiera  sabía que tuviese padre.

- Cálmese, no voy a entretener mucho a su jefe. - Un escalofrío recorrió mi espinazo, conocía aquél tono desdeñoso. No podía ser nadie más. Pero, ¿cómo me había encontrado? – No es nada personal, sólo son negocios, no se  lo tome a pecho.

- Él está ahí por tu culpa.

- Podrá ser todo lo grosera que quiera con su círculo de amistades, pero a mí no me tutea ninguna pelandrusca.

- Júlia, déjala en paz, son negocios que se han complicado más de la cuenta. En un empleo como el de Calders uno ya sabe lo que le puede pasar. – dijo el doctorcito, no sin cierta razón.

- Oh, claro, porque estar a punto de morir es algo muy cotidiano. Llevo cuatro años trabajando con él y hasta ahora lo máximo que se había llevado era un ojo morado. Pero nunca lo habían intentado matar hasta que esta pelandrusca apareció. – Júlia remarcó la palabra “pelandrusca” sílaba por sílaba. – Desde el momento en que te vi aparecer supe que sólo ibas a traer problemas.

- Le aseguro que Quim no estaría del todo de acuerdo. He llenado su bolsillo de billetes y… digamos que él me ha llenado a mí de otras formas. De modo que si ya ha acabado con su numerito, voy a entrar.

Júlia no dijo nada más al respecto y el aire se llenó de un silencio tenso. Pude imaginar la sonrisa de satisfacción en el rostro de Natasha. Entonces la puerta se abrió y la vi entrar.

 

 

* Escripé: Dícese del mantel de (generalmente de cuero) que protege los escritorios de posibles manchas de tinta, rasguños u otros deterioros que puedan producirse al escribir. (Invención de Brandon Wilbury)

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Mandragás Martes, 01 Octubre 2013 02:35 publicado por Mandragás

    Un diálogo muy afilado. Me ha ecantado la frase sobre la estupidez y quién la padece... ¡Pobres amigos míos! Deben estar sufriendo de lo lindo. XD

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Miércoles, 02 Octubre 2013 20:33 publicado por Alice_abysm

    Me ha gusto mucho el capítulo y me dio risa como hizo creer a Julia que perdió la memoria XD Ahora falta que se arme un triángulo amoroso, aunque yo voto por Julia, ella me cae mejor que natasha. Espero el siguiente :)

  • Enlace al Comentario Trysha Jueves, 03 Octubre 2013 10:21 publicado por Trysha

    Me ha encantado, de verdad que sí y estoy aprendiendo mucho con ustedes, pero tratados de medicina del siglo XV... es demasiado para mi...
    Mis felicitaciones un besote enorme...

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