"Si no quieres ser desgraciado trata a las catástrofes como a molestias, pero de ninguna manera a las molestias como a catástrofes."

(André Maurois)

Lunes, 21 Mayo 2012 15:19

La docena de huevos

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Había una vez una docena de huevos de gallina a menos de un euro que fue vendida a una niña pequeña. La chica estaba sola en casa y quería experimentar en la cocina haciendo huevo duro. Cuando llegó a casa con su docena de huevos, los abrió y se dijo: “Tengo muchos para practicar, seguro que alguno me sale bien”. Pero como era una chica muy, muy desconfiada, se le ocurrió que quizá dentro de aquellas cáscaras pulidas y lisas sólo mancilladas por una fecha de color rojo se escondía un interior putrefacto e insano que impediría que su experimentación fuese buena. De este modo la niña se dijo que, como tenía muchos para practicar, no tendría problema en romper uno. Y así, con la sonrisa divertida que sólo puede poner una niña de su edad, lanzó uno con todas sus fuerzas contra el suelo. El pobre huevo impactó de lleno en una losilla y se hizo añicos, derramando su sano contenido y salpicando por todas partes líquido viscoso y sólidos trozos de cáscara. La niña observó así que el huevo estaba bien y, ahora aún más sonriente, se dijo que ya podía proceder a probar con el primer huevo duro de su vida. Pero entonces se le ocurrió la triste idea de que, por algún tipo de mala suerte, hubiera dado con el único huevo que era sano, y que todos los demás huevos que quedaban en la caja esperando su turno escondían un interior más oscuro. Así, sabiendo la niña que tenía muchos para practicar, y puesto que era muy desconfiada, cogió alegremente el segundo huevo, que tuvo el mismo trágico destino que el primero. No contenta con ver que el segundo también era de buena calidad, sintiéndose engañada por la caprichosa diosa Fortuna, no tuvo piedad con el tercero, con el cuarto, con el quinto; así de desconfiada era nuestra protagonista. Ni siquiera la media docena le pareció suficiente, ya más divertida en ver cómo se destruían los huevos que en pensar en cómo hacerlos duros y sobre todo comestibles. Sólo cuando hubo destrozado once de los doce que había comprado, la niña decidió que era estadísticamente imposible que el único huevo de la docena que quedaba fuera casualmente el único podrido. Así que, sin molestarse en limpiar el suelo y patinando sobre las entrañas de sus ovaladas víctimas, la niña se acercó con el último huevo a la vitrocerámica, puso un poco de agua a calentar y, con total solemnidad, introdujo el huevo en el agua, quedando éste sumergido por completo.

Cuál no sería la sorpresa de la niña cuando, una vez limpiada la cocina y pasado el tiempo de espera, tras sacar con ilusión el fruto de su esfuerzo del agua, comenzó a quitarle la cáscara tal como había visto a sus padres hacerlo cuando hacían huevos duros y descubrió horrorizada que el huevo tenía un interior oscuro, podrido, terriblemente oloroso y en definitiva asqueroso. Los chillidos de la niña no cesaron hasta que ella llegó al supermercado, donde se quejó de la mala calidad del producto y exigió la devolución de su dinero. Tal fue el escándalo que acudió el jefe, que, comprensivo, calmó a la chica y le preguntó por el incidente. Una vez la chica le explicó lo sucedido con pelos y señales, el hombre rió bondadoso y dijo:

-Hija mía, voy a enseñarte una lección muy importante. Las cajas de una docena de huevos son como las personas: en casi todas hay algo podrido. Si desconfías una vez no hay problema; si desconfías varias, tampoco. Pero si para confiar en una persona o en una caja de una docena de huevos tienes que agotar su paciencia hasta el límite, bueno… quizá cuando deposites toda tu ilusión en el último huevo te lleves una gran decepción.

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Mulcibers Phoenix

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