"Que buen insomnio si me desvelo sobre tu cuerpo"

(Mario Benedetti)

 

Domingo, 23 Diciembre 2012 14:50

Las cábalas de Gouda Jazz: Un prefacio interminable

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Mi nombre es Gouda Jazz, porque disfruto del queso y de la música de Miles Davies. Nacido y criado como Julio Melis, irrumpí en las primeras fases de la madurez con la inquebrantable convicción de que un hombre debe elegir su propio nombre, y que este nombre debe armonizar con los matices del destino que ha decidido acometer. No reniego ni me avergüenzo de un pasado tranquilo y burgués, sazonado con amor más que suficiente; hay necesidades que van más allá de la lógica. Si escapas con suficiente celeridad, a no tardar serás el perseguidor. A buon intenditor, poche parole. Mi sangre sabe bien de lo que hablo, y repito que no reniego de ella al renunciar a su nombre. La historia de mi apellido es cuanto menos curiosa y creo que merece ser contada no una, sonó varias veces. Los infortunios de mis antepasados, especialmente de mi abuelo Mario, les arrastraron por medio mundo, víctimas de una especie de maleficio que tengo intención de romper. Eso si, quiero evitar palabras como "renacer" o "catársis" o "mórbido", esta última porque me da asco. No quiero que suenen trompetas celestiales ni que venga un helicóptero de telenoticias canadiense. Sólo quiero existir, más allá de nombres heredados e historias compartidas, quiero ver lo que soy y vivirlo y formar parte del fenómeno que es mi existencia. La palabra que no quiero evitar es "movimiento". Hay que moverse, el resto viene sólo. Sentado sobre el bienestar me siento lleno sin haber comido, no hay placer sin hambre, ni sexo con los pantalones puestos. Hay un punto en la vida de todo Gouda Jazz en que uno tiene que subirse al tren de los hechos. Mis padres y su pedagogía de wikipedia han creado un monstruo, demasiada estabilidad y libertad y soporte emocional. Por el amor de Krishna, ni siquiera me he pelado las rodillas jugando a surfear colinas de tierra. Y no me jode porque esté mal, me jode por que no me jode, me jode el conformismo que hace que me conforme con aquello que los demás esperan que me baste. 

 

ME ABURRO. MUCHO.

 

Eso, eso es lo que quería decir. A veces un Gouda Jazz puede caer en la tentación de divagar metafísicamente. Nacido y criado entre algodones, Julio Melis apenas sabe nada sobre la vida, y se siente culpable por su inacción e indiferencia burguesa. Por eso ha nacido Gouda Jazz, que no es sino aquel que hace lo impensable sólo porque le apetece, no es un estreñido emocional como lo era Julio Melis. La grandeza de mi viejo apellido me impulsa a cambiar, a moverme, a escribir la historia de la familia Jazz desde cero. Una historia que cómo mínimo debe ser igual de asombrosa que la familia Melis. A más de uno le estarán confundiendo mis palabras, y por ello considero necesario contarlo todo desde el principio, pues sólo así se pueden comprender. Quizá sea un prefacio tedioso e interminable para mi propia historia, pero no por ello deja de ser necesario. 

 

Y todo empezó en Italia, hace mucho tiempo.

 

Los Melis somos hijos de Cerdeña, y por dos veces tuvimos que escapar de allí, según se cuenta en mi familia desde siempre. La primera fue en el siglo XVI, cuando no había internet ni viagra. Un noble caballero, llamado Giuseppe o quizá Giovanni Melis, cayó en desgracia y tuvo que escapar de la isla en plena noche rumbo a las Baleares, lejos de sus acreedores. No sabemos mucho más. He escuchado versiones que hablan de romances prohibidos y de problemas con la Iglesia, pero la historia de las deudas me parece mucho más creíble. Sea como sea, somos hijos de la nobleza, y una cierta altivez permanece en nuestro porte, intemporal. El caballero Melis prosperó en Baleares, y toda una rama de mi sangre se sigue reproduciendo por esos lares; mis queridos y desconocidos primos, en verdad me importan y pienso en ellos de vez en cuando. Tuvimos que escapar una segunda vez, y de esta no hace tanto. Otra rama de mi apellido, primos lejanos del Caballero Melis, seguía asentada en el Norte de Cerdeña, y de ella nació mi bisabuelo, Constantino Melis, al que todos llamaban 'Piccotino' debido a su baja estatura. No le conocí, pero he visto un par de fotos desenfocadas. En verdad era pequeño y bigotudo, pero robusto como un árbol antiguo y malhumorado. En la foto sujeta a mi abuelo en brazos, y el hombre parece invencible. De él me contaron que, alrededor del año 1933, se vio obligado a emigrar debido la persecución del infame alguacil de Sassari, quién por aquellos tiempos era poco menos que el caudillo del Capo di Sopra. Piccotino enseñaba derecho en la vieja y prestigiosa Università y por ello era muy respetado entre la población. Por desgracia para él, era un hombre de carácter incendiario y poco amigo de los eufemismos, sus constantes y públicas denuncias de los abusos y las malas artes del alguacil y sus secuaces le granjearon un enemigo al que no podía hacer frente. Dos veces le molieron a palos y pasó varias noches en la comisaría por falsas acusaciones, donde recibía burlas y abusos hasta que salía el Sol. Al final, viendo que no pararían hasta matarle, decidió echarse a la mar con su esposa y el pequeño Mario, de apenas cinco años. Estaba harto de Italia, del tedioso derecho penal y de la lenta pero constante proliferación del fascismo en el país. Decidió instalarse en Francia, en la pequeña comuna de Sausset-les-Pins, al oeste de Marsella. Era un pueblecito costero que por aquellos días apenas contaba medio millar de habitantes. Mi abuelo Mario siempre decía que apenas recordaba Italia y que, para él Francia, siempre sería el hogar que le vio nacer. Très bien. Huelga decir que una entrañable familia italiana recién liberada de las garras del fascismo fue cálidamente acogida por los franceses, quienes siempre intentan hacer justicia al papel que se han atribuído como protectores de la libertad. A Piccotino le dieron un techo donde resguardar a su familia y un trabajo de pescador para alimentarla. Sólo había una escuela y el maestro era el borracho del pueblo, así que mi abuelo pasó su infancia en un bote de pesca, y no hubo en toda Francia un niño que creciera más feliz. Ah, la liberté. Que digan lo que quieran de los franchutes, pero cuando te conviertes en uno de los suyos se les pasa la soberbia de golpe y te tratan a cuerpo de rey. Si señor. Volvamos al abuelo. El pequeño Mario, entusiasta y trabajador, no tardó en ganarse el cariño de los demás pescadores de la zona, y en especial el de Ludovic Costeau, un pescador de langostas sin conexión alguna con el conocido explorador marino. Tomó al niño bajo su tutela y le enseñó el antiguo y complejo arte de fabricar cestas para langostas. Mi abuelo demostró rápidamente un talento natural para hilvanar esos delicados juncos y crear enmarañadas prisiones donde las langostas podían entrar pero no salir, y con sólo once años ya era capaz de hacer unas cestas que podían competir con las de cualquier artesano de la costa mediterránea. Era el orgullo del pueblo. La madre, María Verratti, había sido enfermera en Sassari y tenía un trabajo estable como ayudante del médico del pueblo, y el futuro se presentaba halagüeño para la familia Melis. 

 

Pero, como suele decirse, Chi ben comincia è a metà dell'opera, hasta que no baja el telón no sabes si todo acaba bien. Nubes de tormenta llegaban por el noreste; un alemán pequeño y beligerante había decidido que quería el mundo, y la orgullosa Francia estaba en el más alto pedestal de sus caprichos. El inquieto Piccotino fue el primero en sucumbir al pánico. Aunque en el resto de Europa la amenaza de Hitler aún no era tomada muy en serio, Constantino Melis conocía mejor que nadie lo peligroso que podía llegar a ser el fascismo y decidió que era necesario emigrar nuevamente. En el pueblo le tacharon de loco, para ellos los nazis sólo eran un puñado de extremistas poco mordedores que no tardarían en pasar de moda. Mi bisabuelo hizo oídos sordos a las burlas. Sólo dos días antes de que Hitler invadiera Polonia y la cosa se pusiese seria, Piccotino comunicó a su família que a la mañana siguiente marcharían hacia Marsella, donde tenía pensado coger un barco con destino a Lisboa. No le hacía mucha gracia seguir en Europa, con Franco y Hitler y Mussolini causando estragos por doquier, y con los soviéticos más allá amenazando con añadir tabasco al salteado. No, era un destino temporal. Su idea era trabajar unos meses en Portugal, donde había buena pesca, hasta reunir el dinero suficiente como para zarpar hacia Sudamérica, lejos de todas esas ideologías radicales y conflictivas. Brasil, por ejemplo.  No sabía mucho sobre Brasil, sólo que allí se pescaba mucha langosta, el pequeño Mario podría desarrollar su talento y tener una vida cómoda y feliz en ese lugar. Su hijo y su esposa no protestaron, cohibidos por la severidad y la convicción de las palabras del patriarca. Al viejo Piccotino le extrañó el silencio de su esposa, quien SIEMPRE tenía algo que decir sobre todo, si bien es cierto que últimamente estaba bastante distante, seguramente por la amenaza que asomaba desde Alemania. Así, durante la noche recogieron sus bártulos para partir a la mañana siguiente, con las primeras luces del alba. Pero ya sabéis, el destino es caprichoso y las desgracias llegan en procesión. Por la mañana Constantino despertó junto a un vacío. María no estaba, y sus maletas tampoco. Poco antes de morir, sentado en su butaca y con un suero intravenoso brotando de su muñeca, mi abuelo me contó lo que le había dicho su padre sobre ese día: 

 

-Había una nota sobre la mesita de noche, pero me dijo que no la leyó hasta que comprobar con alivio que yo seguía en mi cama, durmiendo tranquilamente. Me contó que la leyó sólo una vez, una, para luego guardarla entre las páginas de un manual de pesca con mosca, este mismo que tengo en las manos. Y esta es la nota, ¿que te parece? Sigue en buen estado. Aún no se por qué la guardó, la verdad… -En este punto se detuvo para secarse las lágrimas que asomaban en sus ojos cansados. Luego me sonrió, y continuó - Supongo que quería mucho a mi madre. Espera, te la leo…

 

 

"Perdonami, caro mio, ma non posso lasciare. Ora sono con il dottore. Io lo amo, Tino. Mi si spezza il cuore, tu lo sai… Questa volta non posso venire con te. Per favore, non mi odi.

 

Arrivederci. Prenditi cura di Mario.

 

E ricordate: La speranza è l'ultima a morire. Tu sei un uomo buono, Tino, tutto ti andrà bene, lo so."

 

 

La última línea tuve que leerla por mí mismo, a mi abuelo se le había quebrado la voz al leer su propio nombre escrito por su madre, la que le abandonó para siempre y a la que aún así no guardaba ningún rencor. Fue de mi abuelo Mario, ese gran hombre, de quien aprendí que el rencor es un lastre inútil que va engordando por el camino. Era un hombre de mundo, conocía a las personas lo suficiente como para comprender las extrañas locuras que desencadena el amor. María Verrati desapareció de su vida ese día, una buena mujer que sucumbió a los encantos del amable y erudito doctor LaFontagne y tuvo que tomar una dura decisión. Una decisión de consecuencias terribles para ella. Ya en edad adulta, mi abuelo regresó a Sausset-les-Pins con intención de reencontrarse con su madre. Y la halló, enterrada junto al doctor. "María LaFontagne (1910-1944)". Había cambiado su apellido, lo cual mi abuelo dijo que le aportó algo de consuelo, pues eso quería decir que su madre se había casado con un hombre al que amaba de verdad y, al menos durante un tiempo, debió de ser feliz. Decidió ir al puerto a pasear y aclarar un poco las ideas, y allí encontró a nada más y nada menos que a su viejo mentor, el Capitán Costeau, fumándose una pipa sentado en la misma barca en la que habían pasado tanto tiempo juntos. Tras el feliz reencuentro, Costeau le contó lo que había sucedido, toda la história de cómo Pier y María LaFontagne fueron asesinados por los nazis. En verano de 1944, los alemanes habían decidido ocupar varios puertos del sur para reforzar las defensas de Marsella, Tolón Cannes y Niza, pues temían un ataque por ese frente. Sus temores no eran infundados. A finales de agosto varios batallones aliados, procedentes del frente de Italia, desembarcaron en la franja entre Tolón y Cannes. Al parecer todo aquello formaba parte de la famosa "Opreación Dragoon", diseñada para aliviar algo de presión de Normandía, donde los aliados tenían problemas para avanzar. La idea era atacar desde el Sur, abrir un frente inesperado para los nazis y aprovechar su carencia de tropas, concentradas en el Norte. La operación les salió redonda, pues en menos de dos semanas habían reconquistado prácticamente todo el sur de Francia. Por desgracia, todo ese follón no pasó de largo en "el pueblo que vio nacer a Mario Melis". Unas semanas antes del "día D", los alemanes habían montado una guarnición en el pequeño puerto de Sausset-les-Pins, comandada por el General Schaeffer. Su misión era básicamente de vigilancia, pues no sabían por donde iba a llegar el ataque, si llegaba. Costeau le relató a mi abuelo como vivieron esa ocupación:

 

"Por aquel entonces los nazis eran más peligrosos que nunca, tenían los nervios de punta y a la mínima podían volarte la cabeza. Pero ya sabes que somos gente tranquila y fuimos lo bastante sensatos como para no tocarles las narices. Estuvieron por aquí unas tres semanas y lo único que hacían era pasear de un lado a otro y hablar por radio a todas horas. Creo que no sabían muy bien lo que estaba pasando. Nosotros, aunque teníamos las comunicaciones cortadas, de uno u otro modo íbamos recibiendo buenas noticias del frente, sabíamos que era cuestión de tiempo y eso nos daba fuerzas para resistir. Y un día, el 28 de agosto del 44, sucedió. El puesto de radio estaba cerca de mi barca y pude ver como el operario, una chaval llamado Baumann o algo así, se levantaba de un salto y echaba a correr hasta plantarse ante su superior inmediato, pálido como un cadáver albino. Y le dijo: "Wir verloren Marseille". Hemos perdido Marsella. El General Schaeffer se había marchado días atrás sin decir a dónde y nadie les contestaba por la radio. No había órdenes, estaban solos. Se volvieron locos y empezaron a huir en desbandada, cada uno por su lado. Algunos entraban en las casas a robar lo que pudieran, pero no nos importó, nos bastaba con verles correr como pollos descabezados. Y entonces… bueno, entonces pasó todo. Dos soldados entraron en la casa de tu madre y el doctor LaFontagne… y no se conformaron con robar. No sé si te acuerdas, Mario, pero tu madre era una mujer preciosa… preciosa. Yo no lo ví, pero me contaron que uno de los soldados se encaprichó de ella y quiso llevársela a rastras hasta el coche en el que pensaban huir. El doctor intentó impedirlo y le dispararon en la cabeza antes de que diera dos pasos, pero le dio a tu madre el segundo de distracción que necesitaba para soltarse del agarre de su captor y salir corriendo hacia el puerto. Y bueno… no dejaron que llegase muy lejos. Esos hijos de puta le dispararon por la espalda, no tenían tiempo de perseguirla y aún así la mataron, por puro capricho… Fue un día triste, pero no sólo pasó aquí, ¿sabes? Incidentes como estos se multiplicaron por toda Europa durante esos meses. A medida que los nazis iban perdiendo liderazgo y las opciones de victoria iban menguando drásticamente, muchos soldados desertaron e intentaron saquear cuanto pudiesen antes de huir a esconderse. Lo más jodido es que es precisamente esta escoria la que escapó de Nuremberg, pues tiraron sus uniformes y se desperdigaron por el mundo usando el dinero de sus saqueos… Bah, más vale no pensar en ellos… Lo que realmente importa aquí, Mario, es que tu madre fue una gran mujer que fue feliz hasta minutos antes de su muerte. Quizá no te guste oírlo, pero Pier era un buen hombre y cuidó bien de ella, tanto que dio su vida por intentar salvarla."

 

Mi abuelo reprodujo las palabras de Costeau con el rostro sereno y concentrado, como si lo estuviese recordando palabra por palabra. La muerte de mi bisabuela fue algo trágico para él, pero nada a lo que no pudiera sobreponerse. Cuando volvió a Sausset-les-Pins ya era un hombre con toda una vida a sus espaldas, fuerte y curtido en mil batallas. No había tenido una vida fácil, pero sí plena. La prueba más dura para él había sido llegar a Lisboa con su padre, ambos con el corazón roto y sin un centavo en el bolsillo. Desembarcaron allí apenas tres días después de hallar la nota de María, el abuelo Mario tenía once años. Me contó lo duros que fueron los primeros meses. Los portugueses no fueron tan hospitalarios con ellos como lo habían sido los franceses años atrás. Incapaz de encontrar un trabajo ni de superar el abandono de su esposa, el bravo Piccotino bajó los brazos por primera vez en su vida. Se hundió en un pozo de lágrimas y alcohol. Todos los logros y viajes de su vida los había acometido junto a su esposa, sin ella se sentía perdido. Los Melis caían de nuevo en desgracia. Malvivieron dos años en un hostal con lo poco que Mario ganaba haciendo recados para algunos tenderos de la zona, sólo la caridad de unos pocos buenos vecinos les permitió comer todos los días al menos una vez. De vez en cuando Piccotino, ese otrora respetado catedrático, aparecía de repente con algún dinero en el bolsillo, pero nunca explicaba de dónde lo había sacado e inmediatamente se lo gastaba en alcohol. La calle tampoco era fácil para Mario Melis. Aunque era muy listo y se adaptó rápidamente al idioma, a menudo los chavales de su edad le increpaban por ser italiano, aunque él les dijera que era francés. Le llamaban fascista y le tiraban piedras y le escupían y, si le pillaban (lo que no sucedía muy a menudo), le robaban lo poco que llevaba encima. Pero, ¡ah! Como suele suceder, su suerte cambió bruscamente. Cuando Mario tenía trece años, un recado del pescadero le llevó hasta el puerto, donde vio a un viejo pescador haciendo cestas para langostas, y lo hacía con tanta torpeza que Mario se vio obligado a intervenir. Sin pedir permiso al anciano, agarró unos cuantos juncos y dio rienda suelta a su talento, maravillando a todos los presentes con su velocidad y destreza. El pescador, que se llamaba Pedro Joâo, inmediatamente le contrató para trabajar en su embarcación a jornada completa. Y allí, allí, mi abuelo se hizo un hombre. Solía hablarme de esos días como una época maravillosa, de compañerismo y aventuras por aguas portuguesas. Su precocidad y carácter alegre facilitaron su integración entre las gentes del puerto de Lisboa. En unos meses, todos en los muelles conocían el nombre de Mario Melis, el chaval cuya habilidad para la pesca había convertido al idiota de Pedro Joâo en uno de los pescadores más prósperos del puerto. A los dieciséis años se independizó, ignorando las protestas de un desgastado Piccotino que parecía haber renegado del mundo completamente. A Mario le entristecía ver como el mundo había aplastado el espíritu de su padre, pero aún era muy joven y tenía demasiada energía y demasiados planes como para preocuparse en ayudar un hombre que no quería ser ayudado. Durante los seis años que permaneció en Lisboa mi abuelo trabajó como un esclavo y ahorró todo cuanto pudo. Un sueño seguía vivo en su mente, algo le llamaba desde el horizonte. Brasil, la soleada Brasil, el sueño de Constantino Melis se había convertido también en el sueño de su hijo.

 

-Con diecisiete años ya había vivido en tres países distintos - Solía decir el abuelo -Quizá por eso era de culo inquieto. Siempre tenía, y aún tengo de vez en cuando, la necesidad de escapar hacia el horizonte. En esos días, Brasil era para mí poco menos que el Edén, la Tierra Prometida. Y claro, allí me fui.

 

Allí se fue, con diecisiete años recién cumplidos y un contrato de tres años apalabrado con un pescador de Berém, Eduardo Sabrosa, que poseía una flota de siete barcos con los que peinaba el atlántico en busca del crustáceo dorado. Eran tiempos agitados en Brasil, eso sí. Acababan de deponer a Vargas e intentaban restablecer la democracia, y este caos era propicio para la proliferación violencia y corrupción. Por suerte mi abuelo siempre se mantuvo alejado de todas esas cuestiones políticas y se limitó a trabajar. Y a divertirse, también, quizá demasiado. Sé que tuvo algunos problemas, aunque nunca quiso entrar en detalles por lo que a esa parte de su historia respecta, al menos no conmigo. Que más da, eso no es lo importante. Allí prosperó. A los diecinueve años ya era capitán de uno de los barcos de Sabrosa y se había convertido en su mano derecha. "Allí me sentía como en casa. " Decía. "No había ningún motivo para no permanecer allí hasta el fin de mis días… hasta que apareció tu abuela." Ah, mi querida abuela, menudo huracán, mi abuelo no pudo ofrecer resistencia. Una gallega preciosa y extrovertida, de ojos azules y sonrisa malévola. Han pasado sesenta años y sigo viendo lo que mi abuelo vio en ella. Laura Toledo, la mujer más fuerte que he conocido. Inteligente, perspicaz, temeraria. Tan temeraria que con dieciocho años decidió pasar el verano en Brasil con dos de sus amigas, tan perspicaz que supo ver en mi abuelo a un hombre por el que merecía la pena luchar. No se muchos detalles, sólo que ella tuvo que insistir mucho para colarse a través de la insospechada timidez que padecía ese trotamundos con las mujeres. Ella estaba conmovida por el pasado de él y sintió, palabras textuales, "la necesidad de hacerle mimitos hasta que olvidase todo ese dolor". Él tenía veintidós años, cuatro más que ella, y para cuando acabó el verano ya estaba irremediablemente enamorado de la abuela Laura. Esta vez no era el horizonte quién le animaba a viajar, sino algo mucho más poderoso, el amor de su vida. Por ella lo dejó todo y juntos viajaron hasta La Coruña, en España, y en un año ya estaban casados e instalados, con mi tío Fernando ya en camino. Mi abuelo había hecho bastante dinero en Brasil, y ella era hija de una familia adinerada, así que se compraron una gran finca en las afueras de la ciudad. Villa Grata, donde tantos buenos ratos pasé. Nació Fernando Melis Toledo, y luego la tía Aurora, y finalmente mi padre, Marco. Intentaron localizar varias veces al bisabuelo Piccotino para que conociera a sus nietos, pero todo cuánto pudieron averiguar fue que se había mudado un par de años atrás y nadie sabía a dónde. Nunca más se supo de él. Quizá fue para mejor, pues por primera vez en su vida el abuelo Mario había encontrado estabilidad. Se asoció con el padre de Laura y empezaron juntos una empresa de distribución de pescado. Mario lo pescaba, los hombres del suegro lo repartían. Fue coser y cantar, o eso decían ambos. Mi padre y sus hermanos crecieron en un ambiente feliz y burgués, con mi abuela de sargento y mi abuelo de aliado secreto. Pero incluso entre tantas comodidades, mis abuelos no dejaron de viajar por el mundo, aunque fuese con los críos a cuestas. Mi padre es tan burgués como yo, pero al menos tiene mundo, coño, y no tiene la presión de no tener mundo y no mira al horizonte y suspira. Ahora todos somos felices y nadie tiene problemas y el tema está bastante aburrido. Mi tío y mi padre acabaron metidos en el negocio familiar. Fernando trabaja al pié del cañón, comandando la pesca tras retirarse mi abuelo, y mi padre, que estudió económicas, dirige la parte financiera y cuadra las cuentas. La tía Aurora vive en Madrid con su marido, es profesora de instituto. Después de un pasado tan complicado, resulta agradable tener poco que contar sobre una generación de mi familia. Mi padre se casó con Gemma, su novia de la universidad, y viven juntos en un piso ocre y espacioso, situado en el centro de La Coruña. Viven en mi casa, en la casa donde vivo yo. Me llamaron Julio, y mi nombre completo es Julio Melis Cursach, y soy el más burgués de los Melis del planeta, incluso más acomodado e indiferente que los Melis de Baleares, tan ricachones ellos… No queda ni rastro del sufrimiento de mis antepasados en mi personalidad, soy un hombre actual y despreocupado que no sabe lo que vale nada. No tengo traumas y me preocupan las cosas mundanas. Tengo veintidós años, no tengo hermanos y soy el centro del mundo. No estudio, no trabajo, pero tengo dinero y tiempo para gastarlo. Llevo una vida ociosa, tocando el piano y bailando por casa mientras mis padres trabajan, que es casi todo el día. No he visto sangre ni dolor, no he visto lágrimas. Diríase que me aguarda una vida plácida y vacía. Pero, ¡ah!, no hay que subestimar a mi abuelo. Murió hace seis años, pero al parecer tuvo tiempo más que suficiente para hacer su trabajo. Todas esas historias, esas aventuras por el mundo, contadas una y otra vez a lo largo de los años. Si, no puedo negarlo, el cuerpo me pide algo. No hace mucho empecé a sentirme inquieto. Empecé a mirar el horizonte, y a soñar. Y ahora ya no sueño. Camino. "Adelante." Me ha dicho la abuela esta mañana. "Lárgate." ¡Y Puf! Ya no soy Julio Melis, ni el nieto del gran Mario Melis El Italo-Franco-Luso-Brasileño-Hispano, ni el bisnieto del inquieto y cornudo Piccotino Melis. Esa es su historia, su gran historia con sus escenarios y sus personajes y su final feliz. Este final les pertenece, se lo han ganado. Desde hoy soy Gouda Jazz, porque disfruto del queso y de la música de Miles Davies. No tengo origen y voy hacia todas partes, no tengo pasado y está todo por vender. Hoy empiezo a ganar mis propias medallas, a escribir mi propia historia. Por ello estoy metido en un tren, con mis compañeros de la Gouda Jazz Band, camino a donde sea. Bebemos cerveza y suponemos riendo que tocando por ahí podremos ganar cuatro cuartos para no morir de pobres. Está Fidel, y Mustio, y Rafita, y todos se aburrían en sus casas. Niños de papá, me cago en Dios. Quizá sus motivos para estar aquí sean menos existenciales que los míos. Pero ¡coño, aquí están! ¿Acaso importa nada más? Empiezo a cantar, y la Gouda Jazz Band me sigue a cuatro voces y usando sus asientos como tambores tribales:

 

I hate to see that evening sun go down

I hate to see that evening sun go down

'Cause, my baby, he's gone left this town

Leído 3491 veces Modificado por última vez el Domingo, 23 Diciembre 2012 15:19

4 comentarios

  • Enlace al Comentario Rapunkzel Domingo, 23 Diciembre 2012 20:39 publicado por Rapunkzel

    Leído del tirón, de arriba a abajo, de principio a fin... historia hermosa y vibrante, brillante (que no te la roben los de Hollywood que se la cargan, fijo).
    ¡Maravilloso!

  • Enlace al Comentario Blacknordok Domingo, 23 Diciembre 2012 21:23 publicado por Blacknordok

    Me encantan estas historias familiares. Menuda historia la de Piccotino, una pena cómo acabó.
    Menudo genio estás hecho.

  • Enlace al Comentario Mandragás Lunes, 24 Diciembre 2012 03:24 publicado por Mandragás

    Sé que se te dan tan bien las teclas del piano como las del Word. No me imagino la vida sin internet ni viagra! aunque lo del enano bigotudo... Sigue brillando así, me alegro de conocerte un poco más Jordi. Digo Julio.

  • Enlace al Comentario Gouda Jazz Lunes, 24 Diciembre 2012 10:35 publicado por Gouda Jazz

    Gracias, homies, me apetecía hacer algo distinto y me alegro de que os haya gustado :) Dais sentido a las cosas, un abrazo!

    PD: ¡Shhht, Mandrágora, chitón! XD

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