"La poesía no quiere adeptos, quiere amantes."

(Federico García Lorca)

Jueves, 19 Septiembre 2013 17:38

La niebla de medianoche (XI)

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Entré a mi oficina para encontrarme a Julia esperándome con claros signos de preocupación.

- ¡Quim, por fin llegas! ¡¿Dónde has estado estos dos días!?

- Oh, ya me conoce, por ahí.

- ¿Por ahí? ¿Qué has podido estar haciendo que te ocupase tanto tiempo?

- Oh, ya sabe, un poquito de esto, un poco que aquello.

- Quim, me preocupas.

- ¡Por cierto! ¿Qué tal la cena con el macarroni y el decano?

- Quim, eso fue la semana pasada.

- ¿En serio? Es curioso como pasa el tiempo, ¿no cree?

- Quim, me estás empezando a asustar.

- ¿Asustarla? ¿Yo? ¿Por qué? Sabe que soy inofensivo.

- Asustada no, pero cada vez más preocupada.

- Pues por mí no se preocupe que yo estoy muy bien. ¿Qué tal está usted? ¿Cómo le ha ido el día? ¿Alguna novedad?

- Pues de hecho sí, ha venido tu padre.

Aquella respuesta eliminó el buen humor con el que había entrado inicialmente. La sonrisa de me borró de la cara y miré a Julia fijamente.

- ¿Y qué quería?

- Al parecer no soy la única que se preocupa por ti, te ha dejado una carta.

- Guárdela con las demás, no quiero saber nada de él.

- Pero ha dicho que era importante, no quería decirme de qué se trataba pero se le veía considerablemente angustiado. Por lo menos llévatela.

Accedí de mala gana y guardé el sobre en mi bolsillo.

- Por cierto, nunca me has llegado a decir por qué no te hablas con tu padre. ¿Qué pasó?

- Digamos que teníamos opiniones encontradas.

- ¡Cuidado! No me des tantos detalles de golpe que me saturas de información.

Me limité a ignorarla y entré a mi despacho. Allí me serví un vaso de whiskey y me dejé caer sobre mi silla. Aquél viejo y yo no nos hablábamos desde que decidí dejar la carrera.

 

Mi padre venía de un humilde linaje de carpinteros en el que era costumbre llamar siempre al primer varón Joaquim (de modo que muy probablemente yo podría pasar por “Joaquim Calders octavo, aunque perfectamente podría ser noveno, undécimo o vigésimo sexto). La carpintería familiar, que estaba situada en la calle Comercio, llevaba el eterno nombre “Joaquim e hijo”, dado que por mucho que pasasen los años, siempre iba a ser un Joaquim y su dichoso vástago. Al menos fue así hasta que llegué yo, la oveja negra de la familia. En un principio, mi buen padre no se vio disgustado en absoluto con la idea de que su único hijo quisiera a la universidad. En realidad, le hacía mucha ilusión que por fin un Calders pusiese fin a esa eterna rueda de mediocridad y llevase una vida exitosa. Él incluso estuvo dispuesto a pagar mis estudios, para lo cual amplió su negocio hacia el ámbito de la ebanistería. Pero los problemas vinieron cuando tuve que elegir qué carrera estudiar. La medicina era para ratas de biblioteca; arquitectura era para artistas amanerado tan malos que tenían que dibujar edificios; historiador… bueno, ¿hace falta que diga algo?; teología era para santurrones que ni siquiera valían para el seminario; filosofia era de muertos de hambre; magisterio… digamos que odio a cualquier cosa que no llegue al metro cincuenta y tenga un voz chillona; economía… economía es de judíos. Finalmente me decidí por estudiar derecho por puro descarte ya que era la carrera que menos me disgustaba. Gracias a eso conocí a mi buen amigo Anacleto Dorotea, y gracias a él me di cuenta de que la vida de despacho no era para mí. Yo siempre he sido un hombre de acción y la idea de pasar el resto de mis días sentado en una silla rellenando informes no es que me disgustase, es que directamente me asqueó.

Cuando mi padre supo que había tenido que trabajar todas esas horas extra hasta dejarse las manos echas un cristo (nunca mejor dicho) para pagarme unos estudios que yo mismo iba a dejar a medias para dedicarme a la investigación privada, me retiró directamente la palabra, me desheredó y poco le faltó para repudiarme. He de admitir que por mi parte tal vez fui un poco insensible a la hora de comunicarle mi decisión, pero obviamente eso nunca lo admitiría ante él. A pesar de todo eso, nunca me he arrepentido, llegado a este punto siento que soy mucho más feliz de lo que podía haber sido jamás con una vida de funcionario (y mi bolsillo también).

 

Tomé un largo trago y me froté las sienes mientras las dudas me comenzaban a invadir. Si después de todo aquello él aún se molestaba en escribirme y más aún llevármela personalmente al despacho que tanto despreciaba tenía que ser algo considerablemente importante (cómo había dicho Julia). Saqué la carta de mi bolsillo y me dispuse a leerla.

 

<< Joaquim:  (cómo sabe lo mucho que odio ese nombre)

 

Sabes que no te escribiría si no fuese algo importante, pero que sepas que me importa un bledo si llegas a leer esto, mi conciencia ya está tranquila.

 

Esta mañana han llamado a mi puerta dos “amables” caballeros con una actitud no muy pacífica que insistían en saber más de ti. Y aunque les he contado que no nos hablamos desde hace años no dejaban de “insistir” en que les diese por lo menos tu dirección. Tranquilo, sólo les he dicho que trabajas en un despacho de Vía Layetana, pero te convendría cubrirte las espaldas.

No me fío un pelo de esos tipos y tú tampoco deberías. Si te digo la verdad ni sé ni quiero saber en que lío te ha metido esta vez ese “trabajo” tuyo, pero no estaría de más que te anduvieses con ojo, esos tenían pinta de ser gente con influencias.

 

Y eso es todo, supongo, si alguna vez necesitas un armario nuevo o conoces a alguien interesado ya sabes donde estoy.

 

Joaquim Calders.>>

 

Tenía razón, la cosa se ponía fea. El hecho de que esa gente preguntase por mí me intrigó aún más, estaba seguro de no haber dejado ningún rastro. Pero más valía prevenir que curar.

- Señorita Oliver.

La voz de Julia me llegó a través de la puerta.

- ¿Sí Quim? ¿Has leído la carta?

- Me gustaría que se marchase, no vuelva por aquí hasta nuevo aviso.

- ¿Y eso?

- Muy probablemente esté en peligro y eso incluye a cualquiera que esté a mi alrededor. – dije mientras rompía la carta.

- En ese caso yo ya podría estar en el punto de mira, ¿no estaría más segura acompañada?

- Tiene razón, no puedo dejar que vaya sola.

- ¿Ves? Será mejor que me quede.

- Llame al macarroni.

- ¿Para?

- Tengo que hablar con él.

 

***

 

Ese italiano nos hizo esperar cerca de veinte minutos.

- Buenas tardes tenga usted, señor Calders. – me saludó estrechándome la mano, entonces  miró a mi secretaria. – Chao, Julia. – se acercó y le dio un beso en la mejilla.

- Déjese de tonterías.

- No son tonterías, se llaman modales. Debería probar de vez en cuando.

- Doctor Ferrari, se trata de algo serio.

Él me miró borrando su ufana sonrisa.

- Ya puede serlo para que no me ponga ninguno de sus pintorescos, a la par que insultantes, apodos.

­- Tengo razones para creer que puedo ser el objetivo de algún tipo de agresor, necesito que lleve a Julia a un lugar seguro y se asegure de que se queda allí.

- ¿Agresor? ¿Tan grave es? No tendrá eso algo que ver con su presencia en la fiesta de Barceló, ¿verdad?

- No tengo por qué darle explicaciones, sólo haga lo que le pido, por favor.

- Como quiera, pero de todos modos, como médico, no puedo quedarme tranquilo sabiendo que usted las va a pasar canutas.

- ¿¡Qué más le da?!

Ignorando mi comentario y con su habitual sagacidad profesó:

- De todos modos voy a llamar cada dos horas, si no contesta entenderé que algo le ha pasado y vendré para averiguar qué es.

- Como quiera, pero váyase ya, cuanto más tiempo permanezca aquí más posibilidades tiene de ponerse usted mismo en peligro, y por lo tanto a Julia.

- Descuide, sé cuidar de mí mismo. Hasta más ver. – tomó la mano de Julia – Andiamo.

 

 ***

 

Después de que se fueran decidí volver a mi whiskey. A través de mi ventana oí el motor arrancar y el sonido del coche alejándose. Suspiré aliviado y tomé un largo trago.

No sabría decir muy bien cuanto tiempo pasó. Tenía ese horrible sabor metálico en la boca y ni con tres vasos conseguí quitármelo.

Me asomé a la ventana para tomar aire fresco y miré al cielo. Sólo podía pensar en una cosa, la raíz de todas mis desdichas (y de mi más reciente dicha, aunque de ninguna forma lo compensaba)… Natasha. Desde el momento en que la vi entrar en mi despacho con ese aire de femme fatale supe que me acabaría trayendo problemas, y por fin había acertado.

También pensé en mi padre, ese maldito viejo cascarrabias. Me sorprendí a mí mismo echando de menos a ese hombre. A pesar de todo lo que había pasado, él seguía velando por mí. Si salía de esta tenía intención de pasarme por la vieja carpintería para agradecérselo, tal vez con una de esas sangrientas morcillas de Burgos que él tanto amaba.

El sonido de alguien llamando a mi puerta me sacó de mis cavilaciones. La hora había llegado, el telón se alzaba. Miré mi reloj, las cuatro y veintisiete; apuré mi cuarto vaso de whiskey y me dispuse a dar comienzo a la función.

Al abrir me encontré a tres hombres muy bien vestidos. Al de la derecha lo reconocí al instante, Don Sebastián de Lucía, el director del hospital, que para la ocasión llevaba un elegante frac gris oscuro. El sujeto de la izquierda llevaba puesta una casaca del mismo color. El que había en el medio era el que más destacaba. Vestía un traje de un tono de gris más claro que sus acompañantes, y cómo ellos una fabulosa chistera; con su mano derecha se apoyaba sobre un fino bastón de ébano con un amenazante león tallado en marfil como cabezal. Este hombre fue el primero en hablar.

- Bueno, bueno, bueno, ¿a quién tenemos aquí? ¿No es usted nuestro bien hallado Sergi Rodoreda?

El hombre de la izquierda habló también con ese tono jactancioso.

- ¿El reputado psicólogo? No puede ser. Soy un gran fan de su trabajo. ¿De verdad es él, Sebastián?

- Sí, mi querido Alberto, le presento al gran Sergi Rodoreda, también lo conocido como Josef Breuer. Aunque algo me dice que también sería correcto llamarle Joaquim Calders Octavo.

Noté cómo el sudor caía por mi frente mientras esos tres buitres me miraban con aquellas sonrisas socarronas y carentes de piedad. El hombre del medio (que por descarte deduje que se trataba del cirujano Fermín de Tormes) alzó su bastón señalando la puerta abierta de mi despacho.

- ¿No nos va a invitar a una copa? Qué descortés.

- Sí, señor Calders, nos morimos de sed. No es muy placentero pasar todo el día recorriendo la ciudad en busca de un hombre, ¿sabe?

- Sí, más aún tratándose de un escritor tan reputado, que ha resultado ser también el mejor detective de Barcelona.

Los tres hombres cruzaron el umbral y pasaron a mi despacho. Ni siquiera pude protestar, el miedo me tenía paralizado, a duras penas pude mover el cuello para seguirlos con la mirada.

Cuando me armé de valor y entré yo también me encontré a Fermín sentado en MI silla con los pies encima de MI mesa. Sus dos compinches estaban a ambos lados de él, en las sillas auxiliares. Al verme entrar, el cirujano me apuntó con su dichoso bastón.

- ¿Y bien? ¿Nos va a servir ya o tendremos que perder también lo que queda de tarde?

Con la ira ardiendo en mi interior me acerqué al mueble bar y saqué tres vasos.

- Pónganos un vinito. Oh, disculpe, ¿cómo va a tener usted de eso? Un coñac, y que sea bueno, no esa basura que acaba de beber. Y quite el vaso usado, hombre, no me sea cerdo.

Saqué una botella de Martell, llené sus vasos y se los serví mientras veía sus despreciables sonrisas.

- Se preguntará cómo hemos descubierto su ardid, tome asiento, por favor. – me senté en la silla frente al escritorio mientras llenaba un cuarto vaso para mí y dejaba la botella bien cerca. – Cuando aquí mi buen amigo Sebastián fue a hablarle de usted a nuestro querido camarada Barceló, ¡qué sorpresa! Resultó que él ya lo conocía.

- Decepcionante, - siguió Don Sebastián. – El señor Barceló no se había olvidado del granuja que se había colado en su fiesta y había tenido el descaro de inventarse una sarta de patrañas tan grande como la nariz del jefe de policía Aguilar. Encima presentándose como una eminencia del grado de Breuer. ¿Pensaba que no se iba a dar cuenta? Puede que al principio no lo hiciese, pero Barceló no es tan tonto como puede llegar a parecer. No tardó en darse cuenta de quien era Josef Breuer, y créame que no le hizo gracia.

- Nuestro gran amigo Barceló – siguió Don Alberto – nunca olvida a quienes tratan de hacerle quedar como un tonto. Y cómo es de suponer, le recordaba perfectamente cuando Sebastián le habló del “gran” Sergi Rodoreda.

- He de admitir que la cara que se le quedó tuvo su gracia, y su patraña resultó cuanto menos astuta – añadió el director del hospital.

- En cuanto nos dijo que usted era un mentiroso – prosiguió Fermín. – nos tocó a nosotros jugar a los detectives. Y no es tan difícil, oiga, no sé cómo le pueden pagar por ello. Por fortuna Barceló tiene una gran memoria para las caras. Y en un artículo viejo del ABC aparecía un caso de un ladrón de arte que fue resuelto por un “brillante” joven de la facultad de derecho de la universidad pública – esa última palabra la dijo con desdén y enfatizando cada sílaba – de Barcelona. Se conserva muy bien, porque en la foto del artículo está exactamente igual a cómo lo recordaba Barceló de la fiesta.

- En el periódico figuraba su nombre, – concluyó Don Alberto. – y con su nombre pudimos encontrarle. ¿Qué, señor detective? ¿Lo hemos hecho bien?

- Tengo que admitirlo, – añadió Don Sebastián – me había hecho ilusiones de tenerle en el círculo, una pena. Pero bueno, ¿qué le vamos a hacer?

- Supongo que sabe porque estamos aquí, ¿verdad, Calders? – dijo Fermín acercándose amenazante a mí.

Me di cuenta de que tenía su cabeza lo suficientemente cerca. Agarré la botella e intentando moverme de la forma más rápida posible la levanté e intenté golpearle. Pero justo antes del impacto, Fermín, más rápido que yo, apartó su cabeza. La botella se escapó de mis manos y acabó impactando contra el suelo, haciéndose añicos. Fermín se incorporó haciéndose el ofendido.

- Oh, qué grosería. ¡Mire lo que ha hecho! ¿Quién va a limpiar este estropicio ahora? ¿La bella chiquilla a la que tiene contratada?

Me levanté con intención de defenderme, llevándome las manos a la altura de la cara (ya era hora de poner en práctica las lecciones de boxeo que recibí de niño).

Pero el golpe no fue dirigido a la cara. Lo siguiente que sentí fue un estallido de dolor en la boca del estómago. El león de marfil se clavó en mi carne y por un momento mi visión se volvió borrosa. Lo siguiente que sentí fue que estaba en el suelo recibiendo puntapiés de los tres hombres, que a base de golpes, me habían desplazado hacia el lugar donde se había roto la botella cuyos pedazos se clavaban ahora en mi costado.

Cuando los puntapiés cesaron traté de incorporarme, pero en seguida fui mandado de nuevo al suelo por otro azote del bastón de Fermín.

- Oh, mírese señor Calders. Tirado en el suelo rodeado de licor. Qué poco decoroso. Levántese, hombre. - Cualquier intento de moverme suponía una oleada de dolor en todo mi cuerpo. - ¿No puede levantarse? Caballeros, tengan amabilidad, ayuden a esta pobre alma en pena. – los otros dos hombres me levantaron por los brazos, obligándome a mirar a Fermín a la cara. - ¿Está familiarizado con los bastones-estoque? Verá, señor Calders, durante la época victoriana en Inglaterra no había policía, y por lo tanto las calles de Londres no eran especialmente… seguras. La gente vivía con el constante temor de ser atracados, agredidos o asesinados, en ocasiones las tres a la vez. Así fue como alguien tuvo la brillante idea de incorporar dentro de un bastón un fino y disimulado estilete. – entonces tiró de la cabeza del león, descubriendo una fina hoja que salía de dentro del bastón. – Espero que sea de su agrado. – dijo con una sádica sonrisa mientras me apuñalaba cerca del hombro derecho. Noté el frío acero abriéndose paso a través de mi carne, llegado a cierto punto sentí cómo la hoja chocaba contra el hueso. Entonces Fermín comenzó a dar vueltas a su bastón antes de arrancarlo bruscamente. Después de aquello, los otros dos hombres me soltaron, dejándome caer en el suelo. Mis atacantes se fueron retirando entre risas, el último en irse fue Sebastián, quien antes de cerrar la puerta me dijo:

- Puedes estar tranquilo, esto no te matará, pero te dejará un bonito recuerdo.

Entonces oí un portazo y luego… oscuridad.

 

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Jueves, 19 Septiembre 2013 18:25 publicado por Alice_abysm

    Wow, como le han dejado al final, ya quiero leer el siguiente! Me encantó el capitulo y Quim debio verlo venir, el cumulo de mentiras que uso, tarde o temprano se descubriría. Esperare el siguiente ansiosa :)
    PD: No pude pasarlo por alto pero tengo una duda ¿Y el capítulo X? es que pasa del IX al XI, Falta un capítulo o solo fue un error en el titulo??

  • Enlace al Comentario Mandragás Miércoles, 25 Septiembre 2013 04:12 publicado por Mandragás

    Me encanta como escribís, se nota una soltura y un talento especial. Una lectura comoda en una historia nada simple. Yo también busqué el X. ¿No habréis censurado la escena de sexo? ;)
    Un abrazo!

  • Enlace al Comentario Trysha Jueves, 26 Septiembre 2013 11:54 publicado por Trysha

    No hay mucho que decir que no se haya dicho ya... es una historia rapida me encanta la forma en que se desenvuelven los personajes...
    un besote y mis felicitaciones...

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