"Si eres orgulloso conviene que ames la soledad; los orgullosos siempre se quedan solos."

(Amado Nervo)

Domingo, 21 Octubre 2012 14:12

El tramposo

Escrito por 
Valora este artículo
(5 votos)

 

Tenemos que luchar por aquello que queremos, pero hay extremos que nunca deben cruzarse. Hay líneas que uno no puede pasar. En este mundo existen normas. Y como todo un imbécil rompí la que tal vez sea una de las más importantes: dejar a los muertos en paz.

Mirando hacia atrás me doy cuenta del pecado que cometí. Acababa de perder a mi esposa en terribles circunstancias que no quiero recordar y estaba pasando por una terrible fase. No salía de casa, no comía, a penas me movía de la cama en todo el día… sólo lloraba. Pero en una de las muchas visitas de mis amigos para consolarme (las cuales en la mayoría de los casos sólo me ponían más triste) uno de ellos me habló de algo. No fue más que uno de esos comentarios sueltos que hace la gente cuando no sabe qué hacer para romper el silencio. Un comentario hecho al azar. En aquél momento me pareció la respuesta, pero ahora me parece un infierno.

 

Mi amigo siempre había sido un fanático de las ciencias ocultas, rituales, brujería y cosas por el estilo. No es que creyera ciegamente en esas tonterías, pero pensé que tal vez podría distraerme. Al fin y al cabo, me convenía hacer algo, lo que fuera con tal de no estar toda mi vida tumbado en la cama, esperando a alguien que no llegaría nunca.

Comencé a investigar, a interesarme por esos temas oscuros. Y poco a poco, sin apenas notarlo, me fui internado cada vez más profundo en un mundo desconocido y peligroso, que jamás debería ser pisado por el hombre.

Era de esperar que, tarde o temprano, terminaría encontrando algún tomo o información sobre la necromancia, el arte de levantar a los muertos. Lógicamente, la alegría de vivir regresó a mi.

Preparé todo lo necesario, lo que más me costó fue tener que profanar la tumba de mi amada. Uno pensaría que lo más complicado habría sido ser capaz de secuestrar a alguien para el sacrificio, pero cuando uno está tan empeñado cómo yo lo estaba, nada es demasiado difícil. Dibujé un círculo rojo mezclando sal son mi propia sangre alrededor de la muchacha que tenía atada y amordazada en el suelo. Dispuestas a lo largo del círculo había cuatro velas preparadas con una cera especial de color negro. Le dí de beber a mi rehén mi sangre, junto con la de mi fallecida amada. Delante de ella, recité los versos mientras sostenía un puñal purificado con fuego y con un cabello de mi amada atado alrededor de la hoja. Sentía que mientras recitaba, se levantaba un viento venido de ninguna parte. Todas las puertas y ventanas estaban cerradas pero, al final me dí cuenta de que el viento procedía del círculo. Las ráfagas de aire se hacían cada vez más potentes con mi voz y, poco a poco, las velas comenzaron a apagarse una por una. Cuando la última vela se hubo apagado, dejando mi sala de estar en la más impenetrable oscuridad supe que era el momento, bajé el puñal con fuerza y lo hundí en el pecho de la joven.

Sonó una explosión y un relámpago cayó sobre mi tejado, aunque por fortuna no llegó atravesarlo. Sentí una onda procedente del cadáver de mi sacrificio que me lanzó contra la pared. Tardé varios segundos en recuperar la consciencia y entonces miré hacia el centro del círculo. La línea de sal emitía una tenue luz carmesí que me permitió ver una especie de charco que ocupaba todo el interior del círculo. Se trataba de un líquido morado muy espeso, con un par de dedos de profundidad y que al parecer era incapaz de expandirse más allá del círculo. Pero el cadáver ya no estaba. De pronto, lo que parecía ser un brazo emergió del charco y se aferró al suelo más allá del círculo para apoyarse. La criatura hizo presión y una cabeza apareció entre el líquido. Su larga cabellera le cubría el rostro, pero yo sabía que era ella, ¿quién más, si no? A medida que la espalda afloraba, el charco pantanoso iba desapareciendo, evaporándose en un humo morado que me impedía verla del todo.

Mi amada levantó la cabeza para mirarme, pero cuando el cabello se apartó y pude ver su rostro, no pude reprimir un grito de horror.

No tenía color en los ojos, sólo dos puntos negros casi imperceptibles que se clavaron en mí como dos puñales, su cara, mostraba una expresión de absoluta confusión, era obvio que aquella cosa no sabía ni quién era ni dónde estaba, sólo me miraba con una mezcla de curiosidad y desconcierto. Vi que parte de su cabello se le desprendía de su cabeza y caía al suelo mientras se apoyaba aún más en su brazo derecho, para inclinar el cuerpo hacia mí. Entonces, ella sonrió, pero no fue ni por asomo aquella sonrisa que tiempo atrás fue capaz de alegrarme el día más triste. Aquella sonrisa, propia de una loca o de un niño que acaba de descubrir un insecto al que arrancarle las alas. Aquella sonrisa me dio un terrible escalofrío, que empeoró al ver cómo sus dientes caían al suelo al abrir la boca.

Se inclinó hacia mí cada vez más, apoyándose en su brazo derecho hasta que, con un repulsivo sonido que resonó por toda la estancia, su brazo se rompió y ella cayó de bruces al suelo.

Me incorporé un poco para observárla detenidamente. Aquél monstruo no era mi amada. No era más que una versión grotesca e insultante de la mujer a la que tanto había amado. Un ser son alma ni pensamientos que jadeaba tirado en el suelo, haciendo un enorme esfuerzo por respirar. Su brazo derecho estaba roto de una forma repugnante, literalmente había quedado doblado en ángulo recto y parte del hueso roto había perforado la carne y ahora sobresalía de su piel.

Aparté la mirada para no vomitar, pero entonces vi que no estábamos solos. ¿Cuánto tiempo llevaba ese hombre allí?

Al otro lado de la sala de estar, en un rincón oscuro, la luz del círculo dejó ver a un hombre de pie que contemplaba con mirada serena a la criatura que yo había creado. Decir pálido sería quedarse corto, ese hombre era blanco, en el sentido más literal que se pueda encontrar. Su piel, sus uñas, sus labios, incluso su pelo y sus ojos eran del blanco más puro que he visto jamás. Tenía el cabello engominado hacia atrás y repeinado cómo el de un hombre de negocios y llevaba puesto un elegante traje tan blanco cómo su piel. Sentí nacer en mí el más profundo y antiguo de los miedos. De alguna forma yo conocía a ese hombre al que jamás había visto. Era cómo reencontrarme con un horrible recuerdo olvidado. Al mirar a aquél hombre sentí el miedo más primitivo del ser humano, el miedo a la muerte. Pero él no hizo nada, ni siquiera reparó en mi mirada, simplemente se quedó contemplando al ser que agonizaba en el suelo.

Entonces, el hombre levantó su mirada y la clavó en mis ojos, rematando el gesto con una sonrisa que para él significaba felicidad, pero para mí simbolizaba lo peor.

Un fuerte ruido me hizo desviar la vista de nuevo al ser que pretendía emular  a mi amada. Con una voz gutural e inhumana, el engendro dio todos sus esfuerzos para ponerse en pie. Caminaba con las rodillas muy flexionadas, las piernas le temblaban pero le daba igual. Su mirada demente se fijaba en la mía y su desdentada sonrisa se ampliaba más y más.

No dio ni dos pasos antes de que los frágiles huesos de sus piernas cedieran y se partieran simultáneamente por distintas zonas, generando el que fue el sonido más vomitivo y aterrador que he escuchado hasta ahora. El monstruo cayó de nuevo al suelo, destrozándose la cara contra él. Pero en su empeño se incorporó con su brazo izquierdo y me dedicó otra de esas repugnantes sonrisas. Su nariz estaba partida por el golpe y sangraba a borbotones, uno de sus ojos había reventado y su boca, ya sin rastro de dentadura, soltaba una asquerosa espuma blanca. El ser usó el brazo que le quedaba para acercarse a mí más y más, mientras su demoníaca sonrisa se ampliaba. Finalmente, trató de incorporarse y extendió su brazo sano hacia mí. Y entonces lo hice, con el mismo puñal que le había devuelto la vida, se la arrebaté. Vi morir a mi amada por segunda vez, y esta por mi propia mano. Hundí el puñal en su estómago y la espuma que soltaba se tiñó de rojo. Luego soltó un chillido ahogado y cayó al suelo entre agitadas convulsiones.

Contemplaba aterrado el monstruo agonizante cuando escuché unos pasos. Levanté la mirada y vi  que el hombre alvino se aproximaba. Este me miró con un rostro severo, cómo el de un padre que riñe a un hijo que se ha portado mal mientras negaba con la cabeza en una expresión que sólo pude describir cómo decepción. Entonces me habló, con una voz profunda y serena.

- En el juego de la vida no hay segundas oportunidades, y los tramposos que tratan de infringir esa norma deben ser castigados.

Entonces se agachó, cogió al engendro en brazos y lo abrazó contra su pecho. En el momento en que el ser tocó su pecho, este dejó de convulsionar y murió por fin, y unos segundos más tarde, se deshizo en un charco de aquél líquido morado y fangoso.

El hombre se puso en pie y me miró de nuevo con reproche.

- Espero que te hayas divertido con tu jueguecito, despreciable tramposo.

Luego esbozó de nuevo aquella inquietante sonrisa, se dio media vuelta y comenzó a caminar de nuevo hacia el fondo de mi salón hasta que, a medio camino, se desvaneció en el aire.

No sé si me dormí por el cansancio o me desmayé por el miedo, pero lo siguiente que recuero es despertarme en mi salón, lleno aquél fango morado, las velas tumbadas en el suelo y el cadáver de la pobre joven a la que secuestré desangrada en el medio.

 

La cárcel pagará el crimen de haber matado a una inocente, pero mi verdadero pecado es imperdonable. A la muerte no le gusta nada que jueguen con ella. Y en este juego sólo tenemos una vida. No tengo miedo de lo que me pase aquí, lo que de verdad me asusta es lo que me espera cuando muera. He tenido tiempo para pensar y no me costó reconocer la verdadera identidad de aquél hombre. Y aquella noche me lo dejó bien claro, en este juego se castiga a los tramposos, y yo rompí la norma más básica: Sólo una oportunidad. En el fondo sé que la experiencia de haber visto en qué terminó mi amada no es castigo suficiente. Pero aún así es un horrible castigo, porque lo peor de todo es que ahora, cuando trato de recordar los buenos tiempos, ya no veo el bello rostro sonriente de mi amada, sólo veo a ese monstruo, grotesco y repugnante, arrastrándose con los huesos rotos y una sonrisa lunática. El recuerdo de mi amada se ha borrado y ya no volverá. Y aunque sé que no ha sido suficiente, me ha dejado muy claro que con los muertos no se juega.

Leído 1578 veces
Más en esta categoría: « Él EL ÚNICO HOMBRE SORDO »

4 comentarios

  • Enlace al Comentario Trysha Domingo, 21 Octubre 2012 14:17 publicado por Trysha

    Y yo que iba ganando :P, bueno todabia puedo el segundo lugar... jejeje
    Mucha suerte, el texto te quedo genial

  • Enlace al Comentario Alice_abysm Domingo, 21 Octubre 2012 17:56 publicado por Alice_abysm

    Wow, te luciste aqui, la sola descripcion de ese ser traido de la muerte y como se iba, literalmente rompiendo, me dio asco XD
    Trysha y tu, que reñido, estoy ansiosa por leer los segundos textos de cada uno, seguro seran geniales, a ver como hago para escoger los lugares o voto nulo :P
    Estupendo relato, retrataste muy bien la desesperacion del protgonista y hasta donde pudo llegar. Aunque algo llamo mi atencion, ¿Cuanto tiempo llevaba muerta la amada del protagonista? ¿Y como hizo para obtener su sangre y darsela al sacrificio? por eso deduzco que su muerte fue reciente, por ahi como tres dias o puede que menos. Me encanto :D

  • Enlace al Comentario Andrew Ryan Martes, 23 Octubre 2012 17:39 publicado por Andrew Ryan

    Si que te gusta la necromancia XD Va estar difícil elegir solo tres.XD

  • Enlace al Comentario Mandragás Miércoles, 24 Octubre 2012 06:32 publicado por Mandragás

    Ya sabía que tu desbordante mente iba a sacar una criatura como esta, Blacky. Estupendas descripciones, necesarias por otro lado para el relato. Colosal!

Inicia sesión para enviar comentarios
HOMEFANFICS - Leer te hace libre © 2018 | Términos de Uso | . . . Diseñado por: Carlos Matamala V.