"Poder disfrutar de los recuerdos de la vida es vivir dos veces."

(Marco Valerio Marcial)

Domingo, 04 Agosto 2013 19:14

La niebla de medianoche (V)

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La ansiada noche había llegado, por primera vez en toda la semana había pasado por mi casa a fin de recoger el único traje que (creo) estaría a la altura de Júlia.

Estuve esperando en mi oficina durante toda la tarde hasta que por fin llegó. Estaba esplendorosa en aquél vestido azul prusiano. Ella me sonrió tímidamente, pero entonces algo la sorprendió.

- Quim, con treinta y cuatro años y no sabes ni atarte bien una corbata.

Se acercó a mí , desabotonó parsimoniosamente los dos primeros botones de mi chaleco grisáceo y se dispuso a rehacer el nudo de mi corbata.

Supongo que ignoró el estado de incomodidad en que me hallaba. Sus manos, pequeñas, femeninas y ágiles se deslizaban con destreza a lo largo de mi corbata hasta anudarla casi a la perfección.

- Gracias.

Su sonrisa a tan poca distancia de mi rostro causó que este fuese atravesado por una ola de calor, que debió verse reflejada en mi rostro.

Ella me respondió con un inocente beso en la mejilla y dando saltitos corrió hacia la puerta.

- Bueno, ¿nos vamos?

Me encontraba tan perplejo en ese momento que tardé unos segundos en reaccionar. Cogí la americana, que había dejado en el perchero, me puse mi preciado sombrero fedora i salí por la puerta junto a mi bella acompañante.

- Que guapa va usted esta noche.

­- Tú tampoco te quedas corto, seguro que triunfas.

- Recuerde que vamos a trabajar, usted se quedará en la fiesta e intentará averiguar lo que pueda allí mientras yo sigo a Barceló a dondequiera que vaya.

­- ¿Me vas a dejar sola en medio de esos buitres? ¿No tienes miedo de lo que me pueda pasar?

- Confío en que sabrá cuidar de si misma.

- A veces hablas como mi padre.

- Y usted a veces es peor que mi madre.

Subimos al tranvía azul que nos llevó en poco más de media hora a nuestro destino, el número veintitrés de la avenida Tibidabo. Más que un palacete de alta burguesía  aquello parecía un torreón medievalesco, por lo que me sorprendí gratamente al descubrir que el interior era un verdadero paraíso modernista. Debía admitirlo, tal vez Barceló no fuese la mejor persona del mundo, pero en cuanto a arte y decoración sus gustos eran irreprochables (sin mencionar su gusto en mujeres). Aquella fue la primera vez que vi a Barceló cara a cara, cuando se acercó a saludarnos personalmente. Era un hombre alto y fino, su silueta recordaba vagamente a un triángulo invertido.

- En primer lugar, les doy la bienvenida a mi humilde hogar. Pero me temo que sus caras no logro recordar, ¿puedo saber con quien tengo el honor de hablar?

- Me llamo Sergi Rodoreda, y esta es mi bella esposa Mercè Pàmies. Es todo un honor  conocer por fin al gran Barceló. – dije tan ostentosamente como me fue posible mientras estrechaba su mano.

- Ah, sí, mi mujer me había hablado de ustedes. Es usted escritor, ¿verdad?

Aquello me cogió por sorpresa, Natasha no me había dicho nada de que presentaría a mi alter ego como a un escritor, pero supuse que lo más apropiado seria seguirle el juego.

- Ha dado usted en el clavo.

­- ¿Ha publicado algo que pueda haber leído?

- Eso depende, ¿está usted familiarizado con el psicoanálisis?

- Tengo algunos tomos en mi biblioteca, pero debo admitir que no es mi campo favorito.

- Verá usted, cuando tuve la edad para ello viajé a Viena para profundizar en mis estudios. Tuve la suerte de ser uno de los últimos estudiantes que lograron escapar del nazismo. Fui instruido por el mismísimo Sigismand Schlomo Freud, Sigmund para los neófitos. Él me enseñó todo lo que sé sobre psicología y psicoanálisis.

El comerciante me miró con un gran interés.

- ¿Sabe donde podría conseguir alguna de sus obras? Sería todo un honor leer a tan ilustrado personaje, como parece ser usted.

- Desgraciadamente mis trabajos no han podido ser publicados en España, por lo visto nuestro amado generalísimo no es muy partidario, muy a mi pesar, de estas disciplinas.

- ¿Y en qué países podría conseguirlos?

- Puede encontrarlos en el Reino Unido y en las Américas, pero por seguridad, escribo bajo pseudónimo, podrá encontrarme si busca trabajos de Joseph Breuer.

El anfitrión me sonrió, dejando entender que mi respuesta había sido satisfactoria, y con una elegante reverencia, me dio de nuevo la bienvenida y se retiró a saludar al resto de invitados.

Mientras caminábamos Júlia me susurró.

- ¿Se puede saber qué ha sido todo eso?

­- Tenía que improvisar, cuando eres detective, o te inventas una buena historia en poco tiempo o no cobras, de gracias de que no ha preguntado por usted ni por cómo nos conocimos.

- ¿Pero Breuer no fue el maestro de Freud?

- Al parecer nuestro querido anfitrión no está al tanto de ello. Y si tenemos suerte no lo sabrá hasta dentro de mucho tiempo, con un poco más de suerte el suficiente como para que no se acuerde de nosotros.

Paseamos a lo largo del gran vestíbulo, codeándonos con aquellos exquisitos miembros de la alta alcurnia. En una ocasión nos topamos con un grupo de gente que se arremolinaba alrededor de dos excéntricos personajes.

El más bajito llevaba una elegante perilla con aire leninista, mientras que su compañero poseía una frondosa barba ducktail. La gente parecía estar entusiasmada por los comentarios del más barbudo, que tenía acento italiano. Nos mezclamos entre el gentío para poder descubrir qué era tan endiabladamente divertido.

- … Y el doctor me dice “¡Hay un macarroni en mi consulta!” a lo que yo respondo “¡Ah! ¡Un dentista británico!” Y yo pensando que lo había visto todo.

La gente comenzó a reír, emitiendo ese molesto sonido tan característico de la aristocracia cuando se burla de los demás.

El hombre de la perilla, entre sinceras carcajadas añadió:

- Nunca habría imaginado que un inglés se dignase a tocar dientes ajenos.

A lo que el italiano, de forma muy aguda, respondió:

- Yo ni siquiera habría imaginado que osasen tocarse los propios.

Un nuevo mar de aquellas estridentes risas llenó el área.

La aglomeración comenzó a dispersarse mientras aquellos curiosos personajes se acercaban a nosotros.

- No les recuerdo de ninguna otra fiesta del buen Barceló. – dijo el italiano mirando fijamente a Júlia. – Porque les aseguro que recordaría haber visto a semejante belleza antes.

- No empiece, doctor Ferrari. – increpó el de la perilla.

- ¿Qué? Sólo estoy siendo sincero, doctor Gabarnet, no me corte las alas.

-  La lengua habría que cortarle a usted. – entonces se dirigió a nosotros. – Disculpen el atrevimiento de mi amigo, no pretendía ofender, pero ya saben, es italiano.

- Calla, catalán tacaño, deje hablar a la dama. – miró a Júlia con una sonrisa pícara. – ¿Se ha sentido usted ofendida?

- En absoluto. – contestó ella complacida mientras reía de pura diversión.

Comenzaba a sentirme molesto con aquella situación, teníamos un trabajo importante que hacer y ese par de bufones no hacían más que estorbar.

- ¿Ve? A ella no le importa, así que a usted tampoco debería, mi buen amigo, ¿o acaso se siente celoso?

­- Déjese de tonterías, doctor Ferrari, es con ellos con quien nos interesa hablar.

- Hable por usted, a mí sólo me interesa hablar con ella.

- Es usted un incorregible. Dejémonos de groserías y presentémonos como es debido. Yo soy el doctor y profesor Adrià Gabarnet, decano de la facultad de medicina en la universidad Ramón Llull, a pesar de que no se nos permita enseñarlo en España, mi especialidad es el psicoanálisis, cosa que aprendí muy profundamente en Viena de la mano del mismísimo Sigismand Schlomo Freud. – aquello último lo dijo con una sonrisa maliciosa y mirándome muy fijamente. – Es un honor conocer a alguien de mi misma escuela.

De algún modo, aquellas palabras, junto con esa mirada de lince me hicieron sentir terriblemente incómodo. Por suerte el ambiente se relajó con la presentación del macarroni.

- Y yo soy el doctor y profesor Alessandro Nicola Ferrari, a sus pies, señorita. – dijo mientras tomaba la mano de Júlia y la besaba suavemente. – Si alguna vez necesitase de mis servicios, me encontrará en mi despacho en la universidad Ramón Llull.

Apretando los dientes, conseguí articular una presentación más o menos formal.

- Sergi Rodoreda, encantado, y ella es Mercè Pàmies, mi esposa. – traté de remarcar lo máximo posible esa última palabra. – Pero acerca de algo que han dicho antes, ¿decían que estaban interesados en hablar con nosotros?

El brillo malicioso regresó a la mirada del doctor Gabarnet, quien me miró con otra de sus sonrisas.

- Siempre es interesante hablar con un colega de profesión, señor Rodoreda, ¿o debería decir doctor Breuer? Está muy mal utilizar como pseudónimo el nombre de un autor ya existente. Pero se lo perdonaré si resulta estar a la altura del nombre que usa ¿Me podría hacer un resumen de su último trabajo?

Aquello me cogió por sorpresa, estaba completamente acorralado ante aquél par de truhanes.

- Sí, doctor Rodoreda, cuéntenos, a pesar de no ser mi campo favorito, siempre resulta gratificante discutir con tan gran personalidad en medicina, sea cual sea su campo. – Añadió el sagaz doctor Ferrari.

Comencé a sudar, no tenia nada preparado, quien habría pensado que me iba a encontrar con dos verdaderos médicos y mucho menos con un verdadero alumno de Freud. Finalmente había llegado el temido día en que mis mentiras se habían vuelto en mi contra.

Después de unos cuantos balbuceos incoherentes, el doctor Gabarnet me interrumpió, haciéndome saber que ya tenía suficiente.

- Mire, no tengo ni idea de quién es usted, ni de por qué le ha mentido a Barceló. Y si le soy sincero, me importa francamente poco. Puede estar tranquilo, que si nuestro querido anfitrión se entera de su artimaña no será por mí ni por mi amigo. Y después de esta jocosa situación no nos queda nada más que desearles que pasen una agradable velada.

El doctor Gabarnet hizo una reverencia y se retiró sin perder su sonrisa. El doctor Ferrari, le guiñó un ojo a Júlia.

- Que pase una buena noche, y si alguna vez me necesita ya sabe donde encontrarme.

Y dicho esto, ese maldito macarroni se retiró para alcanzar a su amigo.

Pasamos el resto de la noche sin mayores altercados. A pesar de que no se volvieron a acercar a nosotros, no pasé por alto las fugaces miradas que el italiano lanzaba a Júlia, y que ella le devolvía, pero decidí actuar como si no me importase.

Cuando sonaron las doce, me di cuenta de que Barceló se reunía con cuatro invitados y se retiraba con ellos disimuladamente del lugar. Al fin había llegado el momento de pasar a la acción.

 - Usted se quedará aquí hasta que vuelva. Si no he vuelto cuanto termine la fiesta váyase a casa y nos encontraremos por la tarde en mi oficina. Y sobretodo, manténgase alejada de ese bufón italiano. 

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Domingo, 04 Agosto 2013 20:30 publicado por Alice_abysm

    Jajaja, me gusto como terminaron encontrando al prota en su propia mentira. Eso le pasa por inventarse el seudónimo de alguien conocido y tan conocido, por último hubiera inventado otra cosa XD aunque igual lo hubieran descubierto. Esos dos hombres me hicieron, seguro que harán otra aparición más adelante en la historia. Espero el siguiente :)

  • Enlace al Comentario Trysha Lunes, 05 Agosto 2013 10:29 publicado por Trysha

    Sabes... ahora que he leido esto y con la info adicional que contaba, me mate de la risa, muchas gracias chicos la historia esta genial, un besote enorme

  • Enlace al Comentario Mandragás Miércoles, 28 Agosto 2013 06:24 publicado por Mandragás

    Catalán tacaño? ja ja ja... Uy, perdón, perdón! XD

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