"Aléjate de la sabiduría que no llora, la filosofía que no ríe y la grandeza que no se inclina ante los niños."

(Gibran Khalil Gibran)

 

Lunes, 21 Mayo 2012 15:21

El cuento del ave fénix

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Hay un ave, llamada fénix. Esta es la única de su especie, vive quinientos años; y cuando ha alcanzado la hora de su disolución y ha de morir, se hace un ataúd de incienso y mirra y otras especias, en el cual entra en la plenitud de su tiempo, y muere. Pero cuando la carne se descompone, es engendrada cierta larva, que se nutre de la humedad de la criatura muerta y le salen alas.

 

Después de cuatrocientos noventa y nueve años y trescientos sesenta y cuatro días, la vida le había enseñado que no había un sentido que buscarle.

Lentamente, con la elegancia del águila y la gracia del colibrí, batió sus alas y aterrizó como una gárgola, alas a media asta y posición erguida, sobre las dos garras, inmóvil. La muerte estaba cerca. Ya oía sus pasos por el desierto. Era cuestión de tiempo.

 

 

 

Abro los ojos.

Miro a mi alrededor. Para mí todo es nuevo. El sol se alza desde las entrañas del desierto, allá en la línea del horizonte, escapando de las dunas para echar a volar al cielo.

Sacudo mis cenizas con un estremecimiento y éstas se pierden entre la arena de la que desentierro mis garras. Por primera vez extiendo mis alas. No me parecen muy grandes.

Estoy solo. Empiezo a batir mis alas en tierra. Son veloces. Sé que puedo alzar el vuelo. Mis garras están en tensión: no me atrevo. No obstante, salto y, en el aire, vuelvo a hacer temblar mis extremidades superiores. Me mantenía en el aire. Reí.

De repente, algo se interpone en mi vuelo y en mis alas. Estoy enganchado en una especie de telaraña gigante, un artefacto inventado por los homo sapiens, una red que me hace caer al suelo y por más que busco sus agujeros, ninguno es lo suficientemente grande para mí. Mi pico tampoco puede rasgarla. Impotente, con mi rabia por primera vez mis plumas arden en llamas. La red se consume y escapo echando a volar. Comienza a llover hacia arriba, ramas talladas y afiladas por los humanos que parecen querer alcanzar las nubes atraviesan primero mi garra derecha y luego mi ala izquierda. La tercera saeta abre una herida en mi pequeño pecho, y mi corazón se desgarra de dolor. Lanzo un chillido antes de comenzar mi caída en picado y estallar en llamas.

 

 

 

 

Abro los ojos.

Miro a mi alrededor. Para mí todo es nuevo. Unos humanos me miran desde arriba, con curiosidad. Sacudo mis cenizas con un estremecimiento y éstas se pierden entre la arena de la que desentierro mis garras. Acto seguido empiezo a batir mis alas, preparándome para el primer vuelo de mi vida. Salto...

Y recibo un golpe en mi cabeza, al tiempo que una oscuridad absoluta inunda la zona.
Una jaula primitiva, tosca cueva de juguete donde la luz sólo entra por una pequeña ventana con barrotes verticales, ha aparecido a mi alrededor. Vuelvo a intentar huir, golpeando el techo, pero soy incapaz de volar. Los humanos ríen cuando empiezo a arder; la piedra no se ve dañada por el fuego.

Me llevan en mi jaula hacia la guarida de los humanos. Soy el espectáculo del día. Entre los barrotes introducen pequeñas ramas para tocarme y molestarme; cada vez que ardo y la rama se consume, los humanos ríen. De pronto uno de ellos alza un brazo enorme de madera, semicircular. Debe de ser uno de sus extraños aparatos. La saeta surca el aire entre los barrotes y alcanza mi corazón. Con un chillido y una explosión ardo y me consumo para siempre.

 

 

 

 

Abro los ojos.

Miro a mi alrededor. Para mí todo es nuevo. Me encuentro en una cueva oscura, quizá soy un murciélago. Pero mis garras y mi pico... mis alas... no sé. Si soy un murciélago, soy uno muy especial. Sonrío ante esa idea. Soy único.

Me acerco a los barrotes de mi celda y observo a los humanos. Mi cueva es pequeña, a mi tamaño. Es única, como yo. Los humanos me dan comida y juegan conmigo. Soy afortunado: soy especial, único. Me alimentan y mantienen. Juegan conmigo. Soy feliz. No existe animal más feliz que yo.

De pronto empiezan a hacerme daño con la ramita. Me aparto y doy un chillido, indicando amablemente que me molesta. De pronto, mi impotencia y rabia hace algo inesperado: ardo en llamas y además sé controlar la combustión. Soy un fénix. Ahora lo entiendo todo.

Las ramas arden y mi cuerpo choca contra paredes y techo. Mi pico se deforma intentando destruir los barrotes de piedra. Los humanos ríen sin parar. Especialmente lo hacen cuando una de las ramas penetra en mi ojo. Esta vez la llama ha quemado un dedo de los humanos. Yo, malherido y medio muerto, me encuentro arrepintiéndome de haber dañado un dedo humano. Mis lágrimas no sirven de nada: se alza una ballesta y antes de pensarlo, mi corazón ha sido atravesado, y la sangre sale a borbotones. Con un alarido de disculpa, arrepentido de quemar un dedo que ya seguramente está más que sano, un estallido de luz y fuego es mi última palabra.

 

 

 

 

Abro los ojos

Miro a mi alrededor. Para mí todo es nuevo. Me encuentro en una cueva oscura, quizá soy un murciélago. Pero mis garras y mi pico... mis alas... no sé. Si soy un murciélago, soy uno muy especial. Sonrío ante esa idea. Soy único.

Me acerco a los barrotes de mi celda y observo a los humanos. Mi cueva es pequeña, a mi tamaño. Es única, como yo. Los humanos me dan comida y juegan conmigo. Soy afortunado: soy especial, único. Me alimentan y mantienen. Juegan conmigo. Soy feliz. No existe animal más feliz que yo.

De pronto empiezan a mover mi jaula. Salto y doy un chillido, indicando amablemente que me molesta el nuevo juego. No obstante, el terremoto no cesa. De pronto, mi impotencia y rabia hace algo inesperado: ardo en llamas y además sé controlar la combustión. Soy un fénix. Ahora lo entiendo todo.

Las ramas arden y mi cuerpo choca contra paredes y techo. Mi pico se deforma intentando destruir los barrotes de piedra. Los humanos ríen sin parar. Especialmente lo hacen cuando una de las ramas penetra en mi ojo. Esta vez la llama ha quemado un dedo de los humanos. Yo, malherido y medio muerto, me encuentro arrepintiéndome de haber dañado un dedo humano. Mis lágrimas no sirven de nada: se alza una ballesta y antes de pensarlo, mi corazón ha sido atravesado, y la sangre sale a borbotones. Con un alarido de disculpa, arrepentido de quemar un dedo que ya seguramente está más que sano, un estallido de luz y fuego es mi última palabra.

 

 

 

 

Abro los ojos

Miro a mi alrededor. Para mí todo es nuevo. Me encuentro en una cueva oscura, quizá soy un murciélago. Pero mis garras y mi pico... mis alas... no sé. Si soy un murciélago, soy uno muy especial. Sonrío ante esa idea. Soy único.

Me acerco a los barrotes de mi celda y observo a los humanos. Mi cueva es pequeña, a mi tamaño. Es única, como yo. Los humanos me dan comida y juegan conmigo. Soy afortunado: soy especial, único. Me alimentan y mantienen. Juegan conmigo. Soy feliz. No existe animal más feliz que yo.

De pronto caigo ante un horrible dolor de cabeza. De alguna manera, empiezo a recordar cosas que no han pasado. Recuerdos ajenos, fantasmas. Soy un fénix. Ahora lo entiendo todo: los humanos, sabiendo que soy inmortal, disfrutan matándome. Mis otras vidas se imponen en mi mente, y mi memoria se hace increíblemente grande para mi verdadera edad. Soy un Fénix. Soy el Ave Fénix. Sin que nadie se lo espere, pues los humanos me creen dormidos, doy un fuerte grito y me convierto en una hoguera: infierno enjaulado, roca carbonizada, los humanos retroceden. Vuelvo a gritar. Cual dragón, las llamas son mi aliento. Golpeo la roca ennegrecida por el calor y desgasto una parte, aunque no abro un boquete aún. Un segundo golpe mueve la jaula y ésta cae, golpeando a su vez una antorcha que también va al suelo. Entre el infierno, las paredes de mi celda son débiles. Sólo tengo que dar un último golpe contra la pared.

 

Entonces me detengo. Los humanos me han alimentado, me han mantenido. He jugado con ellos. Han sido mis amigos, mi familia. Han sido mi vida. ¿Estoy traicionándolos?

Los humanos empiezan a traer agua. Uno de ellos alza la ballesta. No sé si los estoy traicionando, pero ése me va a matar. Golpeo ardiendo la jaula. Ahora es ésta la que estalla en mil pedazos entre el fuego, no yo. Alzo el vuelo por primera vez, y lo hago para huir de allí, en busca de un cielo añorado que nunca transité en esta vida.

 

 

 

 

 

 

Después de cuatrocientos noventa y nueve años y trescientos sesenta y cuatro días, la vida me ha enseñado que no hay un sentido que buscarle. Todos los humanos buscan encerrarte. Sólo el cielo busca ampararte. He volado por él toda mi vida y he descubierto que la cueva de los humanos es sólo una mentira más. Mi tiempo me costó, pero, tras mucho volar y volar, encontré mi cueva, la de verdad, una guarida natural y no artificial, un refugio verdadero y no falso que nunca me haría daño ni al que yo se lo haría.

Lentamente, con la elegancia del águila y la gracia del colibrí, bato mis alas y aterrizo como una gárgola, alas a media asta y posición erguida, sobre las dos garras, inmóvil. La muerte está cerca. Ya oigo sus pasos por el desierto.

 

Sólo es cuestión de tiempo.

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Mulcibers Phoenix

"Fuera del perro, el libro es el mejor amigo del hombre. Dentro del perro, quizá esté muy oscuro para leer." (Groucho Marx)

4 comentarios

  • Enlace al Comentario Blacknordok Lunes, 21 Mayo 2012 16:40 publicado por Blacknordok

    Lo recuerdo, y me sigue encantando. Pobre fénix, tan noble y verse esclavizado por la avaricia humana, que lo dejaría de lado en cuando encontrase un nuevo "tesoro"

  • Enlace al Comentario Trysha Lunes, 21 Mayo 2012 19:28 publicado por Trysha

    Me sigue impactando la naturaleza humana que tan bien has captado.
    Mis felicitaciones.
    Un besote.

  • Enlace al Comentario Mandragás Martes, 22 Mayo 2012 03:44 publicado por Mandragás

    Bonita leyenda, para reflexionar en tantas mentiras de los hombres. Me ha encantado tu modo de presentarla, bravo.

  • Enlace al Comentario Mulciber #039;s Phoenix Martes, 22 Mayo 2012 11:38 publicado por Mulciber #039;s Phoenix

    y de las mujeres, mandragas, y de las mujeres xD muchas gracias a los tres, de verdad

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