"Hijo mío, la felicidad está hecha de pequeñas cosas: Un pequeño yate, una pequeña mansión, una pequeña fortuna…"

(Groucho Marx)

 
Sábado, 12 Enero 2013 11:59

Respirar: Las exportaciones de Narnia

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Hago una parada en el Supermarket España, el todo a cien de mi calle. Es la clase de sitio donde nadie debería entrar nunca. Su sola visión incrementa la sensación de fracaso, por las razones que sean. Es un local angosto y estresante, mide unos dos palmos de ancho y veinte metros de largo y tiene los estantes superpoblados y cajas y garrafas que sobresalen de la parte inferior. Es peligroso. El viejo paquistaní sentado en el mostrador ni me mira, tiene la oreja pegada a una radio que dispara música árabe en todas direcciones. Es uno de esos ancianos tan viejos que parece que sus arrugas se han endurecido y resecado, un ente disecado y atemporal, indiferente, capaz de vivir otros cien años si consigue mantener ese nivel de mutismo e inmovilidad que le hace invisible a ojos de la Parca. Le saludo con las cejas y siento acrecentarse una pasiva y ancestral hostilidad, en alguna parte. Hay barreras insalvables. Namir está en el fondo, removiendo los yogures de la nevera y maldiciendo en árabe. Hay algo narcótico en este lugar, ¿forma parte del mundo real? Es grotesco y amorfo, como una sombra de reojo en un sueño poco concreto. La vida es narcótica cuando se mezclan culturas, es como si nada perteneciera realmente a ningún lugar. Quizá esta misma tienda mañana estará en Toronto, y nadie se coscará de nada.

 

-Pst -Le digo a Namir.

Él se da la vuelta y me regala esa sonrisa sarnosa que me perturba tanto. Sus ojos, entrecerrados, albergan una molesta y prematura sabiduría, y cierto grado de suficiencia. Sabe que ha sufrido más que yo, todo el mundo lo sabe, me señalan y me condenan. Es algo más joven que un yo, Namir, pero algo dentro de mí lo identifica como a una figura paternal y condescendiente. Hay barreras insalvables. No te jode.

-¡Eeeeeh! -Dice, alzando los brazos -¡Amigo! ¿Como vas? ¿Bien?

-Bien, bien, ya ves… ¿Tu que tal? -Le doy la mano. 

Él se da media vuelta y da un tortazo a la nevera. 

-Baaah, una mierda -Dice con ese acento tan marcado - Todos yogures caducados. Una mierda, todo para basura.

-La vida es muy dura.

-¿Tu quieres yogures? Aún son buenos, gratis para ti, yo tengo que tirarlos por si viene inspector.

-No quiero yogures, quiero algo de chocolate.

-Aaaah -Dice, apuntándome con su dedo - Hahahaaa. ¡Cho-co-lat-teee!

 

Ojalá el mundo volviese a ser tan grande como antaño, cuando por pura ignorancia creías que la salvación te aguardaba en algún lugar. Quizá entre grandes montañas, verdes y tupidas, secretas. Bosques llenos de claros mágicos donde respirar sin miedo ni tensión y retozar entre una hierba sin bichos y nadar desnudo en aguas amistosas y blanquecinas. Ojalá no supiera que se están cargando el Amazonas, es algo que me toca las pelotas cada vez que lo recuerdo.

 

Me entiendo con Namir, esto que tenemos funciona, ninguno tiene demasiadas expectativas. Hace tiempo que me quedé fuera del juego, es agradable encontrar personas de mi misma densidad de vez en cuando. No hay mucha gente en mi vida. Es muy fácil perder el tren social en estos días de cinismo y narcisismo tribal. Soy un accesorio de un juguete que ya no se fabrica. Todas las generaciones han intentado adelantarse a su tiempo, impulsados por su soberbia juvenil, y me da que nunca habían tenido tanta prisa como ahora. Devoran modas y tendencias en cuestión de meses, los hippies habrían durado una semana en esta época. "¿Paz y amor? Gay".  Debo confesar que me siento perdido, desde hace ya unos años, no entiendo este nuevo mundo. Alguien debería explicarme de donde salen tantos cabrones. Hay demasiado sarcasmo por todas partes, demasiado odio. No tendría que ser un problema, pero los jóvenes suelen definir la personalidad de cada época, y su influencia es ya una imparable metástasis con incontables focos. Si no puedes seguir su ritmo te quedas fuera. Estoy fuera, tuve que salir. Ojalá no me importase y pudiera ir por el mundo regalando yogures con una sonrisa en la cara. Me importa bastante, aunque suelo sentirme más furioso que necesitado. Es algo que me supera, podría soportarlo si de vez en cuando me topara con algún síntoma de cordura. Escucho conversaciones aquí y allá y me entra vértigo. No son muy amables, y si lo son entonces debo sospechar. Tienen el sarcasmo tan desarrollado que apenas si es detectable. Si no estás dentro desde el principio, entrar desde fuera requiere una determinación que no tengo y un nivel de hipocresía al que me niego a sucumbir. Es todo demasiado rápido y complicado, esa no es ni será nunca mi velocidad. Me gusta Namir, es un tipo lento y feliz. Todo le divierte, no tiene prejuicios. Ahí está, llenándome bolsas y bolsas de yogures de macedonia y coco, tarareando la canción de la radio. Ha llamado a su primo, que vive encima de la tienda, para que me baje cincuenta euros de hachís. Insiste en que me lleve los yogures.

 

-¡Después de fumar querrás yogures! ¿Eh? -Dice, guiñándome un ojo - ¡Aaaahahaha!

-¿Y que tal si te quedas los yogures y me regalas unos Doritos?

-Hahahaaa. Noooo, no, no. Sólo yogur para ti.

 

El consumo de drogas es uno de los pocos fenómenos que se ha salvado de la quema. Es cierto que han perdido gran parte del espíritu sacramental que disparó su popularidad, pero aún están reconocidas como una manifestación legítima de rebelión o inconformismo. Los chavales aún se fuman sus porritos en el parque y se desmelenan los fines de semana, por muy cínicos y sarcásticos que sean. Decir "a tomar por culo" y tomarse una pastilla de éxtasis siempre será un comportamiento aceptable mientras no superes el límite de edad. Las drogas siempre serán el tesoro de la juventud, porque pasados los treinta años tomarse una raya de coca se interpreta como un síntoma inequívoco de desesperación y fracaso. A los dieciocho, no obstante, revela un espíritu indomable, un bofetón a la cara de esta sociedad estreñida y obsoleta, la aceptación del caos y el azar del universo; la rendición a la propia naturaleza salvaje. Montones de mierda para justificar cagarros aún mayores. Soy un cínico del cinismo. Las drogas siempre estarán ahí porque son divertidas y morbosas, cualquier otra interpretación es una racionalización pueril y asquerosa. Es bastante confuso, el hecho de que una panda de mocosos puedan mostrarse tan racionales con un aspecto de la vida, adoptando discursos místicos que en cualquier otra situación ellos mismos no dudarían en ridiculizar. Son malos tiempos cuando puedes llamar mocoso a alguien de veintitantos años y a nadie le parece extraño. Muchos han confundido mantener la inocencia y la espontaneidad con negarse a dejar de hacer el imbécil. Namir sabe de que va todo esto. Me gustas, amigo, toma un yogur. A eso le llamo yo una infantil y perfecta madurez. No somos grandes amigos, pero me gusta saber que existe y que el mundo no ha podido con él.

 

Llega el primo de Namir con el cho-col-lat-te. Va frunciendo el ceño, molesto por verse obligado a arrastrar su gran culo hasta la calle. No es nada divertido mirarle, y tengo la racista sospecha de que su sudor espeso huele a curry. Me molesta, igual que me molesta ver fotos de catástrofes en algún país pobre. Hay partes de este mundo que simplemente no quiero ver, no necesito sentirme culpable por cosas como no puedo solucionar. No puedo arreglar al primo de Namir, es una hecatombe con patas, feo y grasiento y probablemente estúpido. Fuera, fuera.

 

Ojalá la gente ya no fuese demasiado lista para las metáforas. Entones podría decir que "mis fracasos son oscilaciones kármicas preventivas, como las vacunas que te inyectan la enfermedad de la que te quieren proteger", y lo diría sin miedo a que nadie me tirase libros de Nietzsche a la cabeza. La filosofía barata de siempre ya no tiene cabida entre tanto hijoputa precoz y pretencioso, de esos que te dicen "No me hagas reír, un deja vú sólo es una anomalía de la memoria." Vale, muy bien, pero tu sigues siendo un gilipollas.

 

Me despido de la gran familia y abandono el caos de esa particular Narnia Paquistaní, donde arriba es abajo y gobierna un fauno sonriente que vende hachís malo. Voy cargado de yogures. Noto el reconfortante peso de la china en mi bolsillo y la estridente música del transistor del anciano me acompaña hasta que entro en mi edificio. As-salamu alaykum. 

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3 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Sábado, 12 Enero 2013 15:01 publicado por Trysha

    Es interesante leerte y ver el mundo a travez de tus ojos... :P y trsite saber que ya no toy pa una linea...
    Un besote.

  • Enlace al Comentario Nilufar (Ella) Domingo, 13 Enero 2013 17:34 publicado por Nilufar (Ella)

    Me gusta la atmósfera que retratas!!!!! Bravo!!!!

  • Enlace al Comentario Blacknordok Lunes, 14 Enero 2013 17:14 publicado por Blacknordok

    Siempre das que reflexionar judah, digo gouda XD

    Me ha encantado, esa forma que tienes de mostrar la sociedad tal y como es me encanta.

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